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La tradición rebelde: Big Bang, de Enrique Decarli

por Cristian Franco

Hay libros que en ciertos momentos me generan una mezcla de asombro y vértigo y angustia y miedo. Es una sensación que punza apenas un segundo, pero deja residuos porfiados. Algo parecido a lo que sentiríamos si de repente despertáramos y estuviéramos, sin tener la más mínima idea de cómo llegamos hasta ahí, justo en el punto más alto de una montaña rusa. Algo así, pero muy microscópico. A veces no me deja seguir leyendo: tengo que abandonar la página, mirar un rato por la ventanilla del colectivo, pensar en cualquier cosa hasta animarme al próximo párrafo. No tengo una explicación. Simplemente sucede. A eso le dicen “experiencia intransferible”.

En apenas 103 páginas, Big Bang, de Enrique Decarli, me suministró varias dosis de esos momentos. Sus cuentos son pequeños y precisos: minúsculas bombas quirúrgicas. Pasar de un cuento a otro es como transcurrir entre dimensiones paralelas, regidas cada una por sus propias leyes pero todas firmemente ligadas por el hilo inquietante de la ficción. Hay blasfemias socarronas (“Aranjuez”), hay parábolas kafkianas (“A través de un vidrio esfumado”, “Apuntes sobre el Mercado”), hay confesiones agrias y escépticas (“Dana”).

Después de leer Big Bang, sería muy fácil encasillar, etiquetar, sentenciar a Decarli: cultiva el género “cuento fantástico”. Aunque no creo que a él le moleste demasiado ese reduccionismo arbitrario (que lo integren a uno al clan de Borges y Cortázar no puede ser un deshonor para nadie), cuentos como “Descarrilar” (mínima, cruel, exacta historia de amor y desilusión), o “Dana”, son claros ejemplos de que su oficio no es meramente medrar en un género, sino construir narraciones donde la incertidumbre es ama y señora.

Si en aquel frecuentado apólogo o alegoría o chiste de Chuang Tzu y la mariposa el problema era quién es el soñador y quién el soñado, en los tres cuentos centrales de Big Bang (“FundaciónArte”, “Fiebre” y “Big Bang”) el problema es hasta dónde llega el sueño, cuáles son los límites de ese territorio impreciso. Porque Decarli tiene una extraña y envidiable habilidad: sabe escribir sueños; es decir, sabe crear ficciones que tienen la misma estructura caprichosa, fascinante y despiadada de los sueños (más todavía: es delicioso cómo en “Fiebre” engarza con maestría un sueño dentro de otro sueño). Ojo, no es que se afane en la ínfima tarea de “contarnos un sueño” (o peor —dios nos libre— “sus sueños”), sino que utiliza la forma perturbadora de los sueños para que sus cuentos sean más eficaces y más terribles y más reales.

Casi todos narrados en primera persona, hay también en todos un trasfondo que huele a estupor, a desilusión, a ironía y extrañeza frente a eso que llamamos realidad. Sin embargo, cada historia es única y está contada con una voz que es diferente cada vez (una voz que narra es ante todo una forma particular del miedo, del deseo, de la perplejidad). Por eso, porque son tan reales, tan convincentes esas voces que cuentan, es que el punto final de cada una de sus historias (ese insignificante signito tipográfico) es más bien el borde de un precipicio irresistible. Ignoramos qué hay en el fondo —ignoramos si hay un fondo— pero intuimos que ese punto final es una invitación al salto.


Cuenta la leyenda que antes de que ese implacable fuego hecho de neoliberalismo, posmodernidad y redes sociales prácticamente los extinguiera de la faz de la literatura, existía un extraño animal llamado “escritor”. Big Bang es la evidencia (como una huella pérdida en un bosque incendiado) de que todavía hay algunos ejemplares de ese animal mitológico dando vueltas por ahí. Es estos tiempos en que prolifera un vanguardismo apresurado, enclenque y pueril, da placer encontrarse con libros que vuelven a demostrar que hay una hermosa tradición que resiste: el cuento bien escrito.

El amor y el espanto

Warnes, una obra del colectivo teatral El Arenal, conmueve mostrándonos con inteligencia, humor y desenfado los secretos turbios que se esconden detrás de la amistad de tres mecánicos de barrio. 

Por Cristian Franco


Biela carter pistón cigüeñal carburador: palabras que para la mayoría de los simples mortales son lejanos y brumosos jeroglíficos de un culto secreto. Los pequeños templos donde ese vocabulario cobra sentido están ahí, en cualquier barrio, cerquita, herméticos. Ignoramos sus dioses y sus mandamientos, desconocemos la cadencia de sus plegarias, las minucias de su liturgia grasienta. El taller mecánico es quizás uno de los pocos lugares que van quedando donde los profanos tendríamos que tener el cuidado de persignarnos antes de entrar. Y de rodillas.

Para asistir a Warnes hay que atravesar primero esa tierra sagrada; pisamos el templo, nos cruzamos con los oficiantes concentrados en su trabajo. El taller —herramientas, grasa, estanterías, repuestos, mate, mugre— es la escena mínima donde todo va a ocurrir. Para el Vasco, el Loro y el Bocha el taller es su único refugio. Afuera están las frustraciones, las pequeñas mentiras, los enemigos íntimos. Adentro son ellos los que mandan. Adentro está la amistad macha y juguetona, el disfrute radiante del trabajo en común, la tibia seguridad del nido donde todo está bajo su control. 

Al principio nos quieren hacer creer que nos vamos a encontrar con una acción meramente realista o costumbrista. Por suerte hay pequeñas fisuras que van a hacer que la escena mute y estalle en espejismos, delirios, simulacros. En Warnes (en la vida) nada es lo que parece. De a poco nos vamos a ir dando cuenta de que no hay palabra inocente, no hay gesto que no tenga su reverso pegajoso y tóxico. En el interior de ese reducto —típico ecosistema de una especie en irreversible extinción: el "macho argentino"— duermen secretos donde se entreveran con turbiedad la carne y el metal, el deseo y la máquina. Si de algo se trata Warnes es de cómo esa áspera simbiosis puede empezar a hervir hasta que los secretos despiertan y muestran sus dientes.

Escribió Sartre: El hombre es eso que hace con lo que hicieron de él. ¿Y cuando lo que nos hicieron vuelve y se hace presente, se hace llaga de nuevo? Capaz que no podemos sostener eso que pudimos hacer con lo que hicieron de nosotros. Capaz que descubrimos que solo somos eso que nos hicieron y no lo que torpemente pudimos hacer. Entonces algo se quiebra, algo se desarma. En esa hermandad carnal de los tres mecánicos, eso que los une también los envenena.

Sabemos que cuando el pasado se hace presente siempre tiene algo de repugnante. En Warnes el pasado que vuelve tiene nombre: Clausen. Cuando él llegue va a empezar la fiesta. Van a aparecer las máscaras (enmascararse es la única manera de purificarse y mostrar un rostro verdadero). Clausen, que es el pasado y es la muerte y es lo inmundo y la nostalgia y la adolescencia y el amor, llega para despedirse. El Bocha, el Vasco y el Loro tienen preparada para él —su profe, su compinche, su guía y mentor— la máquina que lo va a ayudar a cumplir un último deseo. Con cariño, pieza por pieza, la armaron para entregarla como una tierna y recia ofrenda ritual. Pero cuando la fiesta llegue a su clímax y las máscaras y el alcohol hayan hecho su trabajo, todas las caretas van a caer y lo tierno y lo aborrecible van a ser una y la misma cosa.

Hay mucho más para decir de una obra que hace uso de recursos múltiples —los elementos del taller se transforman para acoplarse a la acción dramática, la música aparece cortando y reemplazando el fluir de la trama— para arrastrarnos a un carnaval donde el humor y el drama unidos con pericia nos tejen nudos en la garganta. Por momentos realista y contenida, por momentos, onírica y desaforada, Warnes corre el riesgo de poner en escena un tema difícil y tabú de una manera que busca salirse de los códigos tradicionales para así perturbar mejor nuestras conciencias.

En definitiva, si la historia del Bocha, el Loro y el Vasco nos interpela y nos conmueve, es porque todos no deseamos en realidad más que una sola cosa, sencilla y ardua: que nos traten suavemente…

[Funciones]

Martes y Jueves 20:30 hs.
Club Cultural Matienzo - Pringles 1249, CABA.
Entradas: general $50 / estudiantes y jubilados $35
Reservas: teatro@ccmatienzo.com.ar 

Ojos ciegos bien abiertos

Moviéndose en dos paradigmas bien distintos como lo pueden ser el hostigamiento a una mucama y el asesinato a Mariano Ferreyra, Parpadeá, si me escuchás denuncia las irregularidades del mundo laboral y remarca la importancia de la organización entre los trabajadores.

Por Nicolás Gallardo

Esperando a que el reloj marcara las 17 hs. el domingo en el teatro Paraje Artesón, el análisis del público que estaba por ver la nueva obra del grupo Morena Cantero Jrs. resultaba ineludible: remeras anunciando que el militante asesinado del Partido Obrero (PO), Mariano Ferreyra, sigue presente o prendedores con su ya inconfundible grafitti eran parte del atuendo de más de la mitad de las personas que esperábamos para ver Parpadeá, si me escuchás. Todos los allí presentes sabíamos que estábamos a punto de rememorar gran parte de los sucesos ocurridos aquel 20 de octubre en la estación Avellaneda del Ferrocarril ex línea Roca, pero lo que más intrigaba era saber cómo iban a terminar siendo abordados.

Una vez en la sala nos encontramos con una escenografía inesperada. Resulta complicado dilucidar si estamos en el lugar correcto al ver una bola de cristal que arroja haces de luz de diferentes colores, por ejemplo; o cuando la primera actriz aparece en escena vestida como pitonisa, más dispuesta quizás a tirarnos las cartas que a contarnos lo que vinimos a presenciar. De todas maneras, al oír el tema principal de la película El Padrino, nos damos cuenta de que no nos equivocamos de teatro y escucharemos la historia de una mafia. La temática ferroviaria comenzará a emerger cuando distintos espíritus hablen a través de Aschira, la mencionada mujer, y quienes tienen contacto con ella. 

El elenco se luce con su polivalencia actoral, dado que no siempre serán poseídos por las mismas fuerzas. La mucama de Aschira, María Luisa, será simultáneamente tanto la madre de Mariano como también una compañera del PO; lo que ya se suma a su papel de ama de llaves. Gracias a estas intervenciones escucharemos testimonios que ayudan a conocer la persona que fue Mariano en su infancia y adolescencia. Un joven afiliado a la temprana edad de los 13 años que, aunque tuvo novias y amigos que no apoyaban su militancia porque “no parecía aportar ningún beneficio aparente”, siempre sostuvo hasta el último aliento la cosmovisión del mundo que adquirió por pertenecer a un partido laborista y la necesidad de sobrevivir para seguir luchando que inculcaba a sus compañeros.

Si bien en una primera instancia el panorama puede llevarnos a pensar que los dueños de esta casa no son los destinatarios originales del mensaje, nos percatamos de lo oportuno que resulta cuando conocemos a Atilio (esposo de Aschira), quien tiene contratadas tanto a la mucama como a una cadeta, y las trata con autoritarismo y desprecio. Desde ese momento no resultará complicado para el espectador descifrar quién de ellos representará, en la próxima transmigración de almas, al grupo de militantes/tercerizados y  quién a los dirigentes de la Unión Ferroviaria.

Sin embargo los espíritus interpretados por Ariel Aguirre y Pablo Blanco –entre otros- harán hasta lo imposible para que los residentes del hogar no puedan hacer oídos sordos. Disfrazados de personajes épicos como Teseo o el Minotauro, pareciera que la metáfora consiste en desplazar el hilo guía de Ariadna por ese intrincado laberinto que puede llegar a ser la precarización laboral.

La obra dirigida por Luciana Morcillo e Iván Moschner busca, tomando la figura paradigmática de Mariano Ferreyra, echar luz sobre las injusticias que sufren cotidianamente todo tipo de trabajadores y moviliza a agruparse para luchar contra ellas. Con actuaciones y registros sonoros que recrean el asesinato en forma conmovedora, Parpadeá, si me escuchás da cuenta de que crímenes como éste no deben quedar impunes y que sólo será posible conseguir justicia si tenemos los ojos bien abiertos.

[Funciones]
Parpadeá, si me escuchás se presenta los domingos a las 17 hs. en el teatro Paraje Artesón (Palestina 919) con entradas generales a $50.

Las fronteras de lo extraordinario: Brevario de furias, de Daniel Diez

Por Florencia Defelippe

            Los cuentos de Brevario de furias desconciertan. Dentro de una atmósfera sobrecargada de lugares comunes, diálogos triviales y personajes excesivamente reales, existen  pequeños desvíos, toques apenas perceptibles que, lentamente, van cobrando peso y terminan por “destapar”, al igual que Pandora y su caja de sorpresas, lo que verdaderamente esconden estas 'criaturas furiosas'. Brevario...logra perturbar al lector desde el inicio, y es esto lo que genera una tensión permanente a medida que avanza cada una de las historias del libro.

            Lo 'esperable', el lugar cómodo, no existe. En este sentido, Diez es un escritor prolijo; sutilmente, guía la lectura avisándonos -con giros repentinos, descripciones oscuras y demás elementos que alejan rápidamente la esperanza de hallar situaciones tranquilas- que sus tramas no cuentan finales felices porque tampoco lo son desde un principio.

            Como afirma Pablo de Santis en “Bestiario”, el prólogo que encabeza a Brevario de furias (Santiago Arcos, 2011): “nada tan afín a la literatura argentina como el género fantástico”. Los relatos de Diez hacen honor a este género, que supo coronarse como emblema de la narrativa argentina con Borges, Bioy Casares y Ocampo. En estos relatos, lo cotidiano incorpora lo extraordinario de una manera tan evidente que inquieta.

            Los hombres conviven con seres cuya existencia es imposible pero que, al figurar de un modo tan natural, parecen verdaderas. La naturaleza acecha de manera permanente, tanto por la aparición de monstruos  como gábulas, ibinas y faisanes plateados, como por la inútil espera de fenómenos que no llegarán jamás: “Odio a todos y a cada uno de los habitantes de este lugar y por sobre todo a esta ciudad. A esta ciudad de mierda en donde ni siquiera es posible ver un poco de nieve”, escribe uno de los personajes de “Nieve en Buenos Aires” en su diario secreto, presa de la más rotunda decepción.

            La furia no se presenta sólo en las criaturas imaginarias; los seres humanos son víctimas, también, de su propia violencia. Cuentos como “Mi familia” y “Parque Chas” llevan a estos vínculos enfermizos hasta las últimas consecuencias. Y los personajes caen al vacío infinitamente, sin poder si quiera atinar a modificar su situación.

            Si bien por momentos los textos se muestran algo repetitivos, y en muchos casos, el desarrollo de las narraciones se presenta sin la profundidad necesaria como para producir el efecto deseado, Brevario de furias construye ficciones que atrapan y exasperan, superan los límites entre lo verdadero y lo imaginario y alcanzan, de esta forma, a la creación de un mundo en el que la convivencia entre lo real y lo fantástico es absolutamente probable, auténtica y admisible.

[Más sobre el autor]
Daniel Diez (blog)

Como pez fuera del agua

Con las actuaciones impecables y perturbadoras de Eliana Wasserman y Sofía Guggiari, bajo la dirección de Juan Washington Felice Astorga, la última obra de Norman Briski nos sumerge en la existencia absurda de dos seres míticos exiliados en una terraza cualquiera de Buenos Aires.

por Cristian Franco


Hubo un filósofo que una vez dictaminó algo que parece una pavada, pero que pensado con cierto detenimiento da un poquito de vértigo: Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida. Extraña inversión (primero el lenguaje, luego la vida) que es una marca de nacimiento de nuestra cultura: en el principio fue el verbo. No hay más que cambiar en esa furtiva intuición de Wittgenstein “imaginar” por “crear”, para llegar a lo que nos interesa: el dramaturgo se hace demiurgo, su palabra da-a-luz.
50 nereidas es un intento de hacer palpitar como un cristal intocable esa exigencia que está en el núcleo de todo arte auténtico: construir un lenguaje para dar vida. Más aún: las dos protagonistas fueron creadas por ese lenguaje primitivo y voraz, y las palabras que pronuncian (que son las nuestras, pero que en sus labios se vuelven irreconocibles, rotas, perturbadoramente extranjeras) son lo único que las hace existir. Esas dos nereidas exiliadas que se secan fuera del mar están hechas de un barro verbal delirante y exquisito. En ese techo de algún edificio de Buenos Aires, que es su prisión y su jardín, no hacen otra cosa que hablar para no extinguirse. Para adaptarse a su nuevo hábitat la única esperanza es anular el silencio áspero de la ciudad con ese diálogo insomne que oscila entre la ternura y la desesperación. Y en el centro —luminosa, insoportable— una claraboya que es una pecera y es un nido y un mundo y una tumba.
El desafío para el espectador es el mismo que propone todo (buen) poema: asistir al desborde de un idioma que es familiar y desconocido al mismo tiempo. Lo que sabemos (lo que idiotamente creemos saber) no nos sirve para atrapar el sentido de las palabras, hay que humillarse y desaprender; atender no al significado sino a las modulaciones, la respiración, los tonos, el ritmo. Dejarse deslumbrar por las palabras como si fueran insectos inexplicables. Entonces precaución: con 50 nereidas “entender” no es la cuestión. Claro que “entender”, cuando de arte se trata, es una palabra un tanto insuficiente. La verdadera obra de arte está siempre un poco más allá de eso que podemos captar con el entendimiento, o por lo menos con esa forma de entendimiento que aplicamos para aprender la regla de tres simple o la diferencia entre sujeto y predicado. No se trata, pues, de “entender” sino de “experimentar”. No interpretar, no decodificar, algo más sencillo: abrirse a la incertidumbre y al extrañamiento, dejarse poseer por ese lenguaje desbocado, resplandeciente, impenetrable. 
Esos cuerpos torpes e incompletos que se mueven en escena —sus vestiduras están hechas de jirones mustios, de retazos incoherentes— no guardan ya nada de su antiguo esplendor. El exilio quiebra. El exilio pudre. El exilio borra. Inmortales todavía, lejos de su mar no son otra cosa que voces que se retuercen mordisqueadas por recuerdos inútiles. Ellas esperan, pero saben que el futuro está hecho con las ruinas de la memoria. Desde su pequeño lugar las nereidas intuyen la presencia opaca de otros seres, distintos pero también atrapados, también secándose: la pecera es reversible, no hay lado de afuera. Nos asfixia el mismo aire, la misma soledad… En la ciudad nada hay para ellas (nada hay para nadie). A lo lejos, una cúpula extraña se pierde entre los edificios: les llegará desde ahí la única voz humana, plena de podredumbre y superchería. Contraste central en la obra: la lengua sucia de los seres humanos —lengua cubierta de nieblas y venenos— se opone a la pureza hermética de la voz de las nereidas.
Vuelvo a Wittgenstein para que me ayude a cerrar: De lo que no se puede hablar, mejor es callar, dijo. Tendríamos, tal vez, que haber empezado por ahí. En realidad cualquier cosa que se diga sobre 50 nereidas no llega siquiera a rozar su verdadera substancia. Para saber de qué se trata hay que experimentarla y purificarse: cuando termina tal vez un pequeñísimo silencio interior te acompañe por ese pasillo que te devuelve a la calle y el ruido y la irrealidad.
Si lo sentís, quiere decir que entendiste.

[Funciones]
Viernes - 21:30 hs  (hasta el 29/11/2013)
Teatro Calibán - México 1428 PB 5
Reservas: 4381-0521 | 4384-8163
Web: http://www.teatrocaliban.blogspot.com

La célula canibal


Siameses, historia de una familia normal, busca examinar con minucia e inclemencia la materia extraña de que está hecha esa cosa que llamamos “familia”. 

por Cristian Franco
 
La familia siempre es el tibio lugar de la pesadilla. Por algo en Argentina nuestros miliquitos la sumaban en su álgebra siniestra a esas otras dos alucinaciones hermosas: dios+patria+familia=pesadilla perfecta. La familia es la célula fundamental de la sociedad, nos dicen. Claro que nadie aclara que se trata de una célula deforme, metastásica, delirante, caníbal.

Mamá, papá y los hijos. Lugar común, lugar trillado: siempre una tentación, un peligro, una trampa inevitable. Si el teatro no puede dejar de repetir la novela familiar es porque todos estamos encadenados a esa escena. Es el único lugar del que nadie escapa nunca. Tal vez por eso Siamesesenfrenta el desafío con una mueca de desdén. Es inútil asustarse de una trampa de la que no se puede escapar. Mejor reírse de esas cadenas y sacarles el jugo.

En Siameses es más importante lo que se muestra que lo que se cuenta. Contarla es fácil: un día un tipo se encama con una manca y ese polvo sin amor engendra unas lindas siamesas. Mamá, papá, dos nenas. La familia ideal. La obra nos hace asistir, como en un sueño sombrío y claustrofóbico, a esa intimidad resquebrajada: la mamá aburrida que mira la tele, el papá cansado que llega del trabajo, las hijas desobedientes que ponen la mesa para la cena.

Hasta ahí, pues, todo en orden, todo insignificante. Es el trabajo sobre la forma lo que hace de Siameses una obra distinta, hipnótica. No interesa tanto que las hijas sean unas siamesas un poco tontas, que la mamá no tenga brazos, que el papá sea un boxeador frustrado que imita a Rocky Balboa. Lo que importa es cómo nos muestran esa pesadilla de la que no pueden despertar y que también es nuestra pesadilla secreta e inextirpable, aunque no seamos una mamá manca y borracha o no tengamos una hermanita pegada al costado.

De ese trabajo —múltiple, meticuloso, perturbador— sobre la forma, elijo la luz como uno de los ingredientes fundamentales de la apuesta. Porque va más allá de la mera ‘iluminación’: la luz no solo enfoca o ilumina, sino que transforma, expande, encierra, habla, carcome, desfigura. La luz circula por toda la obra como una magia que hace mutar las palabras y los gestos. Las frustraciones de los cuatro, sus ilusiones podridas, sus vidas mutiladas, nos llegan teñidas y transfiguradas por las maleables formas de la luz. Como si esa fuera su verdadera sangre.

Dije antes que lo que importa es lo que se muestra(y cómo) más que lo que se cuenta. No hay en Siameses eso que propiamente llamamos narración. Es más bien, se me ocurre, como poner el ojo en un microscopio: tenemos ahí un minúsculo ejemplar en estado puro de esa célula sagrada que llamamos ‘familia’. Durante toda la obra asistimos a su metabolismo nefasto: lento, mórbido canibalismo que los personajes ejercen sobre los otros en cada escena. Un organismo que se autofagocita para no desaparecer. Los diálogos y monólogos —son crudos, son frenéticos— están hechos de los jugos de esa desintegración perpetua.

Claro que hay mucho más de lo que deja relucir este punteo escueto. Algunas imágenes se me quedaron grabadas, como si las hubiera soñado: el papá prestándole las manos a la mamá para comer; las siamesas escondidas debajo de la mesa, tramando su fuga, alumbrándose con una linternita, llorando; la mamá erguida sobre la mesa, convertida en efímera reina, decadente y patética. Escenas en las que hay un exceso que las aleja de la simple anécdota o del cuadro costumbrista, un grotesco tenue que se cuida muy bien de caer en la parodia.

Hoy que ya casi nadie parece recordar que en arte el realismo no es más que una ilusión inútil y apolillada, hay que celebrar una obra que se atreve a ser algo más que pobre "representación". Divertida, irónica, procaz, Siameses está construida para enfrentarnos con las minúsculas carencias y frustraciones de las que estamos hechos. Un microscopio-espejo: queremos mirar y lo que vemos no es otra cosa que nuestra propia mugre.

Y la mugre, cuando es esa que guardamos bien adentro, siempre asusta un poquito.

[Ficha técnica-Artística]
Dramaturgia: Felipe Rubio.
Dirección: Felipe Rubio
Actúan: Jimena García Conde, Mariana Soledad Giménez, Lizzy Pane y Julio Rosenberg.
Diseño de iluminación y concepción del espacio: Gonzalo Velozo y Felipe Rubio.
Asistente de dirección: Luz Moreira.
Vestuario: Mariana Arzola
Prensa: Correydile

[Funciones]
Viernes - 22 HS.
Patio de actores - Lerma 568
Reservas: 4772-9732

Creencias enceguecedoras

La vida de campo, los quehaceres hogareños y una moral cristiana de antaño confluyen en Las Bridas, permitiendo la entrada de unas supuestas parientes lejanas que parecieran estar buscando algo más que un alojamiento temporario.

por Nicolás Gallardo

Apenas uno termina de acomodarse en la sala del Belisario, las tenues luces que nos recibieron segundos atrás se apagan para dejarnos algún tiempo a oscuras. Veremos a continuación dos velas, se oyen los susurros de sus portadoras, que se dirigen hacia lo que pareciera ser una mesa y se guarecen debajo de ella. Una de las dos comienza a recitar el contenido de una novela: el momento en que una de las protagonistas mantiene el primer contacto íntimo con su ser amado. Leen apasionadamente, pero al mismo tiempo con cierto pesar, dado que están convencidas de que ellas nunca podrían encarnar una historia semejante. ¿Qué es lo que las imposibilita? Probablemente Elizabeth, la hermana mayor, a quien le esconden la lectura de estos textos que pudiera llegar a tildar de subversivos. Ni bien escuchan su voz, ellas salen de su ensoñación y vuelven a desempeñar las labores para las que “han sido creadas”. Imbuidas por una doctrina católica fuerte, las hermanas – con papeles a cargo de Débora Testi, Vanina Ferreyra y Natalia Franco- únicamente se permiten cuidar a su padre inválido y mantener el hogar en condiciones antes de que la luz del sol las abandone.

Mientras las hermanas siguen con sus tareas, podemos escuchar unos ruidos provenientes del exterior de esta casa rural. Elizabeth, que mantiene una escopeta siempre al alcance de su mano, se aventura hacia la entrada del lugar. Entran en escena dos mujeres más -interpretadas por  Celeste Monsú y Pilar Boyle- portando una muñeca, dicen ser las ‘primas de Buenos Aires’. Si bien ninguna de las hermanas del campo las recuerda, las dejan entrar porque una de ellas fue mordida por un animal fuera. Hablan, además, de un incendio que las dejó sin hogar. Todo pareciera indicar que llegaron para quedarse.

El público podrá notar, sin embargo, que las recién llegadas distan mucho de ser solamente gente de ciudad. Movimientos frenéticos de cabeza, miradas fulminantes y comportamientos poco usuales marcarán que estas chicas padecen de algo más que la pérdida de una casa. De todas maneras, pareciera que la vorágine del día a día tiene absortas a las anfitrionas, a tal punto que ni siquiera registran los atípicos modos de sus residentes, que se aprovecharan de su despiste para proceder con su plan: apropiarse de sus cuerpos. Sucede que estas extrañas conductas encuentran su por qué de ser: las autoproclamadas chicas de la urbe, inclusive la muñeca, son en realidad almas demoníacas en busca de cuerpos con más energía; y este trío de hermanas atareadas han sido escogidas como sus nuevas víctimas.

Las Bridas, dirigida por Julieta De Simeone, sorprende por la eficacia en el cumplimiento de su meta. Como espectadores rápidamente vislumbraremos los paralelismos de esta obra con el cine de terror contemporáneo. Mediante efectos especiales de iluminación para los momentos de traspaso de almas, sangre en apariencia creíble o saliva blanca y espesa para demostrar la confusión y rabia de las atacadas se logra un paquete de recursos estilísticos que -junto con la acertada musicalización original de Facundo Mazzotta- consigue mantenernos en un estado de tensión constante. Todo esto, sumado a la polivalencia de las actrices que hacen tanto de muchacha dócil como de femme fatale (en el sentido más literal de la expresión), obtiene como resultado un cóctel aterrador que sólo los más valientes se atreverán a degustar.

[Funciones]

Las Bridas se presenta los sábados a las 21:00 hs en el Club de Cultura Belisario (Av. Corrientes 1624), con entradas generales a $70 y $50 para jubilados y estudiantes (presentando certificación vigente).

Deshojando las capas

Los Misterios  Dolorosos, el último libro de la  escritora Lalo Barrubia, narra en tercera persona a toda una generación, la generación huérfana de los sesenta y  setenta. Una novela que se proyecta en tono universal, pero que indaga en el reconocimiento y aceptación del yo.

                                                                                                     por Cecilia Gerolami


 El trabajo de Lalo Barrubia se inicia dentro de la  movida contracultural que se desarrolló en la década del 80. Allí su trabajo como performer y su práctica oral de la poesía permiten asociarla a un cierto activismo de la resistencia.  Difícil de ubicarla  sólo como poeta, performer o narradora, Barrubia es las tres cosas al mismo tiempo: lo performático está en la poesía, y su cuerpo habla en la narrativa.

  Los Misterios  Dolorosos (Hum 2013) es el último libro de narrativa de la  escritora uruguaya residente en Suecia. Anteriormente publicó las novelas Arena y Pegame que me gusta  y el libro de relatos Ratas, además de una  obra poética que se inició en 1989 con Suzuki 400, y que se desarrolla a la par de su trabajo como performer, y que la hace la voz femenina de la generación huérfana, la que no transa, la que transgrede y subvierte.

La novela comienza con la descripción de una familia, perteneciente a una clase media baja,  pero  con orgullo y ansias de “progresar”, donde la incomunicación reina. Es allí donde se marcan gestos que la niña que fue la protagonista sabrá que deberá desaprender para moverse con libertad y  honestidad en el mundo. En la primera parte tiene importancia fundamental la escuela, como síntesis  de la represión y la injusticia: María debió ser abanderada, pero se eligió a otra niña porque era hija de la presidenta de la comisión  fomento. Así, el personaje va creciendo en un sistema en que la normalidad es la mentira, el acomodo, el abuso, la injusticia. La niña hace lo mejor que puede ante el abandono simbólico de  unos padres que tuvieron hijos  porque sí, que los abandonan como se abandonan a ellos mismos (doblemente huérfana, entonces, esta voz). El despertar de la sexualidad se vive con violencia, y María va aprendiendo que hay que callarse y aguantar, como toda una generación, como todo un país. Y que el cuerpo  se debe vivir con vergüenza y que el deseo se debe ocultar.

Esta novela puede ubicarse dentro de la llamada literatura de autoficción, en tanto que en ella se encuentran referencias que permiten asociar al personaje con la autora. Si bien hay datos que varían (el personaje femenino, Maria, vive y escribe desde Oslo, trabaja en la cafetería de una casa de ancianos, etc) el recorrido del personaje es idéntico al de Lalo Barrubia: la infancia en un barrio periférico de Montevideo con la dictadura como telón de fondo, el pasaje  indiferente por la Universidad, el exilio en la crisis económica del 2002, la propia labor de la escritura.  También  ha sido calificada como una “anti novela de aprendizaje” pues en ésta  se recorre la infancia, el mundo privado de la familia, con una cantidad de rituales opresores, como correlato de una opresión a nivel general; la adolescencia marcada por gestos rebeldes y de ruptura, y la llegada a la edad adulta con una cantidad de misterios a desentrañar, de cosas por explicar.

La trama cumple con las características de la novela de aprendizaje, pero hay una mayor complejidad, porque a medida que el lector se adentra en la lectura  deja de haber linealidad, los tiempos se mezclan, adolescencia, adultez, tiempo presente llevan de un recuerdo a otro. La infancia es el tiempo del relato sin complejidad, pero a medida que crece el personaje, la novela necesariamente  debe desprenderse de esa simpleza, no hay inocencia posible en ese yo que quiere hacer un relato de sí. La vida adulta, por ejemplo,  se narra en etapas superpuestas, alternando el presente de la narración, con el pasado donde  se buscan las causas que llevan a la protagonista a vivir a Oslo. Los hilos de la trama que permiten unir ese pasado con el presente son varios, pero básicamente la presencia constante del Mancha y de Cristina, amigos de la juventud que tienen parte de sus historias en esta novela, y que ayudan a armarla , sugiriendo sobre qué debería escribir y qué no, hacen que se sienta el texto a veces como  un work in progress,  donde el lector es testigo del proceso de selección y escritura, o incluso a veces, la sensación de que es el texto  el que  escribe a la narradora.

Pero, además de todo esto, Los Misterios Dolorosos es una novela que habla de una generación, de la generación huérfana, de los nacidos entre el 60 y pico y los setenta, de los que “fueron abandonados a su suerte a la edad de 16 años”, de los que “no son comunes y corrientes. Gente que ha tenido que hacer esfuerzos inconmensurables para tener vidas comunes y corrientes. Gente que sabe muchas cosas que el mundo ignora, o pretende ignorar”.  Es en este sentido que la novela logra una proyección de carácter universal. Es la voz de los que no hablan. La novela está narrada en tercera persona, porque habla de los que nunca  hablan por sí mismos, cumple con la norma de que “los desgraciados, los que sufren son los otros”. La distancia entre narrador y protagonista  explicita un distanciamiento necesario para saber “la verdad”, para develarla.  La distancia funciona como estrategia narrativa  que busca la  objetivación y ser garantía de honestidad, como si la voz que narra, que identificamos con María, quisiera sacar capas, despojarse de ser María, para no callarse nada. Pero también para tomar el discurso. Así, al hablar de María se habla  también de Oskar el amigo homosexual noruego, o de  una anciana peruana en una  casa de salud de Oslo.

 Si Arena  narra el pasaje de la adolescencia a la “madurez”, y  en Pegame que me gusta los personajes están en crisis, en esta novela se narra el proceso de exploración, reconocimiento y aceptación del yo.  El registro lingüístico  no difiere del de estos libros: el registro muy cercano a lo oral, las escenas fílmicas o audiovisuales (“Plano fijo sobre calle de casas de bloque rodeadas de pasto seco, muchas sin terminar, no veredas ni pavimento. Jane Birkin sale de una de las casa, tranca la puerta con un candado, camina rápido apretándose el saquito con las dos manos hasta que se sale del cuadro.”). Se mantiene un ritmo musical a lo largo de gran parte de la obra ( Barrubia ha dicho que entiende la narrativa como una forma de poesía); por ejemplo a lo largo de un episodio se lee:“Lo que no sabe todavía es si después irá a la manifestación por Palestina, si trabajará en la maldita novela, o se tirará en la cama a sufrir de amor”,  y se mantienen los enunciados siguientes: “lo que no sabe todavía” y finalizan igual “o se tirará en la cama a sufrir de amor”, pero en el cierre del capítulo se explicita: …usa la expresión sufrir de amor para que suene como una cumbia y no pueda dañarla”.

 El diseño de tapa de la edición preparada por Hum, que es la proyección de una cruz vista con un vitró de fondo, muestra la importancia fundamental, no tanto la de la iglesia en sí, pero sí  de los valores cristianos que adoctrinaron a una generación bisagra entre la modernidad y la posmodernidad. Esos valores religiosos se impartían en la casa, en la escuela, en el liceo; y se cargan como una cruz. La narración en este sentido puede obrar como una forma de exorcismo. Los misterios son los que han hecho callar o retroceder en más de una ocasión y que el libro se propone desentrañar.

[Más de Lalo Barrubia]

[Sobre la editorial]

El amor enferma alguna vez

La obra Amor de mis amores, de Cristóbal Jodorowsky, se estrenó el domingo pasado en el Treatro Sha. La puesta en escena es el resultado de una búsqueda experimental que enlaza el psicochamanismo, la psicomagia y la expresión teatral.

Por Nadia Sol Caramella

ph: Cintia Poli
Desbordarse. La puesta comienza con un acto de psicomagia real, un hombre se enfrenta a su genealogía familiar, rompe las cadenas simbólicas que lo unen a su pasado, intentando así, con la puesta en acto, demoler sus traumas, la herencia anclada en la oscuridad de su propio inconsciente. La genética como memoria. La obra teatral como rito.

Exorcizar. Amor de mis amores experimenta sobre las bases dramáticas aprendidas en las escuelas de Stanislavski y Grotowski. Si en estas escuelas existe un alto grado de compromiso del actor con su cuerpo, sus emociones y su público, esta obra pretende encontrar en la unión de las emociones surgidas de las vivencias reales de cada actor, materia de expresión, que sea capaz de atravesar el escenario y convoque al público, desde lo emotivo. Lo racional queda de lado. La puesta pareciera operar en el inconsciente,  apela a lo instintivo.

El lenguaje de los sueños. Lo onírico, la palabra ausente, porque el teatro comienza donde la palabra es insuficiente: yuxtaposición de imágenes, pequeños núcleos dramáticos que van de un extremo a otro, de un registro a otro, de la comicidad al drama. De una falsa paz sublime al caos enérgico de las relaciones humanas. Con este lenguaje surrealista y esotérico la puesta avanza a un ritmo voraz, se produce una alianza profunda entre los dieciocho actores en escena y los espectadores. Los actores encarnan los arquetipos del amor pero también son los chamanes encargados de romper los moldes tranquilizadores del mundo en que vivimos.    

En acto. La estética es la del melodrama pero atomizada por las técnicas del teatro de variedades. La hipérbole como figura que opera en la discursividad de la obra. Lo lúdico y lo circense como motor de reflexividad. El drama como lenguaje orgánico que le habla a los cuerpos. Lo corporal como emisor y receptor de esas vivencias. La mente olvida pero el cuerpo resiste. Lo simbólico de cada acto opera infatigablemente sobre el inconsciente  Porque son las imágenes las que revelan nuestra estructura emocional, así funciona el inconsciente y el lenguaje. Por eso, la psicomagia, técnica desarrollada por Alejandro Jodorowsky, -padre de Cristóbal-, apela a la escenificación de lo simbólico para erradicar los traumas de ser humano, buscando su transformación positiva.

Transformar. Buscar en el acto colectivo frente al espectador una práctica profunda de sanación, al menos eso es lo que afirma el director cuando se refiere a la finalidad de su creación. La banda sonora de Amor de mis amores es la encargada de enfatizar los matices de esa sanación. Todo muta bajo la reglas de lo efímero, incluso los objetos de deseo, así como también los roles en la pareja, que es concebida en un sentido amplio y diverso.

Un oso rojo para tu soledad. La búsqueda de un amor ideal. Un coro de personajes van de un lado a otro aferrados a sus ositos rojos, objetos fetichistas que simbolizan la falta de un amor edulcorado. Interpelados por un imaginario romanticista, corriente estética y política de finales del siglo XVIII que todavía nos atraviesa, estos personajes van dejando su vida en pos de un ideal. Pero, la puesta pretende romper con esos esquemas del amor idílico. En el transcurrir, hay una toma de conciencia de la irrealidad de esa búsqueda. Se produce una mutación donde el amor se presenta como acto individual y colectivo, simple, concreto, cotidiano y sin ornamentaciones melodramáticas. Los osos rojos son dejados a un costado. Algo nuevo emerge: el “yo” como saldo de esos encuentros y desencuentros. El amor propio, que no es otra cosa que amor a la humanidad, como promesa y enseñanza última.


Si “el amor enferma alguna vez” habrá que curarlo de simulacros. Solo la emoción genuina busca en el amor su fundamento, y este se traduce en silencios, el silencio cósmico: un corazón lo mismo que una piedra pide amor. La imaginación se expande cuando encuentra en el silencio una respuesta. Amor de mis amores invita al silencio y, encuentra en él, la transformación.

[Funciones]

Amor de mis amores  se presenta por cuatro únicas funciones: domingos 8, 15, 22 y 29 de Septiembre a las 20.30 hs, en el Teatro Sha -Sarmiento 2255 C.A.B.A-. Entradas $100

Vamos las bandas, y los solistas también

“Camino canción”, un nuevo proyecto audiovisual que invita a conocer más de la música independiente de nuestro país.

Por Victoria Caracoche

Dentro de las manifestaciones artísticas más populares, la música es una de las que vive de manera contradictoria. Crece, se fusiona, sigue en alegre expansión; pero al mismo tiempo, muchas veces no se accede a ella con facilidad.

“Camino canción” es una apuesta optimista, generada por las productoras: La toca films, Resiéntelo producciones y Fin del comunicado producciones, que busca reconocer a una ecléctica selección de músicos independientes y darles una ventana a través de la web, en una serie filmaciones, donde se puede ver a los artistas interpretando sus canciones en espacios íntimos, cotidianos. En cada episodio se define un concepto, un artista y un escenario. De video a video, esta serie se va a expandiendo hacia nuevos horizontes y personajes.

En una época donde el concepto de música moderna se replantea todo el tiempo y se deforma peligrosamente, es siempre una alegría encontrar espacios para conocer músicos que no tienen difusión masiva, quizás por no encuadrarse dentro de lo que los ránkings radiales consideran vendible. Y es esto lo que se destaca: no el comercio, sino la pasión, el amor, la palabra cantada, el instrumento acariciado, a través de una propuesta sencilla y cálida.

Cuatro capítulos hasta ahora salieron a la luz a través del canal de Youtube de Camino Canción: una recopilación heterogénea donde se puede disfrutar la poesía de Marina Fagés, la alegría de Luvi Torres, el mágico bajo de Daniel Maza o la voz visceral de Luciana Jury.

Cada una de las entregas no excede los veinte minutos y es en mayor parte repertorio, celebrado en el entorno del artista. En los intermedios se exhiben algunos testimonios que permiten entrever algo más del mundo del intérprete, adornados por imágenes que muestran detalles peculiares de su vida, objetos, dibujos, etc. Conocemos un poco a quien se retrata, pero sentimos que lo sustancial nace a partir de su instrumento personal.

Existe un mundo paralelo felizmente repleto de artistas de todas las ramas que llevan adelante su pasión por sobre todas las cosas. Es fundamental difundir el hecho artístico (en este caso, la música) que no tiene intermediarios: es el artesano y su arte, el músico con su instrumento y su canto, puro, verdadero, autóctono.

En ese contexto “Camino canción” es una opción más para descubrir excelentes músicos, deleitar los oídos, despertar del letargo musical que nos adormece y seguir descubriendo los caminos de nuestra música.

[Camino Canción #1 Marina Fages]


[Más sobre Camino Canción]

Rebuscada tu respuesta, tanto como tu cabeza

Siguiendo reflexiones de Alejandra Pizarnik, Agua para Alejandra nos invita a formar parte de un intrincado debate introspectivo en la mente de una joven poetisa.

por Nicolás Gallardo

Damos un pequeño consejo para todo aquel que concurra al Teatro El Grito un viernes alrededor de las nueve de la noche: pida pasar al baño. De esta manera tendrá la oportunidad de inspeccionar anticipadamente el escenario en el que pasará la próxima hora.

Así es. Agua para Alejandra transcurre en un baño, o también podríamos decir que en varios baños. Pero esta teoría se ve refutada cuando vemos que los actores ejecutan a distintas facetas de la persona de Alejandra. Ellos mismos se consideran piezas de un rompecabezas, pero de uno inacabable, dado que nunca se unen para un mismo fin.

La obra dirigida por Florencia Berthold, quien también es responsable de la puesta en escena, aprovecha cada recurso que este teatro taller le brinda. Se usan los ya mencionados baños, las ventanas y escaleras del establecimiento; todo sirve de escenografía, y se ve exaltado por iluminación encargada de enfatizar. La síntesis de todos estos elementos da como resultado un ambiente onírico, surreal, que nos permitirá no sólo ser espectadores activos de la psiquis de Alejandra, sino que también recibiremos  imágenes de alta belleza estética.

Un tema recurrente en esta historia es el agua. Los distintos álter egos de la protagonista la ponen en un lugar especial. Mientras los pensamientos sobre la identidad, la sexualidad, la pérdida de algún amor y la angustia van aflorando, la posibilidad de sumergirse de una vez por todas aparece en forma tentadora. Se adapta a cualquier persona, es indefinida, carece de juicio. Si hay algo en que todas las “Alejandras” coinciden es en las bondades del elemento.

Agustina Montiel, Lucila Németh, Clara Murgia y Nicolás Deppetre –responsables de personificar a las distintas partes de la protagonista- respetan sus roles con gran maestría. Gracias a sus intervenciones quedará más que claro que Alejandra tiene lados racionales y otros que se rigen únicamente por la pasión. El conflicto constante que logran mostrar, sumados a unos más que bienvenidos números musicales, parecieran confirmar una de las tantas tesis de Pizarnik: frente al “inagotable murmullo (que) nunca cesa de manar” dentro nuestro, resulta difícil determinar si el silencio en verdad existe.

[Funciones]

Agua para Alejandra se presenta los viernes a las 21:30 en el Teatro Taller El Grito (Costa Rica 5459). Entradas generales a $60, estudiantes y jubilados a $40.

La verdad acerca de Crack Bang Boom

Crónica ilustrada, y en primera persona, de la última edición del festival internacional de cómics: "Crack Bang Boom". Un recorrido distorsionado por la mirada del  Hombre-crustáseo.

por Pedro Mancini