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Rasgar las vestiduras: el despojo de lo superfluo en Virgen aunque violada, de Gavril Alon

por  Florencia  De Felippe


En ocasiones solo hay que dejar
que la luz haga su trabajo.
Gavril Alón

            Los poemas de Virgen aunque violada son violentos. Sin embargo, poseen una violencia dulce, que despierta pero no agrede, sacude pero no sofoca; libera. Este oxímoron está en las imágenes poéticas que, como espejos, develan al lector palabras que jamás quieren ser escuchadas. Sin embargo, cuando lo son, sucede de modo tan apacible que resultan amables. Como el placer, que también es goce, dolor y muerte.
            Su poesía se entrelaza con ilustraciones que son parte de la palabra: no 'grafican', de modo explícito y lineal, a los textos desparramados haciendo juego con el espacio, sino que pueden leerse porque también son poesía, conforman una misma secuencia.
            La ruptura está presente en cada uno de los poemas, y los acontecimientos se traman a partir de lo sensorial; en cada imagen poética se abandonan superficialidades para llegar, finalmente, al núcleo de la cuestión, al “Carozo”: “Mi cuello tiene una/ boca a la altura de donde yo tendría / una nuez de Adán, / chiquitita, adecuada al tamaño de / carozo que tiene ese orificio oral, / que se mueve hacia arriba y hacia abajo / mientras canta con gritos Criminal / de Fiona Apple. Para ser sincera, ha /  musicalizado mi tarde.”
            Las formas, entonces, no son importantes, porque ellas pueden ser destruidas, modificadas, armadas al placer de lo que se quiere decir, por eso: “un buen dj no es el que me puede hacer/ llorar./ Un buen dj es el que me dice qué quiero/escuchar.”
             El libro de poemas de Gavril Alón establece un quiebre entre lo impuesto y lo genuino, entre las expectativas ajenas y lo verdadero, lo que permanece bajo la 'cáscara' y una vez desenmascarado,  revela una sabiduría latente, oculta e intacta:

Si hubiera sabido que para esto
estaba siendo educada
o que con este módico fin
se me alimentaba,
si hubiera sido consciente
de a dónde apuntaban
sus instrucciones y enseñanzas,
si era para esto
que se nutría mi imaginación
y se me cuidaba 
me hubiera resistido a comer y a
escucharlos
me hubiera enseñado a hablar sola
en una lengua autodidacta
me hubiera prostituido pequeña
infértil, anoréxica y evolucionada
porque no voy a existir por comida
ni a llamar amor
a la droga más utilizada.

            En torno al enunciado que titula la obra se abre el juego que Virgen aunque violada propone en cada nueva poesía. La superación de esta dicotomía se encuentra en las 'definiciones' que se van entretejiendo en los versos: “el término maleducado / trasciende a la mala educación / sé dónde reinan los menores / y desde dónde iluminan los mayores.”
            Desde los verbos se acciona una forma de despertar, la cual aparece en la práctica, en  los quehaceres diarios, en el 'nombre real' que se le da a las cosas: “no había más bowie más yo ni más camas.” Nombrar, entonces, es transgredir y a partir de ese acto, lo superfluo logra romperse; no sin dolor, pero ¿cuándo el abandono de viejas estructuras resulta una experiencia poco dolorosa?

            A partir de este material, Alón nos muestra un mundo roto y distorsionado, que no es más que la propia realidad despojada de sus artificios.

[Más info]

Un diamante, una pared y un lapso momentáneo de la razón

La novela de Michele Mari, Rojo Floyd, escapa a cualquier estructura vinculada con lo biográfico, así también se corre de la convención de la novela clásica y enfrenta al lector  a un relato armado por innumerables voces.

por Pablo Gabriel Méndez


La primera impresión siempre es visual. Es así cuando el incipiente comprador, si no es un melómano obsesivo o un fan incondicional de la banda, dejará inadvertida la portada del libro en la selva literaria de una librería. Rojo Floyd no funciona para el cazador de datos, tampoco para el efímero lector en busca de información antes vedada, y menos para el impúdico que deglute minucias apegadas a la intimidad. Pink floyd, una de las bandas más grandes de la historia del rock vista/leída desde el prisma de la experimentación. 
Es así como el autor, Michele Mari, catedrático italiano y tardío descubridor de la banda, anticipa en la primera página el siguiente subtítulo: novela en 30 confesiones, 53 testimonios, 27 lamentaciones (de las cuales 11 son ultramundanas), 6 interrogaciones, 3 exhortaciones, 15 informes, una revelación y una contemplación. Una advertencia que implica un lectura fuera del orden; es decir una historia creada bajo la fórmula de las voces múltiples: lo coral cómo una conexión posible con la creación de la línea argumental. 
Si bien los personajes que interfieren son auténticos benefactores de una ficción que huele a contemplación de documentación desclasificada, la real fantasía ocurre cuando entran en juego personajes de exclusiva inventiva del autor: satélites dramáticos que interfieren residualmente en la crónica ficticia. Martí propone una historia centrada en la figura de Syd Barret, con su misterioso siamés, espejo retrovisor de su decadencia y sobre todo con los dos puntales del Floyd post psicodelia: Roger Waters, el obseso, el letrista conceptual, el maniático creador, el hijo que sigo llorando a su padre, y David Gilmour, el guitarrista virtuoso, el alter ego (de Barret y de Waters), el hombre con la mirada de gato. También aparecen en escena: Stanley Kubrick, David Bowie, Alan Parson, Jhonny Rotten, que ante un interlocutor -ese interrogador omnipresente y voraz-, hace que los protagonistas del discurso sirvan de la mano del autor (casi ajeno al libro) un anecdotario que indirectamente hará correr la historia hacia un final transitivo, casi como un ocaso costumbrista sin mayores estridencias que interrumpa la vejez de los Floyds.
Por momentos el desarrollo de los eventos narrados se intensifica, en otras recorre los páramos de lo intrascendente para hacer un juego dilatorio: por eso es una novela y su imperfección realza esa condición. La estructura es casi como un pasaje onírico de LSD; como ante se dijo, la novela sustrae los testimonios que circulan alrededor de Syd Barret para hacerlo converger en la instancia decisiva de los sucesos, y allí es donde el lector puede derrapar en la intención de su lectura, ¿cuándo dejamos de leer la ficción para acometer en la más pura instancia biográfica? 
De esta manera, y bajo los rótulos marcados de los cánones comerciales de la literatura, el avance de La Bestia Equilátera al editar esta rara novela sobre una banda de rock, interroga sobre si la grandeza literaria es aquella escurridiza que se instala en los panteones del Nobel o es la que está al alcance de la mano en una librería, con una portada apenas llamativa, con un argumento demasiado acotado a un público afecto a los acontecimientos inamovibles de la historia. 

Smells like teen spirit



Acerca de Marcadores nuevos, de Luciano Luterau (Editorial: Letra Viva)

 
Por Florencia Defelippe

Tomando como punto de partida la imagen de dos adolescentes sobre una cama que se prestan libros, Marcadores Nuevos bien podría ser la historia de cómo se formó una banda de pop. Con referencias en clave humorística que abarcan tanto a Marcel Proust: “Así, por ejemplo, I touch myself, de Divinyls, no nos parecía más que un cover de En busca del tiempo perdido” [p. 23] como a Sarmiento “Somos el Quiroga Tiger [p 97]”, el conjunto de citas y obras que se re- versionan y encuentran una correlación en el presente conforman la materia narrativa del texto de Lutereau: “Una novela de mil páginas se puede condensar en una canción de tres minutos [p. 24]”. Ésta última pareciera ser la intención de la nouvelle, pero lo que se busca condensar aquí no son novela y canción, sino la historia entera de la literatura, del lenguaje, y, en el medio de ambos  – para darle un registro adecuado a la voz que narra – , el rock.

            Sin embargo, tampoco se trata de eso: sino de tomar a todos esos elementos para re- escribirlos lúdicamente, destruyendo cualquier posibilidad de análisis posible.

            Más allá de lo anecdótico (dos adolescentes que leían juntas en la misma cama y se prestaban los libros), en Marcadores nuevos no hay nada que contar, nada que comprender, nada que enunciar. La escritura va, viene, vuelve sobre sí misma y se destruye.

            No busca ni quiere decir nada, y ahí está lo exasperante; es una obra imposible que habla sobre una trama también imposible:

“-No, ya te dije que no hay qué: pero no estoy diciendo nada.

-¿Cómo nada?

-Sí, la nada, pero no como otra cosa, y no como reverso de algo, sino como un algo muy especial.

-No entiendo

-No hay nada que entender

-¿Nada?

-Sí, la nada que hace que haya algo, sea que lo llamemos el Ser, Dios o la música-” [p 52]



            Así, estos dos personajes van descubriendo, en los libros prestados, en las voces – en “la voz”, aquella que siempre está pero por algún azar desconocido nunca llega a encontrarse del todo – y en sus propios recorridos, que las historias se repiten, que las novelas de iniciación bien podrían ser traducidas como canciones de amor fugaces, veloces como la luz y sin embargo, con una intensidad igual de abrumadora. Por este motivo, la traducción (esa “sutil traición”) también cae en un imposible: “Nuestra tarea en el mundo o, mejor dicho, en nuestra vida, juntas, sería intentar capturar, en canciones ciertas formas de sentir que hubiésemos encontrado en nuestras lecturas, a sabiendas de que, en realidad, no estaríamos transformando una novela en una canción. Mucho menos podría tratarse de una traducción temática.” [p 46.]

            Si bien la elección de la narradora por momentos cae en lugares comunes, se obtienen buenos resultados cuando el personaje se “sale” del registro adolescente y cuenta lo que realmente quiere contar, el meollo de lo que busca – en su fuero más interno – la novela Marcadores nuevos (parafraseando al poeta Santiago Pintabona): “Nadie escribió la novela de mi generación/ tal vez porque mi generación/ ya no tiene novelas/ tendrá nouvelles/ o cuentos/ en antologías que me aburren”.

            No es casual que sea ésta la cita que cierra a la tercera y última parte del libro, a lo largo de la cual se exponen una serie de conocimientos que dan lugar a otras citas y acontecimientos que se desprenden de los primeros y así hasta llegar a la siguiente conclusión: esta generación necesita una novela, no la hay, no la habrá, podríamos postularnos y escribir la novela de nuestra generación pero pasará de largo, o no la leerá nadie, porque no, porque es así, porque pensar demasiado en esto es aburrido y en definitiva, como dicta el poema nº 55 de -nuevamente-, Pintabona, todo se trata de un juego: “jugamos con palabras” (La escritura,  Santiago Pintabona, Pánico el pánico, 2011).

            En el medio de todo esto, una historia de amor entre dos adolescentes-hermanas demasiado parecidas que se separan, que comparten la primera y única experiencia real, definitoria, concreta: la llave hacia el mundo (o al Mundo) de todo el cúmulo de experiencias que vendrán después (porque, ¿qué son las experiencias del mundo adulto sino un despojo de las verdaderas, dolorosas y vivas heridas de esa transición inexacta y bizarra entre la niñez y el mundo de los más grandes?)

            Quizá por ello no haya otra forma de narrar que no sea desde la memoria, como la magdalena que siempre remite al mismo recuerdo, como el inicio de algo nuevo que siempre traerá alguna reminiscencia del pasado, como los 'marcadores' o marcas que regresan, pero nunca desde el mismo lugar.

“Coca, keta y marihuana: narrar desde el afuera“

Impreso  en algún lugar de  la costa del Océano pacífico Sur, “Coca, keta y marihuana” actualiza y redescubre el espacio de la marginalidad social y literaria.  

Por Leandro Rossi


“Queremos yerba”  es la frase que da inicio al relato. Los personajes de esta novela parecen ser adolecentes precoces que transitan la ilustre ciudad de Lima, atravesados por sus adicciones. No hay referencias de lugares tampoco unidades de tiempo, las acciones de los de estos jóvenes nos hacen pensar en un desfasaje constante entre tiempo y espacio.  La experimentación con coca, keta y marihuana, oscurece todo tipo de referencia. Las drogas forman parte de la estética narrativa, termina siendo una forma de contar. Las adicciones, en apariencia, son el motor que hacen funcionar al texto.

Drogadictos, homosexuales, incestuosos son algunos de los adjetivos que mejor describen a estos jóvenes.  Gabriel y Gustavo vagan por las calles limeñas fumando, inhalando dispuestos a despertar a mundo de percepciones que los alejen de su realidad cotidiana.  Ese punto, es el que sitúa a la novela en la marginalidad social; personajes que no encuentran inclusión y están desclasados, vagando, robando para conseguir más drogas. A la dupla de Gabriel y Gustavo se les suma Paty, y entre ellos se genera un vínculo amoroso, un nuevo conflicto: Paty y Gustavo son primos.

La novela engendra conceptos como: marginalidad literaria, marginalidad social, literatura marginal. La lectura de la novela nos atrae a esas definiciones con necesidad de debatirlas, encontrando en la actualidad todas esas aristas de una juventud decadente, gracias a un sistema que siempre los deja afuera. Ahí aparece la literatura para condensar esas experiencias y actualizarlas, para que no mueran en el más absoluto anonimato, ese que nace de la naturalización y normalización de las cosas. Es decir, cuando marginalidad se vuelve algo irreparable, definitivo y obvio.

Como un tejedor minucioso,  Guto Petrovich va cosiendo los retazos que mantienen la autonomía de cada apartado o cada capítulo.  Como si fueran mini-cuentos dentro de la novela, que conectan la experiencia de cada personaje al contexto que comparten. Así, cerrando con un final  que podría ser predecible pero fatalmente inevitable, el suicidio surge como el único destino y redención de los que el sistema va dejando afuera.  


[Más sobre el libro y la editorial]


Sexyfiction


por Juan Manuel  Candal

Para decirlo brutalmente, algunos autores son irremplazables. Es decir, la mayoría son somos intercambiables. Casi todas las novelas de mi generación podrían, cada una de por sí, no existir y habría otra ocupando su lugar. Muchas de ellas son muy buenas; simplemente no tienen algo que las haga únicas. Tomemos el caso de Pedro Mairal, para dar un ejemplo. Si Una noche con Sabrina Love no se hubiera escrito, tenemos a muchos otros autores cuyas novelas podrían ocupar ese lugar vacío y en el mundo de la literatura no estaría cambiando nada demasiado relevante. Lo mismo ocurre con el laureado volumen de cuentosLos peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez. Existen muchos otros autores que saben escribir esa suerte de versión local de Stephen King y que podrían perfectamente ocupar el sitio, de estar vacante. Esto no es un ataque a Mairal o Enríquez, simplemente tomo dos ejemplos que han sido premiados de diferentes maneras y gozan de cierta credibilidad. Pero ellos, como yo, como la mayoría de los escritores de mi generación de habla hispana, somos prescindibles. Alguien puede preferir a uno u otro, pero entra el gusto personal. Muy pocos son verdaderamente únicos.

Es el caso de Pablo Dobrinin, que lleva una larga lista de cuentos publicados en varios idiomas y que en el 2011 recopiló su primer libro, Colores Peligrosos (volumen que ahora está por salir en una edición masiva en Uruguay, luego de agotarse en todos lados con la velocidad del Capitán Rayo).
Dobrinin se hizo cierta fama con su ya conocida “invención” de la sexyfiction. El autor la define así:
«Un cuento o relato de sexyfiction tiene las siguientes características:
»Se inscribe dentro de la literatura fantástica, si bien suele tener elementos de la ciencia ficción, del surrealismo, del terror y de la literatura onírica.
»Además del elemento fantástico, es indispensable la presencia del sexo.
»El tratamiento que se le da al sexo no es el mismo que se puede apreciar en la literatura erótica, sino que tiene características distintivas. En este tipo de cuentos el sexo nunca es un fin en sí mismo, sino que está al servicio de un argumento: parte del principio de que la existencia está en otra parte, y a partir de ahí, la muertela locurael arte, y el sexo son interpretados como vías de conocimiento.
Si bien todos estos elementos pueden encontrarse y utilizarse para identificar a la obra de este autor tan peculiar que es un “raro” en una época donde los raros de antes no han dejado más que hijos bobos y oportunistas, quizás la trascendencia de Dobrinin no pase tanto por esta definición de corte enciclopédico y tenga más que ver con dos elementos indisolubles en su trabajo: la prosa de un lirismo poco corriente y cuidado al extremo, y una imaginación desbordada y desbordante.
Basta citar algunos ejemplos que me gusta mencionar cuando se habla de él.

«Eran hermosas imágenes, a lápiz, de edificios de Montevideo, aunque no acertaba la ubicación exacta. (…) Ahora que lo escuchaba hablar con más detenimiento me daba cuenta de que tenía una voz seductora, como la de un viejo actor. Las construcciones eran de principios del siglo XX. De tres pisos. Un destacado gusto en los adornos de la fachada, largas ventanas con celosías de madera y elaborados balcones de hierro. Tal vez lo más llamativo eran las estilizadas cúpulas, recubiertas de escamas, que finalizaban en agujas francesas. Pero si los edificios eran en sí mismos maravillosos, no menos impactante era el trabajo del artista. Probablemente los había visto desde la calle, sentado en el cordón de la vereda, y la perspectiva le otorgaba un atractivo sobrecogedor. Unas nieblas fantasmagóricas dibujadas con un trazo casual terminaban de darle cierto toque fantástico.»
(de “El regreso de los pájaros”, parte del libro Colores Peligrosos).


«La habitación de la abuela tenía paredes blancuzcas, lamidas por la humedad y un piso de madera apolillado. Una cama de fierro, de dos plazas, tendida con una colcha vieja. Una mesita de luz, una lámpara con pantalla de tela color rosa, artísticamente cagada por las moscas. La insufrible escupidera asomando bajo la cama. Un ropero de madera buena, con olor a ropa de difuntos. Vestidos y visos deteriorados: antiguallas que ni siquiera eran concebibles en su vetusta propietaria. Tan sólo alguna solera insulsa y pobre lograba zafar del anacronismo que había herido de muerte a las prendas. También vi unos vestidos increíblemente estrechos, chillones y extrovertidos, que me hicieron imaginar a mi abuela jovencísima, dibujando filigranas en una pista de baile. Y después estaban las ropas del abuelo, enormes y oscuras, como conviene a la dignidad de los muertos. Había una foto pegada en la cara interna de la puerta del ropero, pero no era de él, sino de Sandro, el cantante, que me miraba con ojos gitanos y lujuriosos.»
(de “Luces del Sur”, parte del libro Colores Peligrosos).


El juego con el lenguaje es sutil y empuja a paladear fraseos como «paredes blancuzcas, lamidas por la humedad» en pleno relato semierótico que narra el encuentro de un hombre y su abuela, también la seguidilla con «Un ropero de madera buena, con olor a ropa de difuntos» nos remite enseguida a la áspera naturaleza de la relación. Rematar con «Y después estaban las ropas del abuelo, enormes y oscuras, como conviene a la dignidad de los muertos» es un detalle de preciso virtuosismo de estilo.

La palabra, en manos de Dobrinin, es arte plástico. Parece el lienzo por el que han reñido pinceles y espátulas en pos de encontrar la imagen perfecta, o lo que es mejor, la imagen imperfecta pero irremplazable. No es casual que la pintura aparezca referida en su obra varias veces. En el bizarro cuento “Colores peligrosos” hay una «Ametralladora Picasso» que dispara un tipo de rayo que tiene más de cubismo que de ciencia ficción. No es casual que ese mismo cuento comience con esta cita: «Toda estética es política». Y es que es fácil confundir a este autor volado con una suerte de hijo de poetas surrealistas, rodeado de un grupo circense que toca música de carnaval rompiendo tonalidades. Pero Pablo Dobrinin es también un intelectual que sabe que todo texto también es leído como un discurso, más allá de las intenciones propias del autor. De ninguna otra manera podría desmarcarse de los discursos de manual tan abundantes al día de hoy sobre la escritura en redes sociales y los retornos a las formas más conservadoras cuando se le pregunta por la literatura del siglo XXI: «Hay una tendencia hacia la disolución o fusión de los géneros, hacia la disolución de la estructura, pero también sobreviven los formatos clásicos. Todo permanece y de alguna forma se puede aprovechar, reciclar, etc. Hay una suma, no un descarte, y eso es lo que para mi gusto define estos tiempos. Desde esa perspectiva estamos viviendo una época excelente». Esa es una postura clara y radical, que elude los lugares comunes y que suma una conciencia del estado de las cosas.

En un reportaje que la revista digital Axxon le hizo para un número-homenaje (#230), explicó su posición respecto a la crítica:

«Los críticos que hacen reseñas rara vez se toman mucho tiempo para analizar un libro. Una semana, diez días, a veces menos. Eso es el tiempo mínimo que uno debería tomarse para analizar, desmenuzar, interpretar adecuadamente un solo cuento, no un libro. Con esto no quiero decir que los críticos actúen de mala fe, ya que estos plazos pueden ser parte de la dinámica de la publicación, pero lo concreto es que no se toman el tiempo suficiente. Segundo: el espacio del que disponen para la crítica no siempre es muy grande. Esto condiciona, una cosa es hacer una reseña de un cuarto de página o de dos páginas o más, o un ensayo de varias páginas. Ahora Internet nos da la posibilidad de extender las críticas, pero rara vez se aprovecha esta opción. Aun con poco espacio, si el crítico ha estudiado adecuadamente la obra, debería ser capaz de ir a lo esencial. A veces se queda en lo anecdótico y ni siquiera llega al tema. Tercero: No todos están capacitados, muy pocos tiene estudios de literatura o el necesario bagaje cultural. Falta estudio, conocimientos. Hay muchos que jamás en su vida vieron un diccionario de términos literarios, que son absolutamente incapaces de hacer un análisis de estilo. Lo máximo que pueden decir es: lenguaje florido, lenguaje poético, etc., y a veces ni siquiera esto. Y tampoco alcanza con saber si estamos frente a una comparación, metonimia, polisíndeton, anáfora. Es necesario saber por qué se está utilizando ese recurso en ese momento, qué es lo que nos está diciendo, a veces más allá de lo inmediato. Las comparaciones o las metáforas, si el autor las utiliza adecuadamente, van a decirnos algo que está más allá de lo meramente visual. Falta análisis de personajes, de estructura, de estilo, de los distintos niveles de lectura, etc. Cuarto: La actitud. La mayoría de los críticos que hacen reseñas parece creer que el escritor es un alumno que está dando un examen, y que ellos son los profesores que los van a evaluar o calificar. Pésima actitud. La labor de la crítica no es evaluar sino explicar. Para realizar una buena crítica es necesario que el crítico se acerque a la obra con humildad para descubrir cómo funciona. No solo no se hace esto, no se explica, no se analiza, sino que además se pasa por encima de la obra, y algunos —no me ha pasado, pero lo he visto muchas veces— se dan el lujo de opinar cómo debería hacerse esto o aquello. Falta humildad. Quinto: El crítico está acostumbrado a hacer devoluciones, pero se irrita si le critican su crítica, lo considera inadmisible (otro rasgo de soberbia). Habría que hacer un blog donde se analizara el trabajo de los críticos, se les explicara punto por punto en qué se equivocaron, y se les recomendara bibliografía. Lamentable el poco tiempo libre de que dispongo me impediría participar de una empresa así, pero sería algo muy útil para que la crítica crezca, se ponga a la altura de las circunstancias, y sobre todo sirva para lo que toda plataforma crítica debe servir: para poner en conocimiento de los lectores los procesos artístico-culturales que se están gestando en las diferentes regiones o países. De esa forma se contribuye también a la historia de la literatura.»

Alguien que maneja conceptos tan claros está lejos de ser un mero escritor alucinado. Pablo Dobrinin tiene una mirada muy lúcida sobre la literatura y el arte en general. ¿Y al final, no es esa mirada, plasmada a través del arte de su pluma, lo que hace único a un escritor? Quizás la razón de que Dobrinin sea un escritor irremplazable no es tanto que nadie podría hilar ficciones similares a las suyas y menos con su estilo, sino que la mirada atenta detrás se convierte en una herramienta viva, en un radar capaz de captar las más finas sutilezas y transformarlas en grandes murales homéricos con tan sólo el poder propio de quien sabe escoger y combinar las palabras como sólo un gran pintor podría.

[Sobre este articulo]

"Sexyfiction" pertenece a Rosas para Stalin, un e-book de descarga gratuita con 32 ensayos y artículos, escritos por Juan Manuel Candal entre los años 2006 y 2012 para diferentes medios: los blogs El fantasma de la libertad y Mil palabras no pueden equivocarse, el portal cultural Leedor.com, el periódico uruguayo La diaria y la revista literaria Otro Cielo, además de un texto inédito. 
Se descarga de forma gratuita en PDF, EPUB y MOBI.


La virgen cabeza, el icono de la Villa


Por Leandro Rossi

Alguien me contó que esta novela está incluida entre las lecturas de un curso sobre literatura peronista. Si se encuadra dentro de una producción literaria sobre el peronismo o no, de eso no estoy seguro. Tal vez, pueda ser el resultado del gobierno de un líder carismático, o hasta la decadencia de una forma de gobierno. Pero, sin lugar a dudas, la novela es de una atracción intensa. Cleopatra, una travesti que puede comunicarse con la virgen, predica en El Poso; una villa asentada en Buenos Aires. Quity, periodista de una formación académica fuerte, demuestra sus conocimientos literarios en una experiencia atractiva dentro de la villa, involucrándose con la “hermana” Cleopatra, consigue la historia periodística del año.

El título pone en juego una serie de imágenes simbólicas: la virgen y los “cabezas”. La expresión cabecita negra comienza a usarse a partir del peronismo. Creo que la temática de esta novela gira entorno a la experiencia de vida en un lugar marginal, pero desde la literatura. La experiencia en la villa es el tema fundamental de la novela. Todo un mundo se desarrolla en ese topos que existe, pero que muchos ignoramos cómo funciona. La relación con la figura religiosa de la virgen pone en juego muchos conceptos que tienen que ver con un principio fundamental de la religión: hacer creer. El opio de los pueblos se usa como un conducto de integración en la villa, que debería promover el cambio. O si no es el cambio, una integración a ese modelo religioso comunitario. La propuesta no es hacer de la villa un alter de la sociedad, sino una parte más. La virgen también es cabeza, y tiene sus propios feligreses: Prostitutas, taxi boy, chongos, travestís. Ellos también creen y son parte de la estructura religiosa de una sociedad. Maria, el icono fundamental, tiene su propio formato cultural; está reificada a la manera de la villa; tiene un leguaje coloquial pero también la lírica sobreprotectora de cualquier imagen de la virgen María.  Las plegarias, el alcohol y el sexo, son las características fundantes de esa divinidad y de sus seguidores. La virgen y los villeros tienen mucho en común hasta la falta de voz. En una entrevista para Página 12 la autora afirma que “La Virgen es un personaje muy lateral en la historia evangélica y en la historia bíblica. La Iglesia le empezó a rendir culto oficialmente unos siglos después de constituirse como tal. No forma parte de la Santísima Trinidad, no es Dios, sino un objeto suyo: su incubadora. No tiene voz, no dice nada en todos los evangelios, excepto alguna huevada, como el momento en que le pide a Cristo que les dé bola a ella y a sus otros hijos y él le responde que todos son sus hermanos, y prácticamente la ignora. Es una mujer sin voz en la historia de los Evangelios, y me parece que una mujer sin voz es una oprimida, y sin duda tiene que estar del lado de los oprimidos.”

La virgen cabeza, es un relato en el que la marginalidad aparece en su máxima expresión. Es la puesta en abismo de una realidad ignorada. Pero también una esperanza donde lo diverso y la mezcla entre una alta y una baja sociedad, se sale de las sujeciones sociales. Gabriela Cabezón Cámara está destacando el posible poder de la religión, pero de una religión muy particular, para generar un cambio entre los sujetos sociales.  

Releyendo el Aleph, en busca de Beatriz


Una mínima aproximación a una narración fundamental.

Por Nadia Sol Caramella

Hay algo de inefable en el pasado. El relato de Borges pone en evidencia la búsqueda de un tiempo perdido, pero no ausente, porque aunque el pasado intente ser corrompido, de una manera u otra, siempre vuelve. Hacer memoria implica reconstruir las grietas del pasado; edificar el recuerdo. La casa de la calle Garay, no es otra cosa que el espacio de la memoria: el presente de Beatriz, emergiendo de los rincones del hogar; la huella impoluta, que permanece latente a pesar de los años. Beatriz y la vivienda vendrían a ser dos caras de la misma moneda. Carlos Argentino Daneri adjetiva a su casa como “inveterada”, este adjetivo tiene dos acepciones: antigua y arraigada, de alguna manera el espacio familiar está arraigado en la interioridad estos dos personajes, se trata de un sentimiento vital y entrañable. Para Borges, personaje/narrador, visitar ese domicilio, durante catorce años, es una forma de recuperar a Beatriz, o de retenerla, en un intento de vencer el paso del tiempo, que todo lo erosiona. Daneri, en cambio, necesita de la casa, para terminar su poema. Ambos tienen mucho que perder con la demolición de la vivienda.

Recordar, implica elaborar y ordenar lo vivido, ubicarlo en un tiempo y espacio. El lenguaje funciona como ordenador, permite acceder al recuerdo con cierta distancia crítica, pero al mismo tiempo lo condiciona. Todo aquello experimentado queda en la intimidad del sujeto y al momento de exteriorizarlo, la experiencia se enfrenta a la narración. El testimonio de lo acontecido no es la experiencia en si, sino un hecho mediado por la palabra y esto produce una apertura a un mundo de interpretaciones posibles. El lenguaje no se anula frente al recuerdo, al contrario, se  manifiesta en su máxima contradicción: la distancia, ese vacío irremediable, entre las palabras y  las cosas. Por eso Borges etiqueta el centro de su relato como “inefable”, hay algo de indecible en lo vivido, se trata de un experiencia mágica, ficcional, y ahí está el yeite de este escritor magnífico, advertir que a pesar de sus intentos magistrales de escritura, mucho de lo ocurrido escapará al entendimiento del lector.  Esta imposibilidad de describir el Aleph, ese punto en el espacio que contiene  todos los puntos, se la atribuye a la linealidad de lenguaje. Borges escribe: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es”.

Por otra parte, el autor siente desconfianza de su memoria, teme no recordarlo  todo, por eso trata a su memoria de “temerosa”. Lo incomunicable, lo intratable de la realidad experimentada por el protagonista, hace de lo intransmisible un recurso literario que le sirve a la ficción. La historia se reconstruye desde una subjetividad, este giro subjetivo, produce un efecto interesante, las circunstancias se reproducen desde una sola perspectiva, que hace del suceso algo mucho más trascendental, inabarcable y mágico.

Particularmente creo que este cuento se trata de una búsqueda que emerge de la imperiosa necesidad de mantener un recuerdo intacto, lo máximo que se pueda.  Para ello es fundamental la casa, una suerte de memorial de la vida de Beatriz Viterbo. Y Borges narrador/protagonista, sabe como nadie del imposible al que se enfrenta. Igualmente asegura con palabras de fuego: “Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.”

Se había consagrado a su memoria, a recordarla como de lugar. Cambiaría el mundo entero, pero él no. Sin embargo, el tiempo es impiadoso con los hombres y tiene la capacidad de transformar una actitud amorosa y heroica en una simple obstinación de un excéntrico, que no se resigna al olvido. El tiempo todo lo modifica. En este sentido, el final será devastador.

En una parte de la narración el protagonista se encuentra en una habitación abarrotada de fotos de Beatriz, acá la fotografía en apariencia sirve de herramienta nemotécnica. A través de esas imágenes, el narrador intenta  mostrarnos, en el recorrido de una sola mirada, toda una vida. Sin embargo, todos los artificios dignos de la fotografía, no nos devuelven al sujeto, sino una imagen a la que Borges le atribuye una serie de significaciones. Lo que vemos ahí es cómo una vida puede apreciarse en una serie de momentos captados por la cámara, lo que en definitiva produce un efecto de inconexión entre esas fotos, es decir entre esas representaciones de la vida. La historia personal pasa a ser un conjunto de anécdotas, de partículas aisladas, ya no una continuidad biográfica. Sin embargo, la memoria hace de la fotografía un acto de redención, de rescate. Y aun así, sólo cuando se puede reconocer a la mujer del retrato, la memoria logra su cometido. Pero, cuando el tiempo comienza erosionar aquello que los sentidos habían captado y la imagen se vuelve extraña, se abre un abismo, el de la perdida irreparable: “No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”. Habían transcurrido casi catorce años, algo iba a cambiar, contradiciendo un poco aquel deseo borgiano: “Cambiará el universo pero yo no”. En ese arrebato de ternura, el personaje reconoció su derrota al buscar el reconocimiento de la mujer del retrato, el olvido había jugado su juego con ambos. Algo empieza cambiar en la mirada. Esa antigua promesa de consagrarse a la memoria de Beatriz Viterbo se hacía añicos. El tiempo impiadoso había realizado su mejor labor y no se compadeció de aquel hombre. No había caminos, porque el camino que conducía a todos los caminos comenzaba a desgajarse en sus narices. Beatriz se perdía para siempre.

Me queda una última cuestión: el Aleph. Borges se sirve de un artificio literario para vencer los avatares y las limitaciones del tiempo. El Aleph no es otra cosa que la memoria de todas las memorias, y lo que aquellos hombres vieron, en una sola contemplación, es la historia de la humanidad entera, ubicada en un punto del espacio. La venganza de la ficción borgeana.


Vicente en bruto


Por Juan Manuel Daza

Un fin de semana, durante el invierno del 2009, decidí escaparme a Córdoba para pasar un par de días con Vicente Luy y tener la posibilidad de entrevistarlo en su lugar, en su casa. Llegué un viernes a la noche y en su casa Vicente me esperaba con una heladera llena de Coquitas de restaurant (esas de 350 cm3), cervecitas Negra Modelo, un kilo de muzzarella y una prepizza.
Lo único que sobrevivió a aquella primera noche, fueron las coquitas. Porque la cerveza, la prepizza y el kilo de muzzarella, nos lo comimos todo. Y es que Vicente era así, generoso a su manera. Te recibía bien, siempre te recibía bien. Aunque no estuviera en su casa, siempre se advertía en él una caballerosidad y una atención realmente interesada.
Vicente había estado durante unos meses trabajando con Hernán (poeta, compañero de Los Verbonautas y mejor amigo) para compilar su nueva y más ambiciosa antología. Porque eso era lo que hacía Vicente en esos tiempos: tenía ganas de crear el set perfecto, con sus mejores poemas. Descartaba viejos poemas que le parecía que no funcionaban, se ponía cada vez más selectivo e incluía también unos pocos poemas nuevos que representaban algo de todo lo que le estaba pasando en aquel presente.
Con Editorial Casi Incendio La Casa, tuvimos la suerte de ser los editores de esa última antología que Vicente preparó: “Poesía Popular Argentina”. De la que dijo, en algunas entrevistas, que había sido el primer libro por el que no había tenido que poner un solo centavo. Lo cual, lo hacía muy feliz. Porque todo el dinero que tenía y que había usado siempre para tratar de impulsar su obra, se le había acabado.
Este momento, en el que transcurre esta entrevista que a continuación van a leer, lo encontraba un poco así: acabado. ¿Por qué? Porque el espíritu de Vicente siempre estuvo tullido. Su historia, desde su nacimiento, así lo había marcado. A escasos meses de su nacimiento, sus padres mueren en un accidente aéreo. Vicente pasa su infancia vagando a través de diferentes familias adoptivas hasta que comienza definitivamente a vivir con su abuelo Juan Larrea, famoso poeta, ensayista y escritor español, con el que estuvo hasta su muerte (que ocurrió cuando Vicente tenía 20 años). Y de su abuelo era todo el dinero que él había heredado y que le permitió, de alguna manera, dedicarse de lleno a la poesía hasta su propia muerte: ese suicidio que había intentado construir tantas veces, sin éxito, y al que pudo acceder luego de unos cuantos años de sufrimiento e internaciones en psiquiátricos. Vicente buscó hasta el último momento dos cosas: amor y reconocimiento. Pero no tuvo mucha paciencia, no pudo con sus fantasmas. Se suicidó el pasado 23 de Febrero de 2012 saltando desde un piso siete en Salta.

¿Por qué “Poesía Popular Argentina”?
Porque mi poesía, básicamente, es de cabotaje. No usa metáforas, sino ejemplos. Entonces, me meto con la argentinidad para dar ejemplos. Y luego, es una poesía que muere rápido y que afuera de este lugar, no sería entendida. No es una poesía para ser producida o que vaya a perdurar. Trabajo en la construcción del ahora. Por eso, es tan interesante esta propuesta de publicar el libro allá (en Buenos Aires).
¿Por qué escribís poesía?
Escribo porque me es natural, como lo era jugar al futbol… cuando podía. Y… tengo un complejo mesiánico que va y viene porque soy medio bipolar o algo parecido. …Me perdí…
¿Por qué escribís poesía? Decías que porque te era tan fácil como ir a jugar al futbol…
No sé si fácil. Ahora me está costando escribir, no estoy pudiendo escribir. De casualidad, anteayer saqué un poemita que me dio una gran alegría porque estoy llenando cuadernos sin sacar nada. Pero lo mismo, yo me siento un poeta: esté escribiendo o no esté escribiendo. Trato de que mi realidad se vea reflejada en la poesía. Es decir, trato de mostrar un alma verdadera, con sus contradicciones y demás. Mostrar la búsqueda, la luz. ¡Es una enfermedad, como te darás cuenta!
(risas)
Porque no hay ese halo de luz. No sé, yo quisiera dejar de odiarme y estar en paz. La vida es hermosa aunque los ojos no puedan verlo.
(suena el teléfono)

-¿Hola?
-(…)
-¿Sí?
-(…)
-Eugenia, ¿cómo te va?
-(…)
-Sí, pero hace como…
-(…)
-Ah…
-(…)
-Uhummm…
-(…)
-Mmmhummm…
-(…)
-Qué bueno, qué bueno…
-(…)
-Yo estoy viviendo en un geriátrico porque tuve una crisis muy fuerte la última vez, entonces ahí estoy contenido y eso queda en…
-(…)
-Sí…
-(…)
-Sí, no me sale en este momento el nombre… ¡Candonga! Candonga 2212…
-(…)
-Bueno, un gusto.
-(…)
-Estoy en el barrio…. En una casa que tenemos que entregar ahora dentro de poco, la semana que viene. Así que me agarrás de casualidad, acá.
-(…)
-Que me agarrás de casualidad acá.
-(…)
-No estoy muy salidero últimamente.
-(…)
-Sí, estoy un poco afónico.
-(…)
-Hablamos…
-(…)
-¿Ah, sí?
-(…)
-Claro…
-(…)
-Mhummm…
-(…)
Guau…
-(…)


(termina)

¿Te acordás en dónde andábamos?
No, no.
¿Cómo es ser poeta? Vos ayer decías que ese era tu trabajo, que lo considerabas tu trabajo. Por otro lado, me decías que lo considerás también como algo que te es natural e ineludible.
Sí, ¿Por qué todo tiene que ser de una manera nomás?
¿Cómo?
Es que puede ser por varias cosas.
Y sí.
Estoy buscando a una mujer que no conozco. Quizás le falte un brazo. Pero seguramente, es hermosa. También por eso escribo. O, por eso publico.
¿Para que aparezca?
Sí, porque escribir, como te digo, escribo naturalmente. Aun cuando no estoy escribiendo, como ahora, calculo que es cuestión de que haya tema. No hay tema adentro mío. Y doy vueltas y hay como varios que están contradiciéndose permanentemente. Entonces, son todos diálogos que no conducen a ninguna parte y que versan sobre la propia locura.
En tu poesía hay varios Vicentes, varios enunciadores, ¿no? ¿Vos tenés identificados a algunos?
Básicamente hay un “Vicente habla al pueblo”.
¿Y ese, por ejemplo, qué poemas escribe?
Concientizadores, de base, simplones…
Como “lo que está bien, está mal”…
Lo que está mal, está mal…
Claro, “Lo que está mal, está mal. / Pero lo que está bien, también está mal. / Charlalo con tus padres”.
Ese fue un automatismo.
¿Y ese Vicente que le habla al pueblo, es también ese Vicente que se mete en la cosa de cabotaje?
Sí, porque el Vicente que le habla al pueblo, le habla de economía o de justicia o de cosas por el estilo. Entonces, hay un poema que dice: “veo hasta donde bajo”. Porque yo veo que bajo hasta determinados lugares. Y si tengo un poema que sea útil aunque no sea bueno, voy para adelante con él. Y voy, naturalmente, como las cosas que salen o que fluyen de mí: así, solas. A mí el lenguaje me viene como un río y lo voy siguiendo. Y me es difícil salir ya, por el porro. Pero me es difícil también escribir si no fumo.
Claro…
Si me metieran en un psiquiátrico, creo que estaría todo el tiempo escribiendo.
¿Por la falta de porro?
En un psiquiátrico me volvería loco. Ya estoy bastante enfermo y… sería el final.
Le tenés bastante miedo a eso, ¿no?
Y… he recurrido a intentos de suicidio. Y antes que el manicomio, prefiero morirme. No he tenido una vida mala, sino jodida de chico. Eso me perjudicó entre los míos. Me costó adaptarme.
¿Por qué nunca te fuiste para Buenos Aires? A vivir, más de grande.
Estuve hace poco a punto de ir. Hernán y Analía me ofrecieron un departamento, prestármelo. Y al final, iba a estar lejos de ellos también. El departamento está en capital. No iba a estar cerca de nadie conocido, así: muy cerca. Ni de Flopa, ni de Gabo. No estaban cerca. Y no me decidí a ir. Estaba muy roto. También estaba la posibilidad de iniciar una relación con una chiquita que cuando le dije que pensaba irme para allá, me propuso irse conmigo. Y después, se arrepintió a los quince días. Y yo, no llegué a enamorarme ni nada. Simplemente… nada…
Porque, un par de veces, vos me dijiste que acá en Córdoba no hay movida…
Sí, sí… Hay poco para… Salvo unos encuentros que organiza Iván Ferreyra, el resto no tienen mucho… No hay mucha movida… Esa es la realidad. En lo profundo, yo no estoy conectado con nadie. Estoy solo. Ayudado por un par de amigas incondicionales que me están bancando hasta económicamente.
Yo ayer pensaba que, además de tu actividad poética, vos también hiciste otras cosas pero con el mismo objetivo. Te metiste en una cuestión más publicitaria.
No, hice unos afiches de rock para recitales. Y después hice unos afiches navideños, para todos. Empapelé Córdoba con un afiche con ocho personas desnudas enfrente, con los ojos vendados con las cintitas de la censura y la frase del Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Y ahí sí que anduvieron las pinchilas colgando a la vista de todos, durante varios días”. Hice colgar algunas con escaleras hasta arriba para que no las pudieran sacar. Y Córdoba es muy chiquita. Y en un rato… estaban todos desnudos.
Un día me contaste que cuando sacaste La Vida en Córdoba, hiciste unas publicidades en radio con Luis Medina Allende.
Sí, aquella vez también participaron Hernán, Osvaldo y grabaron distintas cosas que al final no salieron. Salió lo de Don Luis, que es un personaje bastante particular acá en Córdoba. Vendió la cárcel de mujeres dos veces y se lo indica como el autor del asesinato de no sé quién. Es un tipo muy leído y ¡muy loco! El único radical que ha estado preso, durante el gobierno radical. 


Claro..

Porque el chabón vendió la cárcel de mujeres. Imaginate el chasco que se llevaron los compradores. Y la vendió dos veces. Y una vez lo denunciaron y una vez, no. Por temor a pasar papelones.
Claro…
Y yo lo puse a recitar: “¿Venderle el alma al diablo? Sí, pero cara. Y si se puede, venderle también otras cosas. Y venderle a dios, lo que el diablo no compre”. Al tipo ese, que era un político reconocido, que tenía una voz reconocida y que salió haciendo el clip de La vida en Córdoba.
Que bueno. ¿Y le tuviste que pagar algo?
No, no… ¡de onda! Tuve que convencerlo nomás. Me lo presentaron y fui a darle la idea. Y después de ensayarlo una vez, nos pareció que salía. Y le costaba decirlo como era. Pero estuvimos dos horas, hasta que lo logramos. Y quedó una grabación digna.
¿Y el título de La vida en CÓRDOBA? ¿Vos por qué lo pusiste?
Seguramente, ayudado por el complejo mesiánico. LA VIDA en Córdoba.
O sea, yo por ahí lo advierto así como una cuestión biógrafica: MI vida en Córdoba.
Sí, también tiene algo de eso.
La intención es hablar un poco de LA VIDA en general en CÓRDOBA.
Sí, y con esa segunda lectura de que es LA VIDAAAA en Córdoba.
Y después también, hay un VICENTE que habla de relaciones. Y, ese es un Vicente por ahí más pop, en el sentido de que quizás no hay tanta contundencia como en otros poemas. Son más SUAVES. No sé qué te parece a vos.
Sí…
Bah, a mí me da la sensación de que es como una cuestión de permitirse observar el momento y dejar que eso se escuche. Pero, no sé si hay un mensaje tan CLARO como en otros poemas.
Y no CLARO. Hablamos de un ser espiritualmente comprometido. Y, al decir “espiritualmente comprometido”, me refiero a la cotidianeidad y, entonces, a un ser libre en lo individual. Con libertades individuales… amplias. A eso, apuntamos. Y a la construcción de eso, que somos nosotros mismos. Y que, simplemente no estamos usando la conciencia. ¿Por qué llamamos inhumano a lo humano? ¿Por qué INSISTEN en llamar inhumano a lo humano? Porque de eso se trata, de instalar una realidad paralela.
¿Por qué INSISTEN en que esa matanza fue inhumana?
Claro.
Estamos viviendo tras un vidrio. Y esta gente que salió ahora por televisión, que come todos los días en el CEAMSE. Salió una nota el otro día en la televisión. Yo, no estoy viendo televisión. Pero, por casualidad agarré eso buscando un partido. Y… los dejan entrar cuarenta minutos por día y sacan lo que pueden. Alimento, en el estado en que lo encuentren, ¿entendés? Dicen que a veces hay empresas que tiran cosas, que están vencidas pero que están buenas. Y ellos, tienen ahí la posibilidad de entrar. Cada familia, tiene cuarenta minutos. Y están controlados por la policía y después tienen que salir. Y que hay mil doscientas familias que están viviendo de eso, desde hace cinco años, de la basura que todos los días tiran los camiones ahí.
Y eso es humano…
Sí, lo que yo digo es que se nos viene mucho peor. Porque, como no hay conciencia, no se está trabajando para impedirlo. Hemos quedado bajo dos partidos justicialistas que no responden a ninguna ideología. Simplemente, a la de hacer el billete y disfrutar del poder. Y no hay ningún contrato por parte del Estado. Las instituciones no funcionan porque no se vigila una a otra, sino que son cómplices. Luego, el cuarto poder a quien le dedico un poema ahí que habla de Cabezas, que está escrito pensando en el periodismo:
Lo reconozco: a veces juego con la gente: No lo había

hecho antes. Empecé y me gustó; probé variantes. Hay
algunas super dignas de ser experimentadas.
Por ejemplo; si querés olvidarte de Cabezas, lo mejor
es situarse de rodillas frente a la cabeza seca de una
vaca y repetir en voz baja 3 veces:
"Vete.
Vete de mi cuerpo José Luis."
Ahora, si lo que realmente querés es que te coja,
pedímelo de frente.

 Y es una cagada que el cuarto poder sea como esa pintada que hay en Buenos Aires y que dice: “Nos están meando y Clarín dice que llueve”. Y un poco es así. Se está destrozando el salario real del laburante. Está todo mal. Están mintiendo con los índices y dicen que si no mienten, la inflación sería mucho mayor. Pero ellos saben cuál es la real. Bueno, es su teoría, pero ellos intentan mantener el poder. Por eso hacen estas cuestiones como la de adelantar elecciones. Porque ven como viene la mano y están tratando de zafar. Y están haciendo su historia y después, recibiendo a Naomi Campbell. Pero acá habría que parar la educación un año y educar a los maestros. Y empezar de nuevo. Porque es terrible el estado al que se ha llevado a la educación.
-INTERVALO-
Hice afiches con poemas también, en la calle.
¿En Córdoba?
En Córdoba y en Buenos Aires.
¿Y eso para qué libro fue?
No sé si fue para La Sexualidad de Gabriela Sabatini o si fue para No le pidan peras a Cúper.
Bueno, lo que vos me habías dicho por teléfono era que lo vos hiciste siempre fue apuntado a hacer que tu poesía se vuelva conocida.
Sí, para lograr ese intercambio de la construcción del ahora. Y trabajar un grupo.
¿En qué medida te sentís exitoso en eso?
En ninguna medida.
¿Por qué? ¿Esperabas una respuesta terrible o muy rápida cuando apostabas a esas campañas?
Sí, yo estoy viviendo el ahora. Lo que he logrado es no tener jefe durante 35 años y he hecho mi vida por donde pintaba. Pintaba una idea de hacer un afiche y hacíamos un afiche. Tenía un resto, que se fue. Invertí siempre en mi trabajo, porque creo que hay latente una espiritualidad en ese trabajo y lo tenemos como borrado. Es como que el materialismo hace desaparecer lo otro.
Sí…
Y yo noto que se desprende como una cosmogonía. Ya no sé ni que quiere decir cosmogonía.
¿Un orden en el universo?
Claro, yo siento que hay en mi obra un contacto con el universo. Tengo una relación muy extraña con Dios. Y si las cosas mejoran, probablemente no sea por Dios, sino por un golpe de suerte. Porque no creo que Dios se ande ocupando de las personitas, una por una.
¿Creés en Dios?
Creo en la existencia de una imaginación creadora que, ponele, puede haberse suicidado cuando la creación. Como parte del juego.
Los dejó a todos pagando.
Sí. El hombre busca a Dios y coger.
Eso está en un poema.
Sí, “a veces al mismo tiempo”, dice.
¿Y buscar a Dios, para vos, es la poesía?
Noooo, no considero que Dios me quiera tener a su lado. Si no, me tendría y no sería yo un sujeto con tanto conflicto interno. Me ha hecho mucha falta el amor y no me quiero. Hay una parte de mí que no se quiere. Y voy de una punta a otra. Trastorno obsesivo compulsivo.
Claro… ¿Y esto siempre fue así para vos o se fue agravando?
Se fue agravando con la pérdida de la guita. No hay nada más espiritual que el dinero. Te garpa tu tiempo y tu vida para crear lo que vos elijas.
Financiaste diferentes discos, prestaste guita…
El de Flopa Manza Minimal y el primero de Gabo (Canciones que un hombre no debería cantar).
Fueron cosas que anduvieron bien, digamos.
Sí, se puede decir que las vi. Porque Flopa Manza Minimal no existía. Se juntaron una noche para hacer unas canciones en un Poemas y Canciones. En ese momento se llamaba de otra manera, pero no me acuerdo. Y yo los escuché en la prueba de sonido y les propuse grabar un disco. Y yo ponía la plata. Minimal tenía el estudio, porque todavía los Cadillacs le prestaban el estudio.  Y a Minimal le gustaban mucho las canciones de Flopa. Por eso, se acercó a ella. Y buen, se armó ese disco, que lamentablemente no ha tenido un segundo. Porque cada uno siguió su rumbo.
-INTERVALO-
Hay gente buena en todos lados. Y la gente, en el fondo, es lo que importa. La posibilidad de compartir, de pasarla bien. Es la gente, lo que a mí me seduce. Quizás los tengo un poco idealizados porque después de convivir con mi abuelo, que era una persona extremadamente especial, después como que me ha costado aguantar en un bajo nivel. No tener de qué hablar con nadie. No tener de qué hablar de cosas que me interesen.
¿Con tu abuelo sobre qué charlabas?
Hablábamos mucho de César Vallejo, porque él fue muy amigo de Vallejo y escribió sobre él también. Publicó varios libros sobre él. Y me contaba todas sus historias parisinas y su exilio en México, laburando con Buñuel.
¿Laburó con Buñuel?
Sí.
Guau.
Sí, hicieron juntos el guión de Los Olvidados.
Y vos después no encontrabas gente con la que hablar de ese tipo de cosas.
Claro, pero tampoco es cuestión de conocimiento. Es cuestión de onda, de percepción, de qué cosas te juntan.
¿Vos me contaste que tenías veinte años cuando falleció tu abuelo?
Sí, veinte, diecinueve, cuando yo estaba en la colimba.
¿Acá en Córdoba?
Acá en Córdoba, en el campo. Imaginate, para mí fue una sorpresa la muerte de mi abuelo. Porque él decía que no se podía morir hasta dentro de cinco años porque estaba escribiendo su libro más importante y que, seguramente, habría de terminarlo. Él creía ciegamente en la vida, en que su vida tenía un fin.
¿Cómo murió?
De cáncer en el intestino delgado, creo. Y se murió un poco por mí. No se quería hacer hospitalizar, no se quería hacer operar. Y yo estaba haciendo la colimba y sabía que él estaba sufriendo mucho. Y no quería que yo volviera algún franco que me dieran y que lo encontrara en el hospital. Es un hombre que me dañó mucho sin querer, pero que me quiso mucho y me cuidó dentro de todo lo que pudo. Una gran contradicción.
No conociste a tus viejos, pero todos los padres son un poco una gran contradicción.
A mi madre, un poco la conocí por sus diarios. Estaba chapita. Decía que hablaba con Dios. Ella invitaba a Dios todas las tardes a tomar el té. Y un día ella entró, rompió la puerta y lo desalojó.
¿Estaba chapa o era sensible?
Y, mucho contacto conmigo no hacía. Se iba un mes a New York acompañando a su marido y dejándome acá: teniendo yo cinco meses. Y estaban un mes y me dejaban con una nurse alemana. Ella, muy en contacto no estaba. Vivía estudiando el antiguo testamento.
¿Era escritora? Ella era la hija de tu abuelo, ¿no?
Sí, era la hija de mi abuelo. Y no, ella trataba de pintar un poco sus resultados, algo simbólico.
¿Y tu viejo?
Había ganado una guita en la bolsa en Estados Unidos y se vino hasta Córdoba siguiéndola a mi madre para convencerla de que se casara con él.
¿Era argentino?
Era Suizo. Y ya estaba casado antes. Tenía un matrimonio con una hija.
Tenés una hermana suiza, entonces.
Sí, una gordita chocolatera. No la conozco. Pero una vez, creo que me mostraron una foto. Ya casi no me acuerdo de nada. Con los electroshock que me dieron…
¿Fue el año pasado?
Sí, hace un año o hace dos. Yo creo que hace dos años.
¿Y por qué llegaste a ese punto del electroshock?
Porque está de moda en Europa para anestesiar el deseo suicida. Y me lo hicieron así, tristemente: en un geriátrico. Pero me jodió en los dientes. Me dejó los dientes negros. Se me sale la rodilla izquierda.
Te dieron muy fuerte.
Sí, me dieron. Y por unos cuantos meses, me sacaron la pasión suicida. Pero sólo por unos meses.
¡Es terrible!
No, pero ahí te ponen en un coma y te hacen electroshock y no lo sentís. Pero, se te produce todo lo que se te produce. Imaginate cómo debo haber chirriado los dientes como para que se me pongan negros ahí.
¿Pero no te ponen algo para que muerdas?
Creo que no. Porque, como estás en coma, te abandonás. Y después te sacan del coma y te vas. Te tiene que venir a buscar alguien: un amigo, un pariente.
Quedás muy débil…
Un poco, pero no tanto.
-INTERVALO-
¿Escribías ya a los 20 años?
Tenía un solo libro escrito que terminaría en los ochenta, que es Caricatura de un enfermo de amor, que es el peor de los libros: el primero.
¿Tenés uno acá?
No.
-INTERVALO-
¿Cuándo lo conocés a Hernán?
Y, a mediados de los noventa. A Hernán lo conozco de Verbonautas.
Al primero que conociste fue a Palo Pandolfo.
A Palo. Y Palo me llevó a Verbonautas.
¿Y Los Verbonautas, en ese sentido, fueron como una especie de motor para vos? ¿Para cambiar?
Sí, mucho laburo interior para poder salir a leer. Y yo todavía no me enteraba de que había sido salvajemente golpeado de niño. Y en esa época, más o menos, me entero. Entonces, estaba el animal herido ahí adentro.
¿Y ahí cambia tu poesía?
Sí, empiezo a ver que nada es importante, salvo lo importante que haya dentro de ello. Y empiezo a escribir sobre cualquier cosa.
¿Liberación?
Sí, ayudado por la marihuana.
Que tampoco consumías antes.
No, no consumía.
¿Eso también fue por Los Verbonautas?
No, ya de antes la consumía. Pero no cuando lo conocí a Palo.
Así, a lo lejos, cuando hice la nota sobre Verbonautas, todos pusieron buena onda, me contaron, se coparon, pero todos lo veían como algo muy viejo, que había pasado hace mucho, que ya no valá tanto la pena recordar. ¿Hay una sensación así?  ¿A vos qué es lo que más te queda de Verbonautas?
El grupo: poder trabajar en grupo. Poder llegar un día antes, hacer un ensayo, participar de la hechura del orden, hacer el orden de los poemas que iba a leer. Era todo un laburo, yo me dí cuenta ahí que cuando no estaba atacado de pánico, podía hacer contacto. Y cuando podía hacer contacto, mis poemas pegaban. O sea, recibían una respuesta. De pronto, vos escuchabas dos o tres carcajadas en un momento y quería decir que había dos personas a las que les había pegado, que lo habían visto. Hay líneas culturales de las que uno se puede quedar totalmente afuera. Y si estás adentro, te repercuten en lo emotivo.
Entonces, yo mezclaba mis poemas así con un cierto sentido del humor con poemas muy combativos y alguno siempre se sale, tratando de llegarle a la gente. Hay poemas que no leí nunca, porque sé que no hacen contacto., Porque tenés que estar vos, leyéndolos sobre el papel. En cambio, hay otros que ejercen una influencia en un momento en donde te hacen un click.
El del scrabble lo leíste, ¿no?
Jugando al Scrabble

Olga creyó que cerro iba con S.
Se empecinó.
Al final apostamos y le gané
la cola.
Después no la quiso poner
porque “eso se hace con amor,
y vos no me amás”.
Pero esta es casa de jugadores
acá las deudas se pagan.
Sabiéndolo, me ofreció otra mujer,
y la procura.
Se mete en todos lados y gestiona,
habla por teléfono, etc.
Mucho movimiento, pero
¡ya pasaron 2 semanas!
Hoy va a un curso de cosmetología.
Yo, mientras, a jugar al tenis.
“Por si no venís sola
te espero bañado”, le digo.
Sonríe, no se arredra.
Conociéndose, conseguirá
una cara bonita
que es lo único que exijo.
Ya la llamo “mi novia” .-

Lo llegué a leer una o dos veces. Pero mis amigos lo leen cuando leen poemas míos. A veces, no presento yo los libros, sino que invito a lectores para que los lean ellos.
Cuando en un Rocanpoetry, Fernando Bogado leyó ese poema, se cagó todo el mundo de risa. Tiene varios remates.
Y es un poema triste, porque es de alguien que está solo. Porque a una puta la transforma en una mujer y después, se enamora de ella, ¿entendés? Y es una persona que no existe.
-INTERVALO-
Me contaste en la Bibiloteca Nacional que Pipo Lernoud te iba a llevar con un chamán o algo así.
Una chamana peruana. Sí, porque dicen que estoy invadido, que tengo un ser adentro. Un ser que se quiere destruir a sí mismo. ¡Y algo de eso hay!
Y sí…
Ella viene con la ayahuasca. Acá hacen tomas de ayahuasca. Pero dice que la ayahuasca no es para curarme a mí. Para curarme a mí, necesita llevarme a la selva quince días.
Wow.
Y yo no he ido por falta de plata y documentos. Ahora que tengo el documento y, si consigo plata de algún lado, capaz que me animo a adentrarme en la selva quince días. Piquitos.
¿En dónde?
Piquitos: en la selva peruana.
Y vivirías con la tipa…
Y sí, ella tiene un par de cabañas ahí en la selva.
¿Y es mucha guita la que necesitás?
Y, necesito mil quinientos dólares para pagarle a ella y necesito otros mil quinientos para el viaje.
Ah, es un cartucho. ¿Y no pudiste tomar ayahuasca acá?
Participé en una toma, pero no me dejaron tomar. Me pusieron en la cabeza y en las manos. Sobre todo, en la cabeza.
¿No te dejaron porque no estaba bien que vos tomaras?
No estaba preparado.
Y la tipa, ¿qué onda? Te miró y te dijo lo que te pasaba.
Sí, fuimos a visitarla a la casa de Pipo, porque para en lo de Pipo. Y en cuanto me vio dijo: “este tipo está poseído”. Como que me veía doble aura. Hice una quema de tabaco, que es una forma que tienen ellos de saber. Ella quemaba un tabaco y me decía: “¿Ves? Acá se ve” y yo no veía un carajo. Pero yo creo en las fuerzas del mal, pero como estructuradas desde lo socioeconómico, ¿entendés? Imaginémonos a la bruja haciéndome un trabajo. ¿Quién no se la puede imaginar? Lo que no me puedo imaginarme es que le salga bien, ¿entendés? No creo personalmente. Acá, las chicas que me cuidan me trajeron pastores para que vengan a orarme. Ellas son religiosas. Y yo, no quiero ir ni ahí a una iglesia, entonces me traen a los pastores acá. Y bueno, es un día, un acontecimiento, me entretengo un rato.
Y los tipos vienen y hablan con vos…
Sí, te ponen la mano en la cabeza y se sorprenden. A su modo, ellos creen que estoy poseído. O sea, varios lo dicen.
Y los psicólogos, a su manera, también… ¿no?
Y, los últimos psiquiatras a los que fui a ver, todos dijeron que yo debía estar internado. Un bajón. Y a mí me cambiaría la vida un golpe de suerte, una sonrisa.
Pero es loco eso, ¿no? Vos tenés un problema y como varios polos distintos tiran que hay algo que necesita ser curado o ser sacado. Pero… vos me decís que cuando te querés suicidar, sentís todo re lógico y como que está bien lo que estás haciendo. Y, de repente, caés en cuenta y decis “no!”.
A veces, no caí en cuenta y me dejé morir, creyendo que moría. Sobre todo, cuando me tomé las 180 pastillas. Ahí, pensé que me moría. Y cuando me tomé las primeras treinta, también. ¡Estos culeados no sé a qué le llaman sobredosis! ¡Tenés que comprar toda la farmacia para poder matarte! Y después, la cosa se me complicó porque no soporto el dolor. Entonces fui a tratar de tirarme desde un noveno piso y no pude. No me dio el cuero. No tiene sentido. ¿Está todo mal acá? Está todo mal. Y me van las cosas mal. En lo económico, me va pésimo. En mi trabajo, me va mal. No tengo reconocimiento. Yo quiero que, a cada lugar que vaya, que me inviten un trago, loco. ¿Entendés? Aspiro a poco. A un poco de amor humano, un poco de relajarnos, tener una mujercita que me quiera y a la cual yo poder amar. Tengo el corazón bastante cerrado. Y no me fue bien con las mujeres. Yo soy empleado de ellas.
-se corta la cinta-
FIN
Juan Manuel Daza – Invierno de 2009.