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Narrativa: Zamba

por María Florencia Giménez

PLAY! Art Print
by Silvia Bolognesi
Me acuerdo de algunos viernes, en verano, cuando la tierra estaba húmeda. Subía a la máquina, en la parte de atrás. Papá la ponía en marcha y los pajaritos se empezaban a amontonar tras su paso, tratando de agarrar todas las lombrices que la rastra iba removiendo. Creo que desde ese lugar preferencial aprendí que hay pájaros de todos los colores: azules, verdes, marrones, negros, rojizos. 
A veces me distraía un poco, y la abuela decía que eso era peligroso. Ella me pedía que me agarrara fuerte. Yo lo hacía cada vez que me acordaba. Otras veces, me dedicaba a contar cuántas lombrices pegaban saltos y eran cazadas. Pero me terminaba encorvando algo más de lo que debía. Menos mal que desde ahí se veía la casa. La abuela me miraba, abriendo la boca muy grande, para silabear a-ga-rra-te mientras amontonaba parte de la cortina con el puño de la mano. Papá no se daba cuenta de lo que pasaba, él iba adelante, yendo y viniendo en zig zag, mirando los cerros. Siempre nos movíamos más lento cuando estábamos de frente al Aconquija. En cambio, cuando teníamos que girar hacia la ruta, ahí lo hacíamos rápido. Entonces tenía que sujetarme bien fuerte, se me acalambraban un poco las palmas de las manos y algún que otro mosquito tenía la suerte de picarme e irse volando despacito. 
Las últimas veces ya había aprendido a ponerme algo de tierra seca en los brazos, porque a los mosquitos no les gustaba posarse sobre mi piel cuando estaba con polvillo. Zequi fue el que me enseñó esa trampa, porque cuando él se cansaba de ladrarles se iba a rechinar al charco de barro. Volvía después muy contento, corriendo y ya no lo molestaban más. Se ponía también a cazar las lombrices, yo lo dejaba un ratito, después ¡Shú shú, juera! Porque me espantaba los pájaros y así no tenía gracia. 
Me quedaba ahí toda la mañana. Hasta que la abuela salía a la puerta con la cuchara de madera y la hacía sonar contra la regadera. Ése era el llamado a almorzar. Zequi siempre estaba sentado de antemano al lado de ella, esperando que hiciera el ruido, para también acompañarlo con ladridos. A mí me gustaba, una vez que la veía de espaldas, saltar desde la chapa y hundir los pies en la tierra. Después corría rápido porque papá me retaba y no quería que me gritara muy de cerca. 
Mamá llegaba cuando ya todos estábamos sentados a la mesa. Estiraba el delantal de maestra y lo dejaba colgando en la ventana de la habitación. Me encantaba cuando la abuela hacía humita, yo le pedía que le pusiera un poquito de azúcar a la mía. 
Después de comer todos se iban a dormir a la siesta, Zequi también. Yo me quedaba despierta y aprovechaba para irme en bici campo adentro. Allí me disponía a bailar. O al menos intentar bailar zambas como hacía mamá. No me animaba a robarle el pañuelo y usaba en su lugar una hoja ancha de ficus. Me reía sola porque no me salían bien los movimientos, todavía los sentía extraños a mi cuerpo. De a poco iba dejando que la brisa me hiciera dar vueltas hasta caer en el pasto. Hasta un ratito antes de que se hicieran las tres. Entonces ya tenía que volver rápido para acostarme. Así, en casa todos pensarían que yo también había dormido la siesta. 

Venían a despertarme cuando eran casi las cuatro, para merendar. La abuela hacía tortillas y compraba la leche recién ordeñada. Mamá después me tomaba lección y me enseñaba cosas nuevas. 
La noche era fresca, a veces teníamos visitas en casa. Traían empanadas, tomaban vino y  tocaban alguna zambita. Mi tío tocaba la guitarra, papá el bombo y mamá cantaba, con la voz dulce, eres la tempranera, niña primera, amanecida flor, suave rosa galana. De a poco empezaba a sonreírme, con las mejillas rellenitas de orgullo, la más bonita tucumana. 
Papá, que no solía cantar, empezó Al bailar esta zamba fue así la invitó a bailar con su pañuelo a mamá, que rendido te amé. Los miraba, la veía a ella y me daba cuenta de que yo no podía todavía hacerlo así. Me faltaba mi compañero. Mía ya te sabía, cuando por fin te coroné. Sonreían entre ellos y después me espiaban. 
Más tarde mamá me llevaba de la mano hasta la cama. Mirábamos por la ventana, a ver si a través de las copas de los nogales se veía la luna. Lunita, lunera, la saludábamos. Y después me regalaba un beso en la frente y me decía que esa música la iba a llevar siempre en mi voz, porque éramos nosotras. Me sonreía suave y corría la cortina que hacía las veces de puerta, apagando así la luz de mi cuarto. De a poco escuchaba cómo las voces, la música y el crujir de los vasos se hacían más tenues, me iban arrullando.
Siempre recordaba esos días cuando salía de viaje, lejos también de la ciudad. Me había ido del campo, buscando más oportunidades. Pero cada vez que subía a la ruta, ya estaba de vuelta en el amarillo, el verde y el marrón, los colores de mi tierra. Esta vez íbamos camino del sur, en un viaje de largas horas. Yo me iba con el  té de manzanilla a la parte de atrás de la camioneta y me quedaba con la cabeza apoyada en la ventana. Un día de éstos, cuando termine la gira, voy a ir a visitar a mamá al campo. 
La noche iba avanzando, la sentía en el frío de la ventana y un poco en los pies. Me levanté a buscar una de las camperas para abrigarme. Estaban todos guitarreando adelante, no se daban cuenta de mi silencio. Quizás por estar tan acostumbrados a escucharme cantar. La vocecita dulce como la de la mamá decía el tío José. Sonreía al pensar en esas noches con la luna más grande de nuestro país. Fui rápido por la campera de Mauricio y volví a mi asiento. Él estaba tocando el acordeón, no le iba a dar frío. Y si le agarraba, que viniera a buscarme a mí.
Desperté cuando ya era la segunda mañana, Mauricio no estaba a mi lado y se escuchaban  voces que venían de adelante. Me estiré la ropa, el pelo negro recogido. Y caminé por el pasillo despacio, bostezando al llegar hasta ellos. Me miraron todos, menos él que estaba cebando los mates con cuidado. Ahí ta la chinita. Siéntese, mija. Me decía el tío José. Mauricio levantó la mirada, en silencio y le pedí que me pasara la guitarra. Le canté Como un pájaro libre, de libre vuelo, como un pájaro libre, así te quiero. Él siguió quieto, callado, dudando. Yo trataba de despertarle los ojos con mi voz, los míos ya no querían acobardarse más. Dejé de cantar, me puse a tararear, hasta que por fin se levantó diciendo: ¿Tamo bien con el tiempo, qué no, José? Vamo a parar esta noche en un restorán bien bonito. Todos aprobamos la propuesta. Después, el tío José y mis primos me miraron, cómplices con su silencio, se había dejado entrever su vergüenza. Hice sonar más fuerte la guitarra, ¡Esa, una chacarera doble, mija!  
La gira la habíamos empezado algunas cuántas semanas atrás, y nos quedaban todavía unos meses más. Habíamos por fin tenido suerte con un disco hecho a pulmón con el tío y mis primos. De boca en boca y de radio en radio, de a poquito nos fuimos haciendo un lugar en las peñas y de ahí, a los teatros municipales. Decía el tío José que la mamá había sido bien bruja por haberme hecho cantar desde chiquita. Andábamos descubriendo nuevas ciudades, en el centro, oeste y sur. 
El norte lo íbamos cargando nosotros. Y el este lo trajo a Mauricio. Lo conocí en una peña en Paraná, pero él era de Paso de los libres. Tocaba el acordeón, chamamé desparramaba por todo el litoral. Sapucay y lo quise para mí. Nos dijo que una gira entera nos podría acompañar, después se tendría que volver. Necesitaba su tierra, se sentía libre, pero quería estar allí. 
El tío José me contó después que Mauricio le tenía miedo, o más bien algo de recelo, a confiar en el amor de una mujer. Quizás por la triste historia de la que había sido testigo con su padre, o por el engaño del que él había sido víctima algunos años atrás. Desde entonces había empezado a tocar chamamé orillero, esa mezcla rara entre chamamé y tango. La música lo obsesionó, y así se fue perfeccionando, hasta empezar a recibir invitaciones de casi todas las peñas en el litoral. Fue eligiendo a cuales ir a tocar, desoyendo consejos, porque no quería dejarse llevar por nada. Solo él era el dueño de su destino. Yo no conocía aún ese silencio.
Eligieron un restorán de la ruta, con las cortinas a cuadros y algunas mesas afuera. Entraron despacio, palmas y salió un hombre para darnos la bienvenida. Le traemos música, compay, ¿habrá unas buenas presitas para nosotros? La sonrisa del hombre fue instantánea y llamó a la hija para que nos preparara la mesa y las bebidas. El tío José fue hasta la parrilla a ver la carne. Con mis primos nos fuimos sentando, Mauricio tardó en llegar porque fue trayendo algunos instrumentos. Lo quise seguir pero mejor depué, depué, cuando toque bailar una zambita. 
Casi no probé la comida. Quería estar ligera para él, pero cuando empezaron a tocar chamamé y bailecito parecía que Mauricio se olvidaba de la invitación. Corrí a la camioneta, tomé mi violín y los interrumpí en un silencio coplero. Toqué una zamba, para que me mirara, también la canté, y por último sonreí, para que se animaran a tocar otrita y hacernos el espacio para bailar. Iba a ser nuestra primera zamba, estaba nerviosa, como nunca antes.
La hija del dueño estaba apoyada en el mostrador cuando empezamos a bailar. Si es dulce como esa niña. Tenía la misma cara y los mismos gestos que yo cuando era chica. El tío José le hacía señas para que nos mirara los pies y los brazos. Ella no le hacía caso, estaba prendida al aire de los pañuelos, siguiéndoles el recorrido entre nosotros. Viendo cómo se enroscaban, los liberábamos y ellos se extendían. Eran pájaros, de distintos colores, el mío era carmín y el de él, azul. Y airosa cuando la bailan. Mauricio me miraba con los ojos secos, y yo le contorneaba la piel de mis párpados y de mis hombros. El violín nos hacía girar con movimientos repentinos, después, suave, arremolinaba el pañuelo en mi pecho. Si te gana el corazón. Él me perseguía y yo le acercaba apenas la punta de mis pies y de mis brazos. Cuando estaba empezando a callar la zamba, nos acercamos, con el torso enfrentado y él dejó que los pañuelos cayeran entre nosotros, desde las manos hasta el pecho. Esa zamba es tucumana. Finalmente fue silencio, y se animó a susurrarme en el oído que a la noche iría por mí otra vez. La niña se subió de un envión al mostrador, sonriente porque ella había sido la primera en darse cuenta: no era sólo un baile.
Después ellos se quedaron guitarreando, yo charlé un ratito con la pequeña, que había quedado fascinada con el baile. Le regalé mi pañuelo, para que practiqués en las tardecitas, con un chico que te guste. Y me fui a la camioneta.
En la madrugada sentí un brazo sobre mis hombros. Era Mauricio, sonriéndome, con un poco de aliento a vino y las yemas de los dedos algo aplastadas. Me chistó para no despertarme del todo. Me susurraba unas lindas coplitas, bien pícaras, de ésas en las que hay que tener la palma de la mano cerca para que no se noten las risas. Ahí me di cuenta. No me quería dormida a mí, quería que el resto lo estuviera, para que nosotros fuésemos los únicos despiertos, y en movimiento. Lo separé. Vaivén: él va y me dice ven, en la parte de atrás de la camioneta, como dos adolescentes. 
¿Me bailás otra zambita si yo te la recito? Y empezó: Si es redondita y jugosa, separaba la tela de mi pollera, de mi camisa, para hacerle espacio a sus manos, lo mismo que una naranja, me daba escalofríos, la piel se volvía como la cáscara del cítrico, si es noche cerrada el pelo y me desprendía la hebilla. En seguida volvía a mi cuerpo, tenía las puntas ásperas de algunos dedos. Después de recorrerme, finalmente me daba la razón: esta moza es tucumana. Yo me movía despacito, sobre sus piernas. Él iba, al respaldo del asiento y yo volvía. Éramos el silencio, lo suave, y nos quedábamos así, prendidos del cuerpo. La zamba es como un camino, distancia por dentro, destino de andar, enamorando pañuelos... le susurré cuando ya estábamos con el aliento aliviado, un momento antes de quedarnos dormidos.
El resto de los días Mauricio siguió comportándose igual. Era un diurno silencio. En las peñas había algunas miradas cómplices, relajadas cuando tocábamos. Yo cantaba sin mirarlo y cerraba los ojos cuando era una zamba. Sólo teníamos las noches para hacerlas intensas. Las últimas veces ya ni siquiera nos importaba si alguno de mis primos o mi tío estaban despiertos. Era el momento en el que por fin Mauricio se dejaba ser. Y lo hacía solamente conmigo. Pero nunca me habló de su pasado, ni de sus miedos. Me sentía intrigada y quería seguir sintiéndome así, por eso no le preguntaba, por eso acallaba todos mis impulsos cuando estábamos bajo el sol. Para que después él me buscara en la madrugada. 
De a poco fueron pasando las semanas. Primero cuatro, como siempre, luego fueron seis, ocho, y hasta once. Me miraba la panza, todavía no se notaba. Pero no sabía qué hacer, tenía miedo, quizás él también. Pensé que lo mejor podía ser esperar hasta el último día para contarle, faltaba poco tiempo. 
Las últimas noches yo había estado muy quisquillosa según Mauricio. Y eso no le gustaba, me pedía que no lo dejara solo por la noche, que necesitaba su zambita. Pero ya no me recitaba y yo le hablaba poco. Ese domingo fui todavía más cuidadosa con las palabras que elegí para revelarle lo que me estaba pasando. Me miró con los ojos húmedos, como nunca lo había hecho. Dijo que estábamos muy lejos, los dos asentados en nuestras tierras. Pero teníamos la música para hacerla llegar. ¿Como las sombras del pañuelo, le va anudando distancias? Le pregunté, cantándole esos versos, para que no se sintiera con culpa. Mauricio sin embargo completó la letra: si te consuela y te miente, esa zamba es tucumana. Entonces mis ojos también estuvieron húmedos. Levantamos la sonrisa, pero de un solo lado, porque no sabíamos muy bien qué hacer. Fuimos dejando la vista perdida entre las sombras de los árboles que se veían a través de la ventana. Luego su mano me cubrió con todos los dedos el vientre. La mía apretaba bien fuerte un pañuelo, sobre su pecho. 
Ese jueves fue la última peña, estuvimos en Bahía Blanca. El tío José trataba de convencer a Mauricio para que después viniera con nosotros, y le dejaron la dirección de mi casa en Famaillá. Pero entre burlas y despistes él se encargaba de dejar en claro que se volvía a Corrientes. Apenas podía contestarles, tenía la voz quebrada, o más bien, acobardada. Nosotros no hablamos, tampoco nos miramos, él solamente giraba para buscarme la panza y volteaba la vista hacia otro lado, mordiéndose las uñas. Después se acercó al tío José, le proponía una zamba que no teníamos pensado interpretar. Le pidió que la tocaran ellos, para bailarla conmigo. 
Empezó a sonar la tempranera. Nuestros pañuelos iban lentos, suaves, tristes, como la zamba. Lloro amargamente, aquel romance adolescente. Cerraba los ojos, me dejaba llevar por el recuerdo de esa primera noche en la camioneta. Los volvía a abrir y él seguía ahí, tratando vanamente de perseguirme. Dura tristeza oscura, gentil amor que no supe retener. Me escapaba, girando alrededor de él, para que me tomara por la cintura y me dijera Oye, paloma mía, esta tristísima elegía. Quedaban prendidos los pañuelos y sellada nuestra despedida.
Esa noche nos agasajaron con unas habitaciones del club donde tocamos. Ellos en una y yo tenía un cuarto para mí. Estuve escuchando las guitarras, el bombo y el acordeón hasta quedarme dormida, todavía con las luces encendidas. En la madrugada nadie vino a despertarme. Y por la mañana Mauricio ya no desayunó con nosotros en el bar del club. 
Recién entonces les conté al tío y a mis primos. Volvimos callados a la camioneta, les dije que no quería ir a casa, en la ciudad, seguiría camino con ellos hasta Famaillá. El tío José me dio un abrazo, dulce, suave. 
La vuelta hasta el Tucumán no fue silenciosa, me contaron lo poco que sabían de Mauricio, me di cuenta de que él nunca me había dicho dónde vivía. ¿Ellos quizás...? No les pregunté, sólo suspiré. Hablamos de las fiestas, los carnavales y la semana santa, después deberíamos descansar y empezar a pensar en la próxima gira, quizá hasta un coro tengamo, ¿qué no? Jajaja bromearon.
Llegamos a los dos días, de tardecita casi. Me bajé en la casa, ellos siguieron camino. Toqué el timbre, y mamá, como hacía la abuela antes, se asomó por la ventana. Estaba asombrada con mi visita, hacía largos años que no pasaba por ahí. Tenía algunos alumnos en la cocina, todavía seguía enseñando, aunque ahora eran clases particulares. Le dije que la esperaría afuera. 
El campo se veía más chico, habrían ido vendiendo algunas hectáreas de a poco, y el arroyo parecía haberse evaporado entre los brotes de soja. En la parte de atrás de la casa se veía una chapa oxidada. Los pájaros recordé y empecé a mirar alrededor. Se apoyaban algunos en los alambres que dividían el campo, eran tordos, negros. Me senté a esperar los colores mientras rascaba la tierra, buscando las lombrices para usarlas de señuelo. 
Recién al rato volvió mamá, riéndose porque me había embarrado como cuando era chica y tenía que regañarme. Nos sentamos a tomar unos mates, papá llegaría más tarde. Le conté todo lo que había hecho en la ciudad, aunque obvié quizás algunos detalles. Pero ella sabía que yo había vuelto por otra cosa, instinto de madre, mija. Y ahí le hablé de Mauricio, se iba a enterar por boca del tío José si no. Mamá me miró, sonriendo de a poquito y me abrazó. Me preguntó si él no iba a volver. Le dije que era un hombre de su tierra y nuestro lenguaje era la música. Si volvíamos a hacernos piedra y camino entonces sí. Mamá me dijo que nos cuidaría, después ella le contó a papá, y él no me habló durante algún tiempo. 
Hasta abril, dos semanas después de Semana Santa. Atolondrada llegó Aimé, con el nombre del viento del sur que la trajo hasta mí. Y, como cuando estaba en la panza, una vez afuera, también quería seguir escuchando a su abuela cantar, mientras yo tocaba el violín y el abuelo, el bombo. Aimé es el viento de un pañuelo, es la pasión de una zamba. 
Todos los viernes venían por la noche el tío José y mis primos a guitarrear. También empezaron a hablar de volver a salir de gira. Yo estaba llena de dudas, no por Aimé,  sino por la nostalgia, la distancia va conmigo, como un largo andar. El tío José hizo hasta lo imposible por convencerme, mis padres también me incentivaban a largarme otra vez a vivir de nuestra zamba. Por fin acepté, pero con la única condición de que fuese recién en septiembre, cuando vuelven las flores y el calorcito primaveral que protegería a mi niña. 
Cuando llegó el día, el tío José estacionó la camioneta en la puerta de casa y se hizo anunciar con la melodía de una chacarera doble. Dijo que ya teníamos varias peñas listas para recibirnos otra vez. Lo contaba con una mirada cómplice hacia mi pequeña, todavía algo abrigada entre ponchos. 
Ese viernes habían llegado bien temprano, todavía se veía el atardecer en el horizonte. Estaban mis papás, el tío José y mis primos, con las guitarras y el bombo. Pero fue después de comer que empezaron a guitarrear. Entonces yo salí de la casa, me largué a caminar, cantando despacito. Veo el campo, el fruto, la miel. Y estas ganas de amar. Sentía cómo se me cerraba la garganta. No me puede el olvido vencer. Se veían unas luces en la ruta. Un auto se detenía para escucharme cantar. Hoy como ayer, siempre llegar. Alguien se bajaba para responderme: en el hijo se puede volver.
La zamba mía se hizo carne en la voz de Mauricio. 

[Sobre la autora]

M. Florencia nació la noche de un domingo, cuando el solsticio de invierno. Tenía la piel púrpura, de a poco fue volviéndose morena. La cobijaron en el barrio de Caballito, Buenos Aires, la sonrisa dulce de una tucumana y el orgullo tanguero de un porteño de ayer. 

Publicó "Cantata" en 2013, libro de cuentos, la presentación será el miércoles 27 de noviembre a las 19hs en el Club Cultural Matienzo (Pringles 1249)

Ella es. Porteña: guía de turismo. Latinoamericana: licenciada en letras. Mujer: creadora. Todo gracias a la tierra. Es ella.

[Contacto]

Narrativa: Shishunki

por Nicolás Lazo Jerez 

NO CABE DUDA: es ella. Camina como si jamás dejara de pensar en otra cosa o, más bien, como si una nube se hubiera interpuesto para siempre entre su mirada y el mundo. Naturalmente, el último tiempo se lo han hecho ver una y otra vez, sobre todo durante los días previos a su encierro veraniego. Pero nada: parece imposible interrumpir aquel aire distraído. Con su acostumbrado paso lento, terminó de bajar la escalera y, mientras reprimía un bostezo, caminó hasta la línea amarilla que demarca el borde del andén.

            Transcurridos algunos minutos, miró hacia el túnel y advirtió que, por fin, la luz del primer vagón se acercaba poco a poco al punto donde lo estaba esperando. La imagen le recordó un sueño recurrente en que ella, rodeada de una oscuridad penetrante, estira el brazo hacia un leve resplandor que, sin embargo, nunca puede siquiera rozar. El metro se detuvo y abrió sus puertas. Plaza Maipú era una estación terminal, de manera que el tren quedó vacío y ella pudo elegir un asiento desde el cual se veían las vías.

            De súbito, sintió el vértigo de la huida. Delante, todo se le presentaba bajo la forma de un horizonte impreciso, el espacio en blanco donde tendría lugar una nueva e insospechada vida. El túnel del metro constituía el punto de fuga hacia donde se proyectaba el milagro de su propio extravío, como un agujero negro cuyo umbral de entrada fuera el anuncio de una abducción triunfante, una renuncia feliz. Cerró los ojos. Con la cabeza apoyada en el vidrio de la ventana, imaginó que viajaba a bordo de un tren bala japonés en dirección a las montañas más altas del planeta.

            Por el momento, no lamentaba en lo absoluto dejar de ver a los demás. De hecho, la necesidad de un aislamiento total era lo que más la motivaba. Si en su casa todo el mundo daba muestras de una insensibilidad y estupidez extremas, ¿por qué habría de quererlos? Por un instante, vio a su mamá llorando junto a su padrastro y sus dos medios hermanos. Experimentó un extraño placer. Segundos más tarde, no pudo evitar sonreír cuando la escena dio paso a otra todavía mejor: Cáceres, el más imbécil del curso, recibía la noticia de su desaparición con una mezcla de perplejidad y arrepentimiento y se culpaba a sí mismo de la tragedia ocurrida a la que durante meses llamó “Sailor Moon después de la bomba atómica”.

            La idea de hacerse a un lado la sacó de un documental de la televisión española que vio en You Tube, titulado “Hikikomori: recluso social”. Mejor dicho, los casos que ahí conoció precipitaron la inminente decisión de encerrarse en su pieza. Fundamentalmente, la sedujo la profunda radicalidad de la apuesta, la fascinante arrogancia implicada en el gesto de darle un portazo en la cara a quienes la rodeaban. No obstante, su mamá se opuso a que pasara todo el verano en medio de un creciente y sombrío desorden. Pronto perdió la paciencia y le dio un plazo de tres semanas para salir. Hoy se cumple la fecha fatal. Por eso, la hija se levantó a las seis de la mañana y, sin que nadie la viera, escapó sigilosamente por la ventana del baño.

            Volvió a abrir los ojos y comprobó que en el vagón había muchas más personas que antes. Sin embargo, hoy nadie parecía reparar en ella. Se había quitado las cintas del pelo, el collar con campanilla y las largas medias a rayas; en lugar de ropa vistosa, se había puesto una camisa a cuadrillé y unos bluyines de lo más comunes. Para ser sinceros, le resultaba agradable volver a confundirse entre la gente. El deseo de sobresalir, tan insoportablemente adolescente a su modo de ver, era ahora reemplazado por una firme voluntad de anonimato. Miró hacia el exterior del tren. Al pasar por la estación Universidad de Chile, tuvo el impulso de ponerse de pie: demasiadas veces se había bajado allí para reunirse con su grupo de amigos frente al Eurocentro del Paseo Ahumada. En cambio, esta vez acomodó la mochila entre las piernas y se arrellanó en el asiento. Aún faltaba la mitad del camino.

            A lo largo de esas tres semanas, no había hecho prácticamente nada. Leyó y releyó cada uno de los decenas de mangas que se apilaban dentro de su clóset. Dibujó sin parar a los héroes y villanos de las series de animé que ella y sus amigos veían. Escribió algunos poemas de pésimo gusto en que una atormentada hablante se paseaba por la ribera del Shinano y se comunicaba exclusivamente con animales y plantas. Navegó día y noche por internet, reprodujo cientos de veces sus canciones favoritas de Hikaru Utada, Arashi y Kazufumi Miyazawa.

            Fue entonces cuando, siempre ayudada por Google y Wikipedia, descubrió que estaba imitando el modelo japonés equivocado. Su verdadero destino no era convertirse en una hikikomori santiaguina, sino seguir los pasos de los maestros zen, quienes a su vez habían heredado, por medio de los monjes chinos, la tradición budista de la India. Por lo visto, estaba llamada a preservar una larguísima cadena de sabiduría. Con ese objetivo en mente, llegaría hasta la estación Los dominicos –la última hacia el oriente– y, no bien hubiera salido a la superficie, caminaría incansablemente entre los cerros hasta encontrar su propio monte Fuji. Sólo así algún día podría abrazar el dharma o significado universal.

            Cuando el operador del tren anunció el término del recorrido, bajó del vagón y comenzó a subir las escaleras que la conducían hacia la salida. De pronto, notó que algo andaba mal. Rebuscó entre el contenido de la mochila y confirmó su repentina sospecha: había olvidado el cuaderno donde inauguraría su diario de vida. ¿Cómo seguir sin él si allí iba a registrar los sucesos de su nueva etapa? ¿Cómo reemplazarlo por otro si ayer en la tarde le dibujó una portada y hasta escribió un breve e inspirador prólogo? Frunció el ceño; no había otro remedio. Cruzó al andén opuesto y, con el aire distraído de siempre, emprendió el camino de regreso.

Narrativa: El balbuceo periodístico

por Gustavo Grazioli

Jacket Art Print

by Feline Zegers

Ante cada golpe el sudor recorría su frente; los brazos mostraban gran destreza muscular y sus pechos se movían parejos. Firmes. La gente que presenciaba el espectáculo gritaba sorprendida: "oooohhhhhh". No podían creer lo que estaban viendo; uno que estaba más al fondo charlaba con su amigo y asombrado por la destreza técnica, también no perdía el tiempo en destacar el voluptuoso cuerpo de esta mujer "y encima roquera", le dejaba en claro, con ojos saltones, a su amigo que lo miraba de forma complaciente.
En el medio del show que estaba brindando la banda, uno de los aficionados logró burlar la seguridad y subiéndose al escenario quiso encajarle un beso a la baterista. Cuando la seguridad reaccionó, la mujer los detuvo diciendo que la dejaran a ella. Fue así, entonces, que le pidió al joven que intentó besarla que se acercase. Lentamente y con la cabeza mirando el piso, empezó a caminar hacia la batería. Cuando ya estaba cerca la mujer se levantó del asiento giratorio y con la mano derecha golpeó su cabeza con uno de los palillos, además como si fuera poco para hacerlo pasar más vergüenza, le pidió al publico que lo saquen del lugar o sino el recital se suspendía. Ya se imaginaran ustedes, no...
Con este joven fuera del lugar, la baterista en forma de agradecimiento se quito una de las prendas que llevaba y provocó la algarabía desorbitada del público, que de la avalancha, ante tamaña muestra de afecto, rompió las vallas de contención. Con este clima, la adrenalina de la banda se motivó y los temas restantes aumentaron su fuerza. Al finalizar el show su público habitué se quedó a esperarlos a que salieran para poder saludarlos y ejercer el ritual de todos los shows: fumarse un porro con la mujer de la batería. Esta vez los que se quedaron eran más de lo habitual, entonces comenzaron los murmullos y las preguntas sobre quienes eran estas caras nuevas que se estaban acercando. Los consideraban unos intrusos a su comunidad. Cuando salió la banda, la atención quedó depositada solo en eso. Nuevos y antiguos terminaron abrazados, a los gritos y coreando el nombre sin parar. Por supuesto la parcialidad masculina en su mayoría, intentó saludar a la baterista y vislumbrados por lo traspirada que tenía la remera, pidieron que se la quitase en honor al rock. La mujer un poco aturdida se enojó bastante con esta petición y empezó a escupirlos, pero no hubo caso, fue peor: "¡sos el amor de todo punk. Quiero casarme ya!", le gritó desaforadamente uno de los que formaba parte del grupo que la rodeaba. Mientras los otros integrantes se iban dispersando o se encontraban con sus parejas, la mujer de los palillos tenía que lidiar con estos muchachos que estaban excedidos de drogas, alcohol y demás. Intentó hacerlos a un lado mientras caminaba hasta su auto y un joven que estaba apoyado en la pared de la esquina, cercano a donde esta tenía estacionado el auto, piropeo su actuación con el instrumento. En una muestra de agradecimiento asintió con la cabeza y de forma poco cortés dijo un "gracias". Este joven, mientras ella abría la puerta de su auto, se acercó y muy tímidamente le dijo ser periodista de una revista de rock llamada  "no queda otra". Insistió con algunas palabras más, hasta que se decidió a preguntarle si no le concedía una entrevista para su revista. La mujer ya arriba del auto, habiendo iniciado una marcha lenta, bajo la ventanilla y le tiro una tarjeta. Este muchacho cuando la levantó vio que tenía los datos personales de ella y quedó parado en la esquina viendo como el auto se alejaba pero con una sonrisa y apretando el puño donde estaba la tarjeta.
A la otra semana después de terminar el ensayo con la banda, la  mujer ve en su celular una llamada perdida. Imagino que sería de este joven y decidió devolvérsela.
- Hola ¿quién habla? - preguntó la voz sorprendida del joven.
- Soy la baterista de Turquía, no te acordás que hablaste conmigo - contestó con voz suave.
- Claro, ahora sí. Que placer este llamado. Perdón por mi desatención - dijo algo sonrojado.
- ¿Y entonces vamos a hacer la entrevista?
- Por supuesto ¿Cuando podes?
- Vení mañana a las 11 de la mañana a nuestra sala de ensayo ¿te parece?
- Si claro, mañana estoy ahí.
- ¿Va a ser muy larga la entrevista? porque tengo que hacer algunas cosas del colegio con mis hijos.
- No no, serán diez preguntas nada más.
- Bueno. Hasta mañana.
- Hasta mañana y gracias por la amabili...

La mujer ya había cortado el teléfono. El joven contento, llamó a unos de sus amigos para contarle el hecho y ademas para presumirle a que figura entrevistaría. Esperando que este le dijera cosas tales como "genio" "groso" o algún halago por su logro, tan solo recibió un desinteresado "te felicito". Al ver que no encontraba lo que buscaba cortó la comunicación de forma brusca y llamó a la revista para avisar que había conseguido la nota.
- Hola...¿Margot?
- No, soy Hernan ¿quién es?
- Soy yo, el meadoporlasociedad
- Ah, que haces. No te conocí la voz ¿donde estas?
- Acabo de hablar con la baterista de Turquía ¡Mañana la entrevisto!
- ¡Perfecto! esa va a ser nuestra nota jugosa para el próximo numero. Trata de sacarle hasta lo ultimo y si podes hacerla enojar, mejor.
Hubo algunas risas de ambos.
- Voy a hacer lo que pueda. Es bastante parca la personalidad. Decí que esta buena por lo menos, porque sería un embole de aquellos.
Se despidieron y le pidió que le avisase a Margot que todavía le debe plata del mes pasado.
La mañana siguiente cuando se levantó, preparó un frugal desayuno y leyó algunas noticias en algunos portales de internet. Cuando se estaba cambiando para salir, sonó su teléfono celular - era su ex mujer -
- Hola Celes ¿como estas? - preguntó con amabilidad.
- ¡Escuchame pelotudo! deja de jugar al periodista y tráeme la plata del mes. El mes anterior con eso de que te pagan por cada notita que haces, quede de garpe y tuve que pagar todo.
- Si ya lo sé, pero esta vez tengo un trabajo muy importante y voy a poder llevarte una buena suma. Con esta entrevista que voy a hacer, vamos a vender mucho.
- No sé lo que vas a hacer, ni me interesa. Lo único que te digo es que si este mes no me rendís lo que corresponde, pongo un abogado y no ves más a tus hijos ¡me tenes harta! - y cortó de manera abrupta.
Trató de no darle importancia a lo sucedido. Miró la hora y ya eran las diez, así que terminó de cambiarse rápidamente porque tenía un buen rato de viaje para llegar. Una vez en la calle quiso parar el colectivo pero ninguno se detuvo debido a la sobrecarga de pasajeros. Estuvo así con cuatro colectivos. Volvió a mirar la hora y le quedaba media hora para llegar, así que paró un taxi: "hasta Cabildo y Juramento, por favor y lo más rápido posible", dijo algo agitado. Al haber poco tráfico llego rápido. Buscó la numeración de la calle para guiarse hacia donde tenía que cruzar. Estaba con quince minutos de anticipación según lo pactado. Golpeó la puerta de la sala de ensayo pero nadie salía e insistió con más fuerza y lo atendió un señor mayor, que por el susto le negó la entrada.
- Jovencito con los tiempos que vivimos no puedo dejarte pasar así nomas ¿a quién buscas?
- ¿Esto es un sala de ensayo? - preguntó extrañado de la situación.
- Una sala de que...habla más fuerte porque estoy un poco sordo - levantó la voz.
Intimidado por el momento que estaba viviendo. Con algo de sudor en la frente, volvió a preguntar
- ¿Esto es una sala de ensayo, señor? - preguntó casi gritando precavido por la advertencia.
- Ah si si, es acá. Vos debes ser el periodista ¿no? - contestó con total liviandad.
- Claro, veo que le avisaron que vendría.
- Si si pero bueno joven, usted comprenderá que como esta la calle ya no lo creó ni a mis hijos.
Venga pase por aquí. Espere que enseguidita se los llamó. Están ahí meta ruido. No se entiende nada lo que hacen y para colmo llenan lugares...ay ay ay en mi época era distinto, pibe. Había que ser bueno de verdad.
Cuando la banda se acercó a lo que sería una improvisada sala de espera, se encontró con que no eran las personas que buscaba o mejor dicho la baterista que buscaba, porque en este grupo también había una mujer que tocaba la batería.
- Pero como, ustedes no son Turquía...
- Y vos no sos el periodista reconocido al que esperamos - dijo la banda a coro.
- Señor acá no ensaya Turquía - preguntó desesperado.
- Uuff, hace más de diez años que no ensayan acá ¿quién te dijo esa patraña?
- La baterista. Hablé ayer.
Empezaron las risas de todos los que estaban allí, hasta algunos se revolcaban en el piso y retorcidos por la fuerza de las risas, tuvieron que irse.
- ¿Que pasa? - preguntó el joven, enojado.
- Es que te hizo lo que les hace a todos los periodistas que ve novatos como a vos - le dijo el señor de la sala de ensayo.
- ¿No entiendo?
- No es muy difícil. Te jugaron una linda broma.
- Es que necesito esa entrevista, sino me van a echar de la revista y no voy a ver más a mis hijos.
- Anda consiguiendo un abogado, flaco - dijo el guitarrista de la banda, entre risas.
Ahí mismo se levantó de la cama luego de que su mujer lo sacudiera varias veces y bajo los reproches de que ya era tarde le dijo que se vaya a bañar porque sino llegaría tarde al trabajo.

Y así fue que esa mañana todo se desmoronó cuando cayó en sí y tuvo que salir a tomar un subte, vestido con ropa incomoda y una corbata que apretaba su nuez. Una vez en la oficina su jefe lo recibió diciéndole: "este mes no habrá presentismo", a lo que sin contestarle tan solo hizo un leve movimiento con su hombros. Sentado en su escritorio escribió esto.

[Sobre el autor]

Gustavo Grazioli nació en febrero del  ’87. Realizó media carrera de Comunicación Social en la UBA, y está terminando la carrera de periodismo en ETER. En la actualidad trabaja como periodista, colabora en medios digitales y en la edición en papel de la revista local de Aldo Bonzi. 
En materia narrativa hace poco encuadernó sus cuentos con el fin de publicarlos bajo el título:La pureza del lenguaje se esfumó. Y en lo musical se desempeña como frontman de Manzanitas, una banda de la zona Aldo Bonzi – La Matanza, en la que aprovecha a cantar letras que se iniciaron como poesía.

[Contactos]

Narrativa: Afuera

por Nicolás Loreto


Afuera
within the bounds of this single road Art Print

by Agnes-cecile

Al último suicida
Lo devoran cuervos fantasmas.

Fuimos despiadados
Bestiales costras de acero impenetrable
Incapaces de mirarlo
Colgante, de su tumba vaivén.

Vivo en una ciudad tan grande como desprotegida, a las afueras de la junta principal. A decir verdad son unas hectáreas mínimas que me protegen del amasijo y la polución, en cierto modo.
¿Soy un anacoreta, un náufrago, un fugitivo o una especie de sobreviviente? No lo se. No me importa.
Al cadáver que cuelga desde mi ventana nadie viene a reclamarlo.
Apareció esta mañana, a eso de las cinco. Mis ojos, descreídamente, intentaban dar forma lógica a ese bulto que tambalea desde una rama del árbol. No me animé a acercarme, fue mejor mantener una distancia diría… respetuosa.
 De repente creí que era necesario ahondarlo. Comencé una búsqueda que arrastró algo mío. Sin embargo he recibido las mejores recompensas.
 Bien. Creerán ustedes que mi estado anímico era fatal: un cuerpo inerte colgaba a metros de mi rancho; sin embargo, más que espanto, sentí una calma nostálgica, un alivio desahogado.
 Arrastré una silla hasta la ventana que daba al verde y con un cigarro encendido observé al árbol y al cadáver. El árbol y el cadáver, el árbol y él cadáver, el árbol y el cada - ver. Pensé lo siguiente:

A un brazo de mujer
Lo arrastra el río,
A lejos,
Desaparece.

Alce al pasto
Lleno de moscas,
No camina,
Desaparece.

Titánico recuerdo,
Ave astuta
La locura.
Un segundo
Y desaparece.

 Mi razonamiento tiñó a mi rancho de arena blanca, algo sucia… algo manchada. Rojizos escarabajos decoraron los marcos de la ventana. Entre mis pies brotaron gigantes llagas negras, con aroma a incienso. El lugar se invadió de polillas gris - ágata, que zumbaban mis oídos, sádicas, con armonía estridente y tajante. Las bestias salieron del placard, haciendo un espantoso sonido bajo, llano, muy pesado, seguido de un chasquido metálico seco. Una por una fueron formando un círculo a mí alrededor: hermosas figuras relucientes por el acero, industriales, de ritmo militar. Tomaron mi cabeza firmemente, de un tirón la arrancaron, y elevándola, como en un ritual ceremonioso, cantando versos indescifrables, la alzaron hasta el árbol donde yacía el cadáver.
 Frente a él no pude más que verme a mí mismo. Un resto de carne sin ojos que perfumaba el ambiente con esencias putrefactas. Mis sienes liberaron las espinas, de a montones las soplaba el viento como nubes negras.
 Del bolsillo cayó una hoja gastada diciendo:

Mujer, soy un destructor.


[Sobre el autor]

Nací en Pergamino (Prov. de Buenos Aires) en 1990. A los 18 me fui a vivir a Rosario para estudiar Psicología, carrera que por el momento dejé de cursar pero quizá retome. En esta ciudad armamos una banda de rock: "Caramba" donde escribo letras de canciones y poesía que recitamos en los shows. Tengo la idea de publicar pronto, en papel, algunos manuscritos (cuentos y poesías). Por lo pronto sigo trabajando en mi formación, que es plenamente autodidacta.

[Contacto]
https://www.facebook.com/nico.loreto

Narrativa: Ubick: ¿Aún existen mis pies?

por  Franco Dall Oste

  Aclaración: este es un intento por homenajear al genio Philip Dick. "Lo que vale es la intención", dicen...


¿Qué estás pensando?
Hoy es un día igual que cualquier otro. Hoy es un día…
Space Holiday Art Print
Siento las piernas dormidas, o eso creo. Ya no puedo moverme, desde hace unos años, ya todo mi mundo está inmerso en cables, y máquinas y ya no recuerdo mucho más. Mi vida ahora fluye a través de un mundo inmenso, etéreo, virtual. La tecnología al servicio del hombre, del ser que existe, y que se reinventa en cada persona que lo percibe, que es uno y es miles. Pero yo soy más que eso, soy millones, soy cada palabra que se escribe mediante mis ondas cerebrales en mis redes sociales. Soy ese que comenta una foto, que pone un “me gusta”; ese que no es otro que lo que allí se encuentra. Y no es por ponerle un tinte apocalíptico típico de las predicciones tecnológicas. No, no es eso. Y soy todo lo que veo en mi pantalla, en mi computadora, y no por un aislamiento personal, sino, todo lo contrario, por una nueva apertura que mi mente utiliza en el cotidiano, día a día, para poder seguir siendo ese ser que existe, que es algo en cuanto alguien más lo perciba ser.
Antes todo era distinto, antes todo es difuso. Ya no puedo distinguir realmente entre mi pasado y mi presente, entre los millones de códigos y caracteres que se reproducen en mi vida diaria, que forman mi hogar, mi cotidiana lógica del día a día, mi refugio. No tengo muchas alternativas, a decir verdad. Es esto o nada, o la soledad infinita, el aislamiento interno que nos arroja a la ceguera y la incomprensión. El existir sin existencia, sin percepción de un exterior, sin ser percibidos por un exterior. Sí, hago hincapié en este punto, en la realización del individuo a partir de su relación con los demás, de esa imagen que nos representa por fuera de nuestro consciente; somos ese ser que se construye ahí lejos de nosotros, indefinido, como una imagen borrosa, incomprensible.
Pero la cuestión pasa por el pasado, el pasado y el futuro, o al menos eso creo. ¿Realmente siento dormidos los pies? ¿Aún existen mis pies? Por momentos siento que estos antifaces cibernéticos presionan mis ojos, irritándolos, o quizás sea que también mi rostro está dormido. Por el momento solo sé que existo en el universo virtual, en las palabras que se escriben en la pantalla.
Sin embargo, a veces creo recordar mi pasado: imágenes borrosas, desdibujadas, se desfilan por mi mente, confundiéndose con las líneas y los colores de alguna página de internet. Recuerdo un poco a Guille, aun. No puedo decir si era mi hermano mayor, o un amigo de la vida. Solo recuerdo verlo llegar, por aquella puerta corrediza vieja y oxidada. Diez años habían pasado. Diez años en Marte. “Me voy, no sé cuándo vuelvo”, era lo único que había dicho antes de partir en ese expreso interplanetario.
Recuerdo también cuando volvió, diez años más tarde. Entró en mi cabina con un bolso colgando del hombro, y se sentó simplemente en el sillón, como solía hacerlo antes, sin mostrar ningún tipo de cambio, como si nunca se hubiese ido. Prendió un cigarrillo y se limitó a mirarlo, inspeccionándolo. Yo estaba sentado en una silla, mirando algunas cosas de las nuevas especies biológicas introducidas en la atmósfera de Saturno con la esperanza de repetir la experiencia colonial de Marte. “¿Cómo estuvo eso?”, le pregunté, arrimándome a la mesa ratona y recogiendo un poco de tabaco marciano. “Bien, que se yo”, me contestó. Entonces observé que tampoco había envejecido. “Lo más choto es el viaje, a la vuelta vine sentado al lado de una stripper, era re buena onda. Me tiro unos palos, pero no agarre viaje. Los asientos son muy incómodos, pero te sirven whisky a cada rato”, me dijo, aun mirando el cigarrillo. “Traje algo”, comentó luego y comenzó a revisar su bolso en busca de una pequeña bolsita que arrojó sobre la mesa. “Es Ubick”, me dijo abriendo bien los ojos. Yo me acerqué y comencé a inspeccionarlo, tenía una consistencia pastosa, y un color verdoso extraño, como si estuviese podrido. “Creo que leí algo sobre esto”, le comenté, “es un alucinógeno, dicen que está muy bueno, pero que sale caro”.
Recuerdo, o creo que recuerdo, que Guille tenía una manía por conseguir este tipo de sustancias. Quizás por eso ese viaje, o quizás solo quería respirar el oxidado aire marciano una vez más antes de regresar definitivamente a la Tierra (en cierta ocasión había sugerido que había sido engendrado en aquel planeta oxidado). En todo caso no tardamos mucho en probar el Ubick. El efecto en principio era placentero, como una relajación cálida, reconfortante. Luego las sustancias alucinógenas se combinaban dentro del organismo con la meta-efedrina (producida en masa gracias a los organismos biológicos que se desarrollaron en la atmósfera marciana).

Sí, ahora recuerdo bien ese efecto (o creo recordarlo). “El Ubick fue prohibido por el estado para hacer guita”, decía Guille siempre enojado. “Pensá en las farmacéuticas, son las principales ganadoras con todo esto, producen esas medicinas berretas para los tratamientos por un lado, y por el otro tienen laboratorios clandestinos para producir la droga. Es como pasaba con el cáncer ¿te acordás?”.  
Busco en internet: Ubick: 35.000.000 de resultados posibles. Entro a uno de los primeros links, una noticia de hace seis años. “La Guerracontra el Narcotráfico Marciano llega a su fin”, proclama el titular. Sí, creo poder recordar algo de eso. “Finalmente, las autoridades han apresado al último traficante de la droga “meta-efedrina pineal”, conocida comúnmente bajo el nombre de Ubick. Según fuentes oficiales, el criminal se habría enfrentado con fuerzas interestelares en el sector 39, y fue muerto luego de una valiente intervención del agente Rick Deckard.”
Ese nombre, hay algo con ese nombre. Abro el chat y charlo un poco con Kevin, un amigo, o creo que lo era, de aquella época. “No, no lo conozco, debe haber sido caza recompensas, usualmente casan a los androides que escapan de Marte”, me comentan. “Los hacen pasar por agentes para no tener que explicar por qué el gobierno paga a mercenarios en vez de solventar las fuerzas policiales”.
Siguiente búsqueda: Dick Deckard: resultados 1. La misma nota que estaba leyendo.  
El Ubick era una droga nociva, pero su efecto generaba una apertura mental sin precedentes. Los tibetanos habían comenzado a emplearla, ya que decían que facilitaba la ampliación de las percepciones y la asunción al mundo espiritual pleno. Otros decían que era solo basura, que combinaba los efectos del LCD, el MDMA y la cocaína. “No era nada de eso”, dice Kevin, “lo que hacen es combinar el líquido de las glándulas pineales de ciertos organismos marcianos con la “meta-efedrina”, que se sintetiza a partir de ciertos tipos de polen”.
Pero, ¿Quién era Dick Deckard? Algo dentro de mí siente una familiaridad con él, aunque también es posible que me esté engañando.
Entonces me esfuerzo en recordar un poco más de Guille, de aquella noche tomando Ubick en mi compartimiento, en alguna ciudad, probablemente La Plata. El mundo tan perceptible, y mis piernas ahí no están dormidas, y la droga poco a poco abre mi mente, y veo todo de una forma más real, más nítida. Escucho golpes, golpes en las ventanas y en las puertas, golpes que suenan a metal, a violencia, y Guille que guarda rápido la bolsa, y saca un revolver, y primero apaga el pucho en un plato. Se acerca a la puerta, y la abre, y alguien lo empuja desde afuera, pero se recupera y llega a trabar la puerta, entonces se escuchan disparos, y él me agarra y me empuja hacia la ventana, y saltamos, y caemos pesadamente sobre un container, y corremos calle abajo, hasta encontrar una vieja nave roja, y nos subimos y despegamos mientras sentimos los disparos desde abajo, y él que se no parece inmutarse, como si supiese algo. “¿Qué carajo pasó ahí?”, le pregunto. Aunque mis percepciones son muy confusas, producto de la droga. “Nada, son cazadores. No hay mucho más que decir”, me dice. Y observo su brazo, y está rasguñado, pero debajo parece haber algo más. “¡Sos un androide!”, le digo gritando. “No seas boludo, estas re drogado”, me dice mientras abajo veo los grandes edificios flotantes alejarse a toda velocidad. “¿A dónde vamos?”, le pregunto. “A Capital, tengo que encontrar a Juan”, me dice.
¡Juan!, él debe saber que pasó. Los busco por chat. “No sé de qué me estás hablando. Ese día yo no estaba en Capital. Los cazadores habían intentado atraparme, así que me escondí en un pueblo del sur”. Entonces, ¿Qué fue lo que nos pasó?
Rick Deckart. Ahí tiene que estar la clave. Si tan solo pudiese levantarme de esta maldita cama, si es que estoy en una cama. Ya no podría asegurarlo. Busco un poco más en internet.
Busqueda: “Ubick + Guillermo” Resultados: 2.400.000. La mayoría son combinaciones al azar. Pruebo con una “La red de narcotráfico marciano impera en el conurbano”. Leo la nota. “Algunas fuentes hablan de ciertas conexiones con trabajadores marcianos, otros hablan de una revolución del espíritu a través del Ubick. Su líder parece ser un hombre de identidad desconocida a quien llaman Guillermo”.
¿Qué es lo que realmente pasó? Poco a poco los resultados de la búsqueda pasan por mi mente, uno por uno los nombres se acumulan, y el recuerdo borroso de aquel hombre a quien yo llamaba Guille se va deformando, va y viene, en aquella nave, buscando a Juan, supuestamente. Todo parece irreal, aunque ya no hay mucho de peculiar en este sentido. Nada es lo que yo creo que es, o sí. Solo puedo construir mis recuerdos a partir de mi realidad, y esa realidad es virtual.
Recuerdo aquel día de forma fragmentada, como un rompecabezas, recuerdo el nombre de Rick Deckard pero solo como algo efímero, lejanamente familiar. Quizás si pudiese moverme, sentir mis piernas nuevamente, entendería donde estoy, o que fue lo que pasó.
Intento avisarle a Kevin, pero ya no contesta, y la imagen se vuelve oscura, borrosa, lejana. Intento entonces moverme, pero mis músculos no contestan. Comienzo intentando zarandearme, me concentro en mis extremidades. La conexión a internet parece haberse cortado, así que solo veo oscuridad. El dispositivo que me unía a la web se encuentra montado en mi rostro, eso lo recuerdo. Me muevo un poco, siento mis dedos moverse, poco a poco, e intento arrastrarme hacia un lado. Mis hombros parecen responder, así que voy para un lado y para el otro, como intentando caer por un costado (sí es que existe ese costado). Entonces siento una fuerza en las piernas, siento también desesperación, nervios, aceleración, adrenalina, y poco a poco mis pies se mueven y también se zarandean, estoy cada vez más cerca de la libertad, pero no puedo lograr ver nada, y mi cuerpo se mueve cada vez con más violencia, para un lado, y para el otro, hasta que ya siento la fuerza, siento cada una de mis partes, aunque se mantienen rígidas, pueden hacer el esfuerzo necesario para tirarme, para sacarme de ahí. Siento el borde de aquella cama o camilla, o donde sea que haya estado posando, y pronto mis oídos me hacen sentir la adrenalina del desequilibrio. Caigo pesadamente sobre un piso frío y sólido. Temblando me saco el artefacto de los ojos. Agarro el elástico que lo une a mi rostro y lo tiro hacia un costado. La luz lastima mis pupilas. Intento taparla con mis brazos, hasta que poco a poco mis ojos se acostumbran. Me levanto tambaleante. Es hora de la verdad, de recuperar mi identidad, de entender que fue lo que pasó con Guille, con el Ubick, con mi vida. Veo a mi costado un libro, pequeño y azulado. “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, reza sobre su lomo.

De repente me doy cuenta que no estoy solo. Alguien me toma del brazo. 

No se irán sin mi

por Lianne Kross

Little boy Art Print
by Mimology
Había llegado la hora. Más de un centenar de pasos me seguían por aquellas escalinatas que tantas veces había descendido. Me sujeté bien a la gruesa barandilla, pues mis piernas flaqueaban de nervios y debilidad. Ahora no podía desfallecer.
Estaba asustado, como todos los demás, sin embargo, debía mirar al frente, mantenerme estoico y aceptar mi destino. Tragar el miedo y empujarlo con fuerza hacia lo más profundo del estómago, para no dejarlo salir jamás. Eso era lo que debía hacer. Eso era lo que debíamos hacer. Cada paso que dábamos suponía una lección de valentía para nuestros enemigos, y cada lágrima contenida, una victoria triunfal para nuestro honor. Nuestra actitud era motivo de orgullo para nosotros, como individuos y como grupo.
Y ahí estaba la puerta. No recordaba haberla visto mostrarse tan soberbia jamás, nunca como aquella mañana. Dos de las enfermeras comenzaron a llorar en silencio al ver que ya no había marcha atrás, pero continuaron caminando. El deseo de alargar lo suficiente aquel momento, hacía que sus pies ya no se levantaran apenas del suelo, y se oía el chirriar de los zapatos en las resbaladizas baldosas al ritmo de la congoja que se estaba apoderando de ambas.
Uno de aquellos hombres intentaba abrir la puerta, con sumo esfuerzo debo recalcar. Otro se vio obligado a guardarse aquel artilugio cilíndrico, que no cesaba de mecer de un lado a otro, para ayudar a su compañero. La madera era maciza y siempre había hecho falta dos personas si deseábamos abrirla de par en par. Adoraba aquel crujido característico que emitía al forzarla, pero aquel día dicho crujido resonó en mi cabeza como si fueran las mismísimas puertas del averno.
La espléndida luz del exterior me deslumbró, y tuve que cubrirme los ojos con mi mano. Fácilmente, al tenerlos claros, la luz solar me provocaba un tenue dolor en los mismos, como un leve pinchazo, pero tan sólo se trataba de los primeros segundos a la exposición.
Un cierto olor a gasolina provenía de las ruidosas calles del ghetto de Varsovia. Los gritos de aquellos hombres estaban por todas partes.
Los casi doscientos niños que venían tras de mí, se agolparon formando una gran bola de pavor y desolación, pero ni uno de ellos soltó una sola lágrima. Aún así, no nos atrevíamos a dar el paso necesario para abandonar el orfanato, pues en cuanto pusiéramos un pie en la fría y resquebrajada acera, no volveríamos a sentir el cálido abrazo de aquellas paredes.
Cierta ira recorrió mis venas y ardió dentro de mi ser, como si de lava se tratase, al recordar que ya me habían obligado a trasladar mi orfanato para así limitarlo dentro del ghetto que habían creado los alemanes cuando tomaron Varsovia. Y ahora me veía obligado a abandonarlo de nuevo. Claro que aquel día, mi marcha no conllevaría únicamente dejar atrás un edificio, no. Mi marcha supondría dejar atrás mucho más. Pero sabía que los pasos que había dado para intentar proporcionar un bienestar y una seguridad a aquellos niños, no había sido en vano. Me debía a ellos. Eran mi vida, mi mundo. Sus sonrisas eran el motivo por el cual me levantaba por las mañanas y su afecto la recompensa que me llevaba cada noche al acostarme. Pese a que estaba tan asustado como ellos, no podía demostrarlo ni un minuto.
Allí, de pie en el umbral del gran pórtico por el que asomaba la ciudad de Varsovia, aún albergaba una pequeña esperanza, un acto de inusitada benevolencia por parte de aquellos hombres tan serios que vestían disfraces de honor y patriotismo. Nada.
Calor. Sentí aquel placentero calor de verano al salir finalmente del que había sido los últimos años nuestro hogar. Sentí bailar los rayos de sol sobre mi piel, intentando mitigar mi sufrimiento, mi dolor, una pérdida aún no acaecida aunque de sobras anunciada. Incluso el aire era cálido y reconfortante, pero la visión del ghetto era desoladora.
Avanzábamos en grupos de cuatro. Nuestras zancadas eran cortas pero firmes, y nuestra mente era consciente de hacia dónde nos dirigíamos. Nuestro amargo y desesperanzador destino ya estaba escrito.
De la mano llevaba a uno de mis niños, que iba imitando mis pasos hasta que logró que los suyos siguieran mi mismo ritmo. Le iba dando pequeños apretones, pues su mano se aferraba fuertemente a la mía, demandando consuelo. “No hay consuelo, hijo”, pensé. Y continuamos con nuestra macabra procesión.
El sol de aquel día desenterró sensaciones y pensamientos olvidados de mi infancia. Recordé que yo también fui niño, y que a pesar de que distaba bastante del término “joven o muchacho”, pude volver a sentirme como me sentía a la tierna edad de los seis años. Evoqué el gusto que tenía la comida en mi boca, tan nítido, tan placentero; recordé el placer de sentir el agua sobre mi piel, y que el helor de la misma no era para nada insoportable como lo es ya en la adultez. Sin embargo, yo era el mismo que ahora, con la misma inteligencia y raciocinio, pero con algo menos de experiencia con la vida, y sobre todo con las personas.
Entonces, una inmensa penuria penetró en mi corazón y nubló mi mente. Mis ojos se empañaron de lágrimas sin derramar e hicieron que mi visión enturbiase mis pasos, pues todas y cada una de las maravillosas personas que me acompañaban sabían a lo que se iban a enfrentar. Incluso los más pequeños eran conscientes de todo, y aún así, ninguno de ellos sucumbió a la tristeza, demostrando que la valentía y el honor no están reñidos con la edad, y que la inteligencia, tampoco.
Apreté la mano del chico, y giré levemente la cabeza para observar a los casi doscientos niños que venían tras de mí, junto con la docena de adultos que nos acompañaban. Todos mis alumnos, vestidos con sus mejores galas, se aferraron a su juguete favorito; podía ver muñecas, libros y peonzas por doquier, pero ni una sola lágrima.
Mi gran amiga también nos seguía en aquel difícil camino… A pesar de que la distancia y el tiempo nos había separado en diversas ocasiones, aún permanecía a mi lado, luchando por mis ideales, luchando por nuestros ideales. Ella tampoco quiso dejarnos en aquel momento, de modo que aceptó gratamente su sentencia junto a nosotros.
Decenas de ucranianos y alemanes se agolpaban a nuestro alrededor, contemplándonos. Una pedrada alcanzó a una de las enfermeras, pero ésta, tras comprobar que el mal no había sido gran cosa, reanudó su marcha. La policía judía también estaba merodeando alrededor de nosotros, golpeándonos y disparándonos, como si fuésemos criminales. Ni una queja, ni tan siquiera una súplica emergía de los labios de mis niños, que tanto en habían sufrido en sus cortas vidas.
Un oficial alemán de la SS me reconoció.
-¡Usted! –Exclamó agarrándome del brazo-. ¡Usted es el escritor del libro favorito de mi hijo! –añadió-. Puede ser libre, hombre… Goza de renombre y es un médico muy solicitado. ¡Usted no tiene porqué ir a Treblinka con esos miserables huérfanos!
Apreté con más amor que nunca la mano de uno de mis niños, dirigí una mirada de respeto al oficial y continué caminando dirección a la estación de tren.
-¿Cantamos? –les pregunté acto seguido a mis alumnos bajo la perpleja mirada del oficial.
Llegamos a la estación entonando una preciosa canción, cuya melodía aún resuena en mi recuerdo.
-¿Sabes qué? –Me preguntó uno de los chicos cuando nos dirigimos a Treblinka, subidos ya en aquel tren con hedor a putrefacción y muerte-. Contigo, pase lo que pase, sé que estaremos bien –me dijo.
Supe a lo que se refería. Yo no pretendía abandonarlos nunca. De hecho, aún no lo he hecho.

[Sobre la autora]

Lianne Kross nació en Barcelona (España) el 24 de diciembre de 1987. Su prosa, cargada de atmósferas oscuras, místicas, y con elementos sobrenaturales, ha pasado por diferentes géneros, desde el histórico hasta el suspenso y terror.

[Libros publicados]

-Ocultos en la Sombra (Hidden in the Shadow)
-In Memoriam (In Memoriam)
-Ragnarök: La Rebelión de los Malditos (Ragnarök: Rise of the Damned): Translating in to english.
-Errantes (Wanderers)
-Incubus in Nocte (Incubus in Nocte)

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