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Como pez fuera del agua

Con las actuaciones impecables y perturbadoras de Eliana Wasserman y Sofía Guggiari, bajo la dirección de Juan Washington Felice Astorga, la última obra de Norman Briski nos sumerge en la existencia absurda de dos seres míticos exiliados en una terraza cualquiera de Buenos Aires.

por Cristian Franco


Hubo un filósofo que una vez dictaminó algo que parece una pavada, pero que pensado con cierto detenimiento da un poquito de vértigo: Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida. Extraña inversión (primero el lenguaje, luego la vida) que es una marca de nacimiento de nuestra cultura: en el principio fue el verbo. No hay más que cambiar en esa furtiva intuición de Wittgenstein “imaginar” por “crear”, para llegar a lo que nos interesa: el dramaturgo se hace demiurgo, su palabra da-a-luz.
50 nereidas es un intento de hacer palpitar como un cristal intocable esa exigencia que está en el núcleo de todo arte auténtico: construir un lenguaje para dar vida. Más aún: las dos protagonistas fueron creadas por ese lenguaje primitivo y voraz, y las palabras que pronuncian (que son las nuestras, pero que en sus labios se vuelven irreconocibles, rotas, perturbadoramente extranjeras) son lo único que las hace existir. Esas dos nereidas exiliadas que se secan fuera del mar están hechas de un barro verbal delirante y exquisito. En ese techo de algún edificio de Buenos Aires, que es su prisión y su jardín, no hacen otra cosa que hablar para no extinguirse. Para adaptarse a su nuevo hábitat la única esperanza es anular el silencio áspero de la ciudad con ese diálogo insomne que oscila entre la ternura y la desesperación. Y en el centro —luminosa, insoportable— una claraboya que es una pecera y es un nido y un mundo y una tumba.
El desafío para el espectador es el mismo que propone todo (buen) poema: asistir al desborde de un idioma que es familiar y desconocido al mismo tiempo. Lo que sabemos (lo que idiotamente creemos saber) no nos sirve para atrapar el sentido de las palabras, hay que humillarse y desaprender; atender no al significado sino a las modulaciones, la respiración, los tonos, el ritmo. Dejarse deslumbrar por las palabras como si fueran insectos inexplicables. Entonces precaución: con 50 nereidas “entender” no es la cuestión. Claro que “entender”, cuando de arte se trata, es una palabra un tanto insuficiente. La verdadera obra de arte está siempre un poco más allá de eso que podemos captar con el entendimiento, o por lo menos con esa forma de entendimiento que aplicamos para aprender la regla de tres simple o la diferencia entre sujeto y predicado. No se trata, pues, de “entender” sino de “experimentar”. No interpretar, no decodificar, algo más sencillo: abrirse a la incertidumbre y al extrañamiento, dejarse poseer por ese lenguaje desbocado, resplandeciente, impenetrable. 
Esos cuerpos torpes e incompletos que se mueven en escena —sus vestiduras están hechas de jirones mustios, de retazos incoherentes— no guardan ya nada de su antiguo esplendor. El exilio quiebra. El exilio pudre. El exilio borra. Inmortales todavía, lejos de su mar no son otra cosa que voces que se retuercen mordisqueadas por recuerdos inútiles. Ellas esperan, pero saben que el futuro está hecho con las ruinas de la memoria. Desde su pequeño lugar las nereidas intuyen la presencia opaca de otros seres, distintos pero también atrapados, también secándose: la pecera es reversible, no hay lado de afuera. Nos asfixia el mismo aire, la misma soledad… En la ciudad nada hay para ellas (nada hay para nadie). A lo lejos, una cúpula extraña se pierde entre los edificios: les llegará desde ahí la única voz humana, plena de podredumbre y superchería. Contraste central en la obra: la lengua sucia de los seres humanos —lengua cubierta de nieblas y venenos— se opone a la pureza hermética de la voz de las nereidas.
Vuelvo a Wittgenstein para que me ayude a cerrar: De lo que no se puede hablar, mejor es callar, dijo. Tendríamos, tal vez, que haber empezado por ahí. En realidad cualquier cosa que se diga sobre 50 nereidas no llega siquiera a rozar su verdadera substancia. Para saber de qué se trata hay que experimentarla y purificarse: cuando termina tal vez un pequeñísimo silencio interior te acompañe por ese pasillo que te devuelve a la calle y el ruido y la irrealidad.
Si lo sentís, quiere decir que entendiste.

[Funciones]
Viernes - 21:30 hs  (hasta el 29/11/2013)
Teatro Calibán - México 1428 PB 5
Reservas: 4381-0521 | 4384-8163
Web: http://www.teatrocaliban.blogspot.com

La célula canibal


Siameses, historia de una familia normal, busca examinar con minucia e inclemencia la materia extraña de que está hecha esa cosa que llamamos “familia”. 

por Cristian Franco
 
La familia siempre es el tibio lugar de la pesadilla. Por algo en Argentina nuestros miliquitos la sumaban en su álgebra siniestra a esas otras dos alucinaciones hermosas: dios+patria+familia=pesadilla perfecta. La familia es la célula fundamental de la sociedad, nos dicen. Claro que nadie aclara que se trata de una célula deforme, metastásica, delirante, caníbal.

Mamá, papá y los hijos. Lugar común, lugar trillado: siempre una tentación, un peligro, una trampa inevitable. Si el teatro no puede dejar de repetir la novela familiar es porque todos estamos encadenados a esa escena. Es el único lugar del que nadie escapa nunca. Tal vez por eso Siamesesenfrenta el desafío con una mueca de desdén. Es inútil asustarse de una trampa de la que no se puede escapar. Mejor reírse de esas cadenas y sacarles el jugo.

En Siameses es más importante lo que se muestra que lo que se cuenta. Contarla es fácil: un día un tipo se encama con una manca y ese polvo sin amor engendra unas lindas siamesas. Mamá, papá, dos nenas. La familia ideal. La obra nos hace asistir, como en un sueño sombrío y claustrofóbico, a esa intimidad resquebrajada: la mamá aburrida que mira la tele, el papá cansado que llega del trabajo, las hijas desobedientes que ponen la mesa para la cena.

Hasta ahí, pues, todo en orden, todo insignificante. Es el trabajo sobre la forma lo que hace de Siameses una obra distinta, hipnótica. No interesa tanto que las hijas sean unas siamesas un poco tontas, que la mamá no tenga brazos, que el papá sea un boxeador frustrado que imita a Rocky Balboa. Lo que importa es cómo nos muestran esa pesadilla de la que no pueden despertar y que también es nuestra pesadilla secreta e inextirpable, aunque no seamos una mamá manca y borracha o no tengamos una hermanita pegada al costado.

De ese trabajo —múltiple, meticuloso, perturbador— sobre la forma, elijo la luz como uno de los ingredientes fundamentales de la apuesta. Porque va más allá de la mera ‘iluminación’: la luz no solo enfoca o ilumina, sino que transforma, expande, encierra, habla, carcome, desfigura. La luz circula por toda la obra como una magia que hace mutar las palabras y los gestos. Las frustraciones de los cuatro, sus ilusiones podridas, sus vidas mutiladas, nos llegan teñidas y transfiguradas por las maleables formas de la luz. Como si esa fuera su verdadera sangre.

Dije antes que lo que importa es lo que se muestra(y cómo) más que lo que se cuenta. No hay en Siameses eso que propiamente llamamos narración. Es más bien, se me ocurre, como poner el ojo en un microscopio: tenemos ahí un minúsculo ejemplar en estado puro de esa célula sagrada que llamamos ‘familia’. Durante toda la obra asistimos a su metabolismo nefasto: lento, mórbido canibalismo que los personajes ejercen sobre los otros en cada escena. Un organismo que se autofagocita para no desaparecer. Los diálogos y monólogos —son crudos, son frenéticos— están hechos de los jugos de esa desintegración perpetua.

Claro que hay mucho más de lo que deja relucir este punteo escueto. Algunas imágenes se me quedaron grabadas, como si las hubiera soñado: el papá prestándole las manos a la mamá para comer; las siamesas escondidas debajo de la mesa, tramando su fuga, alumbrándose con una linternita, llorando; la mamá erguida sobre la mesa, convertida en efímera reina, decadente y patética. Escenas en las que hay un exceso que las aleja de la simple anécdota o del cuadro costumbrista, un grotesco tenue que se cuida muy bien de caer en la parodia.

Hoy que ya casi nadie parece recordar que en arte el realismo no es más que una ilusión inútil y apolillada, hay que celebrar una obra que se atreve a ser algo más que pobre "representación". Divertida, irónica, procaz, Siameses está construida para enfrentarnos con las minúsculas carencias y frustraciones de las que estamos hechos. Un microscopio-espejo: queremos mirar y lo que vemos no es otra cosa que nuestra propia mugre.

Y la mugre, cuando es esa que guardamos bien adentro, siempre asusta un poquito.

[Ficha técnica-Artística]
Dramaturgia: Felipe Rubio.
Dirección: Felipe Rubio
Actúan: Jimena García Conde, Mariana Soledad Giménez, Lizzy Pane y Julio Rosenberg.
Diseño de iluminación y concepción del espacio: Gonzalo Velozo y Felipe Rubio.
Asistente de dirección: Luz Moreira.
Vestuario: Mariana Arzola
Prensa: Correydile

[Funciones]
Viernes - 22 HS.
Patio de actores - Lerma 568
Reservas: 4772-9732

Misterios pampeanos


Con dramaturgia de Adriana Tursi y dirección general de Laura Montes de Oca, Los cómicos peregrinos explora las pasiones y desventuras de una compañía de actores nómadas perdidos en la pampa desértica.

por Cristian Franco



Resumir el argumento de la obra es relativamente fácil: hacia fines del siglo XVIII, cuando la destartalada carreta en la que viajan sufre un accidente, un grupo de mustios pero ambiciosos cómicos de la legua quedan varados en medio de la pampa hostil y vacía. Obligados a punta de pistola por el guardia que los escolta, llevarán a cabo —temerosos y astutos, hábiles y desconcertados— la representación de su acto principal: los Misterios medievales de la virgen y el pastor.
Fácil.
Ahora lo difícil: traspasar esa primera aproximación superficial y hablar de una obra que se sostiene en una complejidad secreta y sutil. Porque detrás de su fachada grotesca, de su humor leve, por momentos casi infantil, Los cómicos peregrinos nos ofrece una conmovedora y terrible fábula acerca de seres humanos frágiles y desorientados enfrentándose a una situación límite, definitiva.
Como toda buena apuesta teatral, la obra se abre a múltiples interpretaciones. De entre las muchas lecturas posibles, elijo, para dar una idea del efecto que me produjo, equiparar Los cómicos peregrinos a los absurdos y siniestros aparatos narrativos de Kafka. Creo que en la obra se entreveran varios ingredientes de eso que solemos denominar lo kafkiano: hay el encierro en ese laberinto sin paredes que es para los viajantes la pampa infernal, un desierto verde, infinito, inhumano; hay también la autoridad arbitraria e inapelable del guardia, sus designios incomprensibles, su violencia estúpida; pero sobre todo hay esa absurda esperanza que los actores-viajeros ponen en su travesía hacia un destino inalcanzable, tal vez inexistente: esa marcha inútil —pero heroica— signada por la periódica repetición de un acto que es para ellos su único momento de esplendor.
Y  dando unidad a esas  sustancias kafkianas, delicadamente entretejido en ellas, está el eje que estructura la obra de principio a fin: la ficción como precario medio de supervivencia. No un mero recurso para la evasión, sino una forma extrema de habitar una realidad enemiga para no dejarse devorar. Encallados en el calor y la nada de la pampa, los actores deben sobrevivir recurriendo a lo que mejor saben hacer, lo único que saben hacer: montar la ficción de los Misterios medievales —aggiornados al ambiente pampeano— con lo poco que les queda. Y por eso, entre la labor de aquellas humildes compañías errantes y el delicado trabajo escénico del grupo que ha llevado a cabo esta puesta, podemos pensar que hay una estrategia en común: en la pampa desolada de hace doscientos años y en la escena independiente actual la eficaz utilización de recursos dramáticos mínimos es fundamental.
Es ahí donde se pone de manifiesto la profundidad del trabajo integral del grupo El abrojo: el procedimiento de la puesta en abismo (la escena dentro de la escena, los actores interpretando a actores) requiere de incesantes desdoblamientos del espacio, de los cuerpos, de las voces; la obra se construye —explotando con suma inteligencia mínimos recursos— mediante el cruce fluido de dos lenguajes y dos gestualidades que se entrelazan y se contaminan mutuamente en esos actores maltrechos encarnando La Fe, La Gracia, El Destino. Y nosotros, como espectadores a la segunda potencia, asistimos al agitado detrás de escena, a las oscilaciones y tensiones ocultas de una representación que se lleva a cabo para un único y despótico guardia-espectador.
Parecería que no hay más que eso, y es suficiente; porque así, ágil y exacta, con esa compleja y descarnada sencillez de los mejores relatos de Kafka, Los cómicos peregrinos nos habla conmovedoramente del patético y absurdo y maravilloso destino de los seres humanos de todo tiempo, de cualquier lugar.


[Ficha técnico-artística] 

Dramaturgia: Adriana Tursi
Dirección general: Laura Montes de Oca
Elenco: Nerio Tello – Hugo Mouján – María Núñez Casal – Natalia Villar – Luciana Bava – Laura Montes de Oca – Luisina Fernández Scotto – Facundo Adamo
Asistente de dirección: Federico Bramati
Música original: Sebastian Zanetto
Escenografía y vestuario: Mónica Lazatti
Operador de luces: Mariano Retorta
Fotografía y diseño: Hugo Mouján
Prensa: Thelma Demarchi


[Funciones]

Domingo – 19:00hs.
Sarandí 760
Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Teléfono: 4308-3353
Entrada Gral. $40 (descuento para jubilados y estudiantes)


Entre la ternura y el miedo


En Consideraciones acerca del animal doméstico, Gustavo Friedenberg y la compañía Contratiempo construyen una atractiva e inquietante mirada acerca de nuestras animalidades latentes.

por Cristian Franco

La cruel civilización de dos mujeres de clase alta venida a menos que tuvieron que deshacerse de su pequeña mascota; la fascinante barbarie de dos bestias humanas mutando hasta encontrar una precaria animalidad. En tan sólo dos actos simétricos y sutilmente entrelazados, Consideraciones acerca del animal doméstico —inspirada en la novela La loca 101, de Alicia Steimberg—  nos ofrece una notable reelaboración de la vieja dicotomía civilización/barbarie.
Una novela coreográfica en dos capítulos que son dos mitades; en cada capítulo-mitad, dos personajes que son mitades que dialogan, se complementan, se excluyen, se necesitan. En este juego todos están incompletos, solos, un poco rotos: con la voz y con el cuerpo intentan reunirse, juntar sus propios pedazos, anular el silencio, encontrar una forma; con la voz ocultan y revelan, con el cuerpo seducen y rechazan. La apuesta de Gustavo Friedenberg y el grupo Contratiempo logra un feliz resultado: la danza pone en escena las temblorosas fisuras de esos dos universos que se mantienen ajenos pero misteriosamente comunicados. Como espectadores nos tocará reconstruir los lazos que mantienen esa peligrosa unión. 
En “Té sin canela”, el primer acto-capítulo, Guadalupe Aramburu y Mariana Ferreiro construyen en escena un retorcido monólogo a dos voces: debatiéndose entre el callar y el decir, una voz y su sombra desfigurada rememoran las razones de un crimen en apariencia banal, pero definitivo. Del otro lado, en el segundo acto, apenas ahí afuera, en los tejados y en la noche, las criaturas de “Siete vidas”, Gabriel Vaudagna y Débora Longobardi, materializan las sutiles transformaciones noctámbulas de la animalidad deseante.
Una escenografía reducida a lo imprescindible, luces que transforman el espacio y el tiempo, una música por momentos hipnótica que construye la delicada superficie sobre la que los cuerpos hilvanarán su relato: todo conspira y se conjura impecablemente para sumergirnos en ese mundo dividido.  Pero, sin dudas, lo primordial, lo irremplazable siguen siendo las deliciosas interpretaciones: ajustadas, provocativas, cautivantes, nos entregan personajes atravesados por una corporalidad animal, arcaica, actores en duetos delicados y feroces que vuelven a recordarnos que lo esencial del teatro son las metamorfosis de la carne atravesada por la palabra. 

Tensa, vertiginosa, salpicada de un humor corrosivo, sostenida sobre un lenguaje —corporal y verbal— equívoco pero contundente, Consideraciones acerca del animal doméstico explora la belleza siniestra, la suave amenaza que se oculta detrás de la aparente banalidad de nuestra relación con las mascotas. Oscilando entre lo extraño y lo familiar, lo cotidiano y lo fantástico, los dos capítulos-actos de esta novela danzante nos dejan partidos entre la ternura y el miedo. A buena distancia de los lugares comunes, nos ofrecen el riesgoso deleite de asistir a una experiencia teatral diferente.




[Ficha técnico-artística]

Dirección general y coreográfica: Gustavo Friedenberg
Intérpretes: Mariana Ferreiro, Guadalupe Aramburu, Débora Longobardi y Gabriel Vaudagna
Música y banda sonora: Federico Estévez
Escenografía y vestuario: Paula Molina
Iluminación: Ricardo Sica
Prensa: Flavia Salvatierra
Producción: Compañía Contratiempo




[Funciones]

Jueves - 22:00 hs
TEATRO DEL ABASTO
Humahuaca 3549
Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4865-0014
Entrada: $50


Sopita a la Birmajer

Un breve análisis de las anacrónicas costumbres culinarias del escritor Marcelo Birmajer.

Por Cristian J. Franco


Publicada hace unas semanas, la sintomática columna del escritor argentino Marcelo BirmajerA mí sí me gusta la SOPA” desencadenó una especie de lapidación digital cuya polvareda a esta altura ya se ha disuelto casi por completo. Sin embargo, y condenándome a ser mero furgón de cola del justo repudio generalizado de que fue objeto su cruzada pro-SOPA, me gustaría hacer un breve (e incompleto) desmantelamiento de las opiniones de Birmajer: su anémica línea argumental, su resplandeciente rejunte de lugares comunes, su enfática ignorancia, su perfección en la acrítica naturalización del status quo, pueden sernos didácticamente muy útiles para reflexionar una vez más acerca de los nutrientes de esa SOPA que a él tanto le deleita el paladar.
Comencemos, pues.

Según Birmajer, por culpa de las “descargas ilegales” y la “disminución instantánea de las regalías por derechos de autor” que estas provocan, los artistas “no podrán dedicar su tiempo completo a sus vocaciones” y esto generará, a largo plazo, “el deterioro en la música y el cine”. La primera y más ingenua pregunta que surge de inmediato es ¿cuántos músicos, cuántos directores de cine, cuántos escritores viven de esas supuestas regalías por derechos de autor que garantizarían la dedicación plena a su arte? ¿Alguien lo sabe? Sin necesidad de recurrir a estadísticas, podemos arriesgar que el porcentaje (absoluto o relativo) no debe ser excesivamente elevado. ¿Será esto culpa del “tráfico gratuito e indiscriminado en Internet de películas y canciones” como parece creer Birmajer? ¿Es a partir del surgimiento de la piratería digital que los artistas han empezado a tener serios problemas para parar la olla? ¿O quizás el problema sea un mercado cultural dominado por empresas multinacionales millonarias a las que poco y nada les importa el bolsillo o el estómago de los artistas? ¿Tendrá algo que ver la ausencia de políticas estatales serias que protejan y alienten el trabajo artístico genuino? Un artista tiene el derecho a poder vivir de su arte, quién puede negarlo. Pero habría que preguntarse si la verdadera amenaza para los artistas y para el arte no proviene de los diversos sectores y representantes de una monstruosa industria cultural dedicada a hacer miles de millones de pesos y dólares y euros mediante la explotación de esos mismos artistas a los que dicen querer proteger cuando en realidad lo único que les preocupa son las ganancias astronómicas que desembocan como por un tubo en las cuentas bancarias de unos pocos empresarios globales.
No somos tontos: sabemos que en el capitalismo la música, la literatura, el cine, el arte, son mercancías que se negocian en un mercado; pero también sabemos (y me atrevo a pensar que Birmajer también lo sabe) que quienes se enriquecen obscenamente con la comercialización de esas mercancías —salvo contadísimas excepciones— no son los artistas que las producen. Pero momento: ¿será que la única alternativa que tiene un artista para legitimar su obra y demostrar su talento es someterla a los inocentes arbitrios del mercado? ¿Será que aquel artista que no se enriquece con el comercio de su obra es porque no tiene talento y que la única garantía de verdadero talento es el triunfo mercantil? ¿Será que el único índice válido de la calidad artística de una obra es su volumen de ventas? ¿Será entonces que las pérdidas monetarias que produce el “actual sistema de tráfico de películas y canciones por Internet” afectan a los únicos talentosos, a los artistas triunfadores en las neutrales arenas del mercado? ¿O será que los más afectados son los empresarios que sienten toqueteada su desmesurada parte de la torta, reducidos sus millonarios dividendos, y por eso intentan el manotazo de ahogado de atragantarnos con su SOPA?
Birmajer parece estar más que nada asustado por el deterioro cultural al que se verán sometidos los “consumidores” culpa de los hackers y su “vandalismo virtual”. Raro es que no le preocupe también el deterioro del patrimonio cultural que esos mismos “consumidores” sufren gracias a —por ejemplo— los miles de discos descatalogados por las grandes discográficas debido a que son “productos que no les reditúan”; discos a los que no podríamos acceder si no fuera por ese “tráfico gratuito e indiscriminado” que tanto horroriza a Marcelito B. Esas bondadosas discográficas que —si no fuera por los hackers y su terrorismo 3.0—garantizarían a los músicos la dedicación plena a su arte mediante la justa retribución por su trabajo, son las mismas que condenan al olvido y la desaparición a incalculable cantidad de obras que ya “no les reditúan”, preocupadas solamente del deterioro de sus ganancias millonarias. Y si de deterioro artístico se trata, también cabría preguntarnos qué es eso de invertir en “mejorar la oferta de productos”: ¿las inversiones garantizan “calidad artística”? Pero ¿a qué se refiere Birmajer cuando habla de “calidad”? Porque quiero suponer que este escritor no usa los mismos parámetros para juzgar la calidad de una película o un poema que para, digamos, evaluar la factura de un lavarropas o un paquete de yerba.
Claro que a Birmajer —un justiciero, después de todo— también le quita el sueño que “unos pocos (¿quiénes? ¿los hackers?) se enriquezcan sin permiso con el trabajo de muchos”; sin embargo, no parece inquietarlo el hecho de que unos pocos se enriquezcan con permiso con el trabajo de muchos. Pero claro: esto último es natural, así funcionaron siempre las cosas y así van a seguir funcionando por el resto de la eternidad, ya que así como —según el esclarecido dictamen de Marcelito— la propiedad privada es algo eterno, ahistórico, natural, indiscutible, inmutable, también debe serlo el hecho de que “la mayoría de los artistas prefieren que otro se encargue de la difusión, promoción y comercialización de sus obras”. Dejando de lado lo risible y patético que resulta que un escritor, un intelectual, base su pálida apología de la propiedad privada en la maldición divina de tener que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente y la simultánea expulsión del Paraíso, deberíamos detenernos en el único momento de lucidez que tuvo Birmajer en toda su columna: sí, detrás del debate sobre la ley SOPA subyace “un ataque contra la propiedad privada en sí misma como concepto”. Bravo, Marce, bravísimo.
Sí. Por más que a escritores como Marcelo Birmajer les cueste creerlo, hay artistas que consideran que la propiedad privada es un hecho histórico, social, arbitrario, cuestionable y transformable. Porque, aunque a M. B. le resulte increíble y horrendo, la propiedad privada no fue decretada por dios desde el inicio de los tiempos, sino que es un producto socio-histórico concreto nacido a partir de determinadas relaciones materiales de producción y reproducción configuradas por largos y complejos procesos sociales, económicos, políticos y culturales. Y así como un proceso histórico concreto en un tipo de sociedad determinada dio lugar en el ámbito del trabajo artístico e intelectual al surgimiento de los conceptos de “derecho de autor” y de “propiedad intelectual”, estamos asistiendo ahora a un proceso histórico concreto, complejo, dialéctico, materialmente contradictorio, que está cuestionando, resquebrajando, transformando esos conceptos en función de nuevas condiciones socio-históricas.
Y participando activamente de este complicado proceso, somos cada vez más los artistas que ya no creemos que “el tráfico gratuito e indiscriminado en Internet de películas y canciones, es más perjudicial que beneficioso”. Somos cada vez más los que dejamos de preferir “que otro se encargue de la difusión, promoción y comercialización” de nuestro trabajo, y nos hacemos cargo, gracias a las herramientas y posibilidades que ofrece el acceso a las tecnologías digitales, de la administración de nuestra propia obra. Somos cada vez más los que creemos que ya no es posible analizar la problemática de la producción artística y los medios de vida del artista en función de los perspectivas tradicionales acerca de realidades complejas como propiedad, ganancia, mercado, difusión, consumo; que el verdadero problema no es “si hay que pagar o no por las canciones y películas que se consumen en Internet”.  Sí, Marce, sí, no te miento: somos cada vez más los que creemos en que es posible cambiar de rumbo, que la producción y difusión de la cultura puede seguir otro camino, aunque no sea nada fácil.

PEDAZOS MUGRES [pliego III]


F. Bacon
Crucify 2


que casi nada
sabemos de las aguas
que nos esperan
A. B.

hasta acá
lo único seguro es el recuerdo
machucado
de las ruinas y su temperatura:
más después apenas un viento, un dibujito que
respira
sobre la tierra reseca y quieta
eso, esto:
nuestro impecable, imprudente
círculo
de cenizas y arena

(cuando digo yo
todo cruje y se
oscurece)

porque
es sabido que
hay que
elegir:
tensarnos
como una pobre rama de
sauce y luego
quedar
como desasidos pero
alertas y
enteros en el agua
adoptar, pues, quiero decir,
la forma invisible y procaz
de un pájaro subterráneo

(cuando digo yo
todo cruje y
se oscurece)

y sí
tenemos los dedos
ya sin uñas
sin huellas casi y
una o dos palabras en
idioma extranjero
que, susurradas,
vuelven,
nítidas, hermosamente
incomprensibles
como una viejísima plegaria:
opopupávo tape
opopupávo tape[i]

(cuando digo yo
todo cruje
y se oscurece)

pero si entonces
mojada de luz[ii]
intacta
nos rodea:
esas manos que llamean en lo invisible[iii]
cuando es noviembre por última vez
y los tilos
florecen o secándose
su olor y sed,
humo también
contra estas pieles
que a veces nunca mueren
pero pudrir
lo que se dice
pudrir
igual se pudren, si bien
lo hacen
digámoslo así
lentas, elegantes
pestilentes se demoran en nuestro
cuerpo amargo y paciente
que no sangra ya no
supura
curado al fin?
¿endurecido
al fin
oh! quizás quizás tal vez
este nuestro cuerpo
esta carne triste
titubeante, inútil e
ilegible

(cuando digo yo todo
cruje y se
oscurece)

y luego las aguas
que roerán
nuestros huesos impecables
pero antes
un día y otro día y otro
acá: entre cuatro paredes ciegas
con esta botella por la mitad
y el silencio brotado
de paranoia:
sombras temblando, escondiéndose en las
fisuras de la luz
y tan urgidos
del óxido que se filtra
hacia lo hondo hondo
—donde los gusanos blancos
rondan, prudentes y obscenos,
nuestras raíces—
seguimos esperando que llegue
la última noche de las moscas



[i]  “Consumido el hervor de los caminos”.
[ii]J. Dávalos.
[iii]J. L. Ortiz.

El último día de Domínguez


para Lucas y Daiana,
que sabrán disculpar este censurable retorno a viejas mañas


FACE Art Print
by Chaoddict
No puedo hoy no acordarme de él.
Rojas, el santiagueño Rojas. Nunca destacó de entre el resto de la población. Tampoco era un tipo al que le gustara andar haciéndose notar, por otra parte. Sin embargo, puedo decir que era un individuo singular. Un bicho raro. Justino Augusto Rojas. No deben ser pocos los que todavía se acuerdan. Cincuenta y pico de años, corto de estatura, morrudo, tez morena, tenía un carácter reposado y profesaba una economía de palabras que lo hacían parecer un poco lerdo. Le gustaba mucho leer, en especial libros de química, de física, de filosofía, aunque también más de una vez lo vi con esas novelitas rosas tipo Corín Tellado. Para retrucar a los que aún hoy dicen que era medio retardado, bastaría con recordarles, además de esa afición por la lectura, el brillo pícaro, casi maligno que, en ocasiones, le aparecía a Rojas en los ojitos negros. No señor. Tonto no era. Lejos estaba de eso el muy desgraciado.
Familia no le conocí, pero por una cosa y otra no tardé mucho en enterarme (y no por boca suya) de que tenía una hija, allá en Santiago. Una vez lo pesqué escribiendo una carta (pienso que la única que escribió mientras estuvo con nosotros, aparte de la otra), pero apenas me sintió cerca la tapó con el brazo y solamente pude leer el encabezado: Mi chiquitita Aurora. Que yo sepa, nadie lo visitó ni lo llamó jamás. Tipo reservado, de esos que solo cuentan lo mínimo e imprescindible. Desde la primera vez que lo vi tuve la sensación de que se guardaba algo. Y algo grande. Era de los pocos que miraba directamente a los ojos cuando hablaba. A muchos eso les incomodaba, pero no era un tipo del que hubiera que cuidarse. Por lo menos en eso estábamos todos de acuerdo. Nunca tuvo problemas graves con nadie, más allá de los usuales altercados o cruces de palabra que ocurren inevitable y regularmente en cualquier penal (cuando se calentaba era un puteador de aquellos y sabía defenderse bastante bien, a mano limpia o con arma blanca).

Sí. Algo se guardaba el santiagueño. Cuando llegó, pasó casi desapercibido para todos. Era uno más, otro fantasma guardado. Eso sí: igual la información no tardó en empezar a burbujear por acá y por allá, como pasa siempre. A los pocos días no había nadie que ignorara que lo habían trasladado por unos “problemitas” (cuando pude entrar en confianza me mostró el facazo que le habían dado abajo de las costillas: nueve puntos), que era estafador, que le quedaban siete años y cuatro meses, que había encamado a un banco con cheques falsos (medio palo verde decían algunos, palo y medio, otros, y estaban también los que preferían insinuar o imaginar una cifra vaga e irreal), y —lo más importante para la mayoría— que nunca nadie había encontrado la guita. Se hizo respetar enseguida. Tenía algunos compinches (el tuerto Aguirre, el negro López), pero casi siempre andaba solo. En el patio uno lo veía ir y venir, callado, lento, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos; a veces, levantaba la cabeza y se quedaba parado así, mirando el cielo, como buscando algo. Qué busca, Rojas, le pregunté una vez.
—Una solución... Una solución que no sea seguir esperando— me respondió, y siguió caminando.
En los pabellones se hizo conocido por sus empanadas (que picaban hasta el alma y eran las mejores que nadie hubiese probado nunca) y por sus tortillas con chicharrón; también porque tenía cierta habilidad para arreglar aparatos eléctricos. Muchos en su momento le preguntaron por la plata.
—Está bien escondida— respondía siempre, y nadie sabía si lo decía en serio o en broma, así que en poco tiempo todo el mundo desistió de averiguar nada más. Algunos dicen que al tuerto Aguirre le dijo dónde, pero ese ya tampoco la puede contar.
Haciendo un cálculo grueso, podría decir que pasaron tres años sin novedades. Capaz que cuatro. Rojas hacía la vida de cualquier otro recluso, con su sobresaltada monotonía, con su tiempo controlado y etiquetado, con sus tres horas diarias de sol y los partiditos de fútbol dos veces al  mes, con las violencias sucediéndose regulares y previsibles, con la suciedad, promiscuidad y estupidez que adornan la vida cotidiana de cualquier interno. Por buena conducta, empezó a gozar de acceso a la biblioteca del penal y podía llevarse los libros a la celda si quería; también asistía regularmente a los talleres de electricidad y de carpintería. Entonces, en un momento empezamos a notarle un cambio de actitud. A primera vista nada para alarmarse. Pequeñas cosas, boludeces. Su celda, por ejemplo. Siempre había destacado por su orden y pulcritud, pero en aquel tiempo se volvió un desastre, un quilombo de libros, papeles, cables y cablecitos, maderas y maderitas, frascos y frasquitos, y él metido ahí casi todo el día, leyendo o metiéndole mano a cosas que vaya a saber uno qué carajo eran. Claro que a nadie le preocupó demasiado: todo el mundo estaba convencido de que, por más que anduviera siempre leyendo y haciéndose el interesante, el santia era medio retardado, así que no podía andar tejiendo nada ni remotamente peligroso.
Un día me acerqué hasta su celda y le pregunté qué mierda estaba haciendo (Rojas tenía la cabeza metida en un libraco viejo y enorme, de tapas duras y forrado en cuerina, bastante lastimado).
—En qué mierda anda, Rojas.
—Nada... nada...— me contestó, sin desenterrar su cabeza del libro.
—Vamos, cuentemé, que hoy ando conversador...
Con lentitud y resignación cerró su libro. Me miró unos segundos y le brillaron los ojitos.
—Fíjese usted, Domínguez, que hay máquinas para todo... para todo...— hizo una pausa, como si estuviese ordenando sus ideas—. Máquinas para cocinar, para volar, para mirar lejos y para mirar muy cerquita, para andar arriba y abajo del agua; máquinas que hacen música, que pintan, que cavan, que arrastran, que limpian. La verdad que a veces no lo puedo creer... Máquinas que curan, máquinas que lastiman, máquinas que piensan. ¿A usted no le parece increíble?
—Es la tecnología —le respondí, un poco desconcertado por su insólita efusividad. Eran contadas con los dedos de una mano las veces que lo había escuchado pronunciar más de cinco palabras seguidas.
—Claro, claro. La tecnología... pero así y todo, yo no lo puedo creer... —Rojas se rascaba insistentemente el brazo izquierdo— Fíjese usted, hasta este lugar... estas paredes, esta reja... también son una máquina. Nadie se da cuenta, pero... La máquina de encerrar, la llamaría yo. La encerradora. No… La enjauladora, mejor. Porque no digo sólo las paredes, las cerraduras, las luces, la vigilancia, los horarios... Hay algo más... No sé cómo decirle... A uno todo esto se le mete muy adentro en la cabeza, ¿vio?... Usted lo debe sentir también, aunque esté del otro lado lo debe sentir. Esta máquina hace que las paredes se le vayan metiendo a uno de a poco en la cabeza, bien hasta el fondo... No sé bien cómo explicarme... es raro, ¿no?... Pero lo que puedo decirle es que la enjauladora funciona. Y funciona muy bien: lo vuelve a uno un enjaulado. Porque para ser un enjaulado no alcanza con que lo castiguen a uno metiéndolo acá, en la máquina... Para transformarse en un enjaulado toda esta máquina tiene que hacer su trabajo, y para eso se necesita tiempo... Pero una vez que está hecho... bueno... una vez que está hecho uno no deja nunca de ser un enjaulado, aunque esté afuera, en la calle, ¿no le parece?
El santiagueño me miró fijo, como esperando una respuesta y al mismo tiempo sabiendo que yo no podía responderle nada.
—Sí... puede ser... —dije por decir algo.
—Claro... hay que pensarlo... es una idea interesante... —dijo Rojas, y, después de quedarse unos segundos mirándose la roncha que se le había hecho en el brazo, volvió a abrir su libraco.
Para ser sincero, no entendí hasta mucho después lo que Rojas había querido decirme. Nunca fui un tipo demasiado despierto, para qué negarlo. Siempre acepté que hay cosas para las que a uno la cabeza no le da. Por algo terminé haciendo lo que hago: no se necesita ser muy inteligente para hacer mi trabajo. Lo único que hace falta es un poco de viveza, un poco de carácter y mucho huevo; el resto es pura rutina, acostumbramiento y reflejos: aprenderse de memoria la lógica caprichosa de lo inesperado como para que no te agarren con los pantalones abajo. Con el tiempo (y ya llevo más de 25 años en esto) todo se vuelve encajable y uno aprende cómo amoldar al milímetro cada pieza, con qué herramienta laburarla, dónde meterla, como cambiarla de lugar. Pero más que nada uno tiene que saber vérsela venir, estar atento a los movimientos, a los gestos, a los olores; uno tiene que captar hasta el más imperceptible cambio de temperatura, porque sino al menor descuido te la dieron y quedás pataleando en el aire como un pobre gil.
Algunos de mis compañeros me preguntaban por el santiagueño.
—Che, Domínguez, ¿ese santiagueño hijo de puta qué mierda está haciendo ahí adentro? No estará armando una bomba, ¿no?
—Vaya uno a saber —decía yo siempre— Está medio chiflado.
No sé si realmente lo estaba, pero más allá de provocar cierta incomodidad o desconfianza en algunos, las peculiares actividades de Rojas no jodían mucho que digamos, así que lo dejábamos tranquilo.
Por eso el incendio no se lo esperaba nadie. Nadie.
Empezó tipo cuatro de la mañana y fue tremendo. No pudimos hacer nada para apagarlo, aunque lo manguereamos más de una hora. Los bomberos dijeron algo así como que la combustión había sido provocada y sostenida por algún tipo de reacción química. Lo más extraño fue que no se extendió: el fuego sólo ardió en la celda de Rojas y no perdonó nada. Pero nada de nada: del santiagueño no quedaron ni los huesos chamuscados. Según explicaron los peritos (o por lo menos es lo que pude sacar en limpio de todo ese palabrerío atravesado que usan) la temperatura alcanzada dentro de la celda y el tiempo de la combustión fueron suficientes como para carbonizar todo lo que había adentro. De alguna manera la celda se había convertido en una especie de incinerador alimentado por todas esas cosas raras que el santiagueño tenía ahí guardadas.
La investigación no duró. Oficialmente, le atribuyeron todo a un accidente originado en un desperfecto eléctrico, aunque los peritos habían establecido que el incendio fue, casi con seguridad, intencional (claro que no se les dio ni el tiempo suficiente ni la colaboración necesaria como para que realizaran todos los análisis que hacían falta para establecer con precisión las causas del siniestro). En todo caso, la versión del accidente dejó tranquilo a todo el mundo y le evitó problemas a muchos; y claro, a mí entre esos muchos. La calcinación de un santiagueño estafador y lo suficientemente pelotudo como para prender fuego su propia celda no era una cuestión por la que alguien estuviese dispuesto a tomarse demasiadas molestias, así que todos concluimos masomenos tácitamente que lo más adecuado para lidiar con el asunto era hacer pocas preguntas, bastante silencio y dejar que las cosas se enfriaran solas. Por suerte, nadie apareció para reclamar o llorar los restos que no hubo, lo cual hizo todavía más sencillo el papelerío necesario para darle pronta salida y resolución a lo que había sido la minúscula existencia en el sistema penitenciario federal de don Justino Augusto, 55 años, soltero, de nacionalidad argentina, con condena firme por estafa. Algunos ganchos, algunos sellos, y a otra cosa. Uno menos.
Más tarde, claro: que más vale, que era sabido, que se veía venir, que cómo lo dejaron a ese santiagueño hijo de puta tener todas esas cosas en la celda, que yo siempre dije que eso iba a terminar mal, que yo sabía que no se traía nada bueno entre manos, que qué otra cosa se podía esperar de un retardado como el santia… En fin, la típica capacidad profética y previsora que le nace a todo el mundo justo después de que pasan las desgracias.
Supongo que, de no ser por la carta y lo que vino después (lo que viene ahora), más tarde o más temprano me hubiera olvidado de Rojas, como me he olvidado sin voluntad ni esfuerzo de tantos otros, y a esta altura sería como mucho otro recuerdo borroneado e inútil. Llegó algunas semanas después del incidente y era bastante breve:


6.10
Papá:
Perdón que no te pude escribir antes. Ando con alguno problemas, con poco tiempo. Nada grave, pero sería largo de contar. Fue gran alegría recibir noticia tuya después de tanto tiempo. ¿Cuántos años han pasado?
La plata sigue llegando puntual todos los meses. Gracias. Mario quiere que te diga que no nos hace falta, pero la verdad es que sí. Él porque es muy orgulloso, pero está muy jodida la mano por acá, cada vez peor.
Los chicos todos muy bien, creciditos y con salud, que es lo importante.
Es lindo que estés istalado en Buenos Aires. ¿No extrañás? Yo creo que extrañaria mucho, estoy tan acostumbrada. Acá también es lindo, aunque sea mas difícil todo. Contame mas de qué es lo que andás haciendo por allá. ¿No tenés teléfono?
¿Cuándo vas a venir? Les dije a los chicos que iban a conocer al abuelo. Yo sé que es complicado, pero sería tan lindo.
Te abrazo enorme, papá. Mario también te manda saludos, y los chicos. No tardes mucho en contestar.
Auro

El sobre tenía sello de Santiago del Estero. La dirección del destinatario era la de mi casa, pero claramente la carta estaba dirigida al Sr. Justino Augusto Rojas. ¿Un error? Era demasiado. ¿Una broma post mórtem? No supe qué pensar y no quise darle importancia. Pero un mes y medio después llegó otra, más breve aún.

Papá:
Espero todavía tu respuesta a mi carta del seis de octubre. Capaz hubo algún problema con el correo. En todo caso, no hemos recibido noticias desde la última tuya de septiembre.
Abrazo y cariños de tu chiquitita.
Auro

¿Por qué respondí y firmé “Justino”? ¿Por qué escribí con esa letra que no era la mía “Te quiero mucho, espero poder verlos pronto”? Todavía, después de tantos años, no lo sé exactamente. No sé por qué respondí ni por qué seguí y sigo respondiendo y firmando y mintiendo y por qué Auro nunca se dio (o nunca quiso) darse cuenta. O sí sé, pero no quiero decírmelo, aceptarlo. Pero supongo que a esta altura ya no es importante. Porque mañana se terminan mis días en el servicio penitenciario federal. Mañana me jubilo y ya tengo el pasaje. Mañana, finalmente, es el último día de Domínguez.
Sí. Apenas dentro de en un par de días voy a volver y voy a conocerlos por fin, a mis nietos, a mi chiquitita. En unos días nomás Rojas va a estar otra vez, por fin, en familia por primera vez.


Cristian J. Franco