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La tradición rebelde: Big Bang, de Enrique Decarli

por Cristian Franco

Hay libros que en ciertos momentos me generan una mezcla de asombro y vértigo y angustia y miedo. Es una sensación que punza apenas un segundo, pero deja residuos porfiados. Algo parecido a lo que sentiríamos si de repente despertáramos y estuviéramos, sin tener la más mínima idea de cómo llegamos hasta ahí, justo en el punto más alto de una montaña rusa. Algo así, pero muy microscópico. A veces no me deja seguir leyendo: tengo que abandonar la página, mirar un rato por la ventanilla del colectivo, pensar en cualquier cosa hasta animarme al próximo párrafo. No tengo una explicación. Simplemente sucede. A eso le dicen “experiencia intransferible”.

En apenas 103 páginas, Big Bang, de Enrique Decarli, me suministró varias dosis de esos momentos. Sus cuentos son pequeños y precisos: minúsculas bombas quirúrgicas. Pasar de un cuento a otro es como transcurrir entre dimensiones paralelas, regidas cada una por sus propias leyes pero todas firmemente ligadas por el hilo inquietante de la ficción. Hay blasfemias socarronas (“Aranjuez”), hay parábolas kafkianas (“A través de un vidrio esfumado”, “Apuntes sobre el Mercado”), hay confesiones agrias y escépticas (“Dana”).

Después de leer Big Bang, sería muy fácil encasillar, etiquetar, sentenciar a Decarli: cultiva el género “cuento fantástico”. Aunque no creo que a él le moleste demasiado ese reduccionismo arbitrario (que lo integren a uno al clan de Borges y Cortázar no puede ser un deshonor para nadie), cuentos como “Descarrilar” (mínima, cruel, exacta historia de amor y desilusión), o “Dana”, son claros ejemplos de que su oficio no es meramente medrar en un género, sino construir narraciones donde la incertidumbre es ama y señora.

Si en aquel frecuentado apólogo o alegoría o chiste de Chuang Tzu y la mariposa el problema era quién es el soñador y quién el soñado, en los tres cuentos centrales de Big Bang (“FundaciónArte”, “Fiebre” y “Big Bang”) el problema es hasta dónde llega el sueño, cuáles son los límites de ese territorio impreciso. Porque Decarli tiene una extraña y envidiable habilidad: sabe escribir sueños; es decir, sabe crear ficciones que tienen la misma estructura caprichosa, fascinante y despiadada de los sueños (más todavía: es delicioso cómo en “Fiebre” engarza con maestría un sueño dentro de otro sueño). Ojo, no es que se afane en la ínfima tarea de “contarnos un sueño” (o peor —dios nos libre— “sus sueños”), sino que utiliza la forma perturbadora de los sueños para que sus cuentos sean más eficaces y más terribles y más reales.

Casi todos narrados en primera persona, hay también en todos un trasfondo que huele a estupor, a desilusión, a ironía y extrañeza frente a eso que llamamos realidad. Sin embargo, cada historia es única y está contada con una voz que es diferente cada vez (una voz que narra es ante todo una forma particular del miedo, del deseo, de la perplejidad). Por eso, porque son tan reales, tan convincentes esas voces que cuentan, es que el punto final de cada una de sus historias (ese insignificante signito tipográfico) es más bien el borde de un precipicio irresistible. Ignoramos qué hay en el fondo —ignoramos si hay un fondo— pero intuimos que ese punto final es una invitación al salto.


Cuenta la leyenda que antes de que ese implacable fuego hecho de neoliberalismo, posmodernidad y redes sociales prácticamente los extinguiera de la faz de la literatura, existía un extraño animal llamado “escritor”. Big Bang es la evidencia (como una huella pérdida en un bosque incendiado) de que todavía hay algunos ejemplares de ese animal mitológico dando vueltas por ahí. Es estos tiempos en que prolifera un vanguardismo apresurado, enclenque y pueril, da placer encontrarse con libros que vuelven a demostrar que hay una hermosa tradición que resiste: el cuento bien escrito.

Las fronteras de lo extraordinario: Brevario de furias, de Daniel Diez

Por Florencia Defelippe

            Los cuentos de Brevario de furias desconciertan. Dentro de una atmósfera sobrecargada de lugares comunes, diálogos triviales y personajes excesivamente reales, existen  pequeños desvíos, toques apenas perceptibles que, lentamente, van cobrando peso y terminan por “destapar”, al igual que Pandora y su caja de sorpresas, lo que verdaderamente esconden estas 'criaturas furiosas'. Brevario...logra perturbar al lector desde el inicio, y es esto lo que genera una tensión permanente a medida que avanza cada una de las historias del libro.

            Lo 'esperable', el lugar cómodo, no existe. En este sentido, Diez es un escritor prolijo; sutilmente, guía la lectura avisándonos -con giros repentinos, descripciones oscuras y demás elementos que alejan rápidamente la esperanza de hallar situaciones tranquilas- que sus tramas no cuentan finales felices porque tampoco lo son desde un principio.

            Como afirma Pablo de Santis en “Bestiario”, el prólogo que encabeza a Brevario de furias (Santiago Arcos, 2011): “nada tan afín a la literatura argentina como el género fantástico”. Los relatos de Diez hacen honor a este género, que supo coronarse como emblema de la narrativa argentina con Borges, Bioy Casares y Ocampo. En estos relatos, lo cotidiano incorpora lo extraordinario de una manera tan evidente que inquieta.

            Los hombres conviven con seres cuya existencia es imposible pero que, al figurar de un modo tan natural, parecen verdaderas. La naturaleza acecha de manera permanente, tanto por la aparición de monstruos  como gábulas, ibinas y faisanes plateados, como por la inútil espera de fenómenos que no llegarán jamás: “Odio a todos y a cada uno de los habitantes de este lugar y por sobre todo a esta ciudad. A esta ciudad de mierda en donde ni siquiera es posible ver un poco de nieve”, escribe uno de los personajes de “Nieve en Buenos Aires” en su diario secreto, presa de la más rotunda decepción.

            La furia no se presenta sólo en las criaturas imaginarias; los seres humanos son víctimas, también, de su propia violencia. Cuentos como “Mi familia” y “Parque Chas” llevan a estos vínculos enfermizos hasta las últimas consecuencias. Y los personajes caen al vacío infinitamente, sin poder si quiera atinar a modificar su situación.

            Si bien por momentos los textos se muestran algo repetitivos, y en muchos casos, el desarrollo de las narraciones se presenta sin la profundidad necesaria como para producir el efecto deseado, Brevario de furias construye ficciones que atrapan y exasperan, superan los límites entre lo verdadero y lo imaginario y alcanzan, de esta forma, a la creación de un mundo en el que la convivencia entre lo real y lo fantástico es absolutamente probable, auténtica y admisible.

[Más sobre el autor]
Daniel Diez (blog)

Deshojando las capas

Los Misterios  Dolorosos, el último libro de la  escritora Lalo Barrubia, narra en tercera persona a toda una generación, la generación huérfana de los sesenta y  setenta. Una novela que se proyecta en tono universal, pero que indaga en el reconocimiento y aceptación del yo.

                                                                                                     por Cecilia Gerolami


 El trabajo de Lalo Barrubia se inicia dentro de la  movida contracultural que se desarrolló en la década del 80. Allí su trabajo como performer y su práctica oral de la poesía permiten asociarla a un cierto activismo de la resistencia.  Difícil de ubicarla  sólo como poeta, performer o narradora, Barrubia es las tres cosas al mismo tiempo: lo performático está en la poesía, y su cuerpo habla en la narrativa.

  Los Misterios  Dolorosos (Hum 2013) es el último libro de narrativa de la  escritora uruguaya residente en Suecia. Anteriormente publicó las novelas Arena y Pegame que me gusta  y el libro de relatos Ratas, además de una  obra poética que se inició en 1989 con Suzuki 400, y que se desarrolla a la par de su trabajo como performer, y que la hace la voz femenina de la generación huérfana, la que no transa, la que transgrede y subvierte.

La novela comienza con la descripción de una familia, perteneciente a una clase media baja,  pero  con orgullo y ansias de “progresar”, donde la incomunicación reina. Es allí donde se marcan gestos que la niña que fue la protagonista sabrá que deberá desaprender para moverse con libertad y  honestidad en el mundo. En la primera parte tiene importancia fundamental la escuela, como síntesis  de la represión y la injusticia: María debió ser abanderada, pero se eligió a otra niña porque era hija de la presidenta de la comisión  fomento. Así, el personaje va creciendo en un sistema en que la normalidad es la mentira, el acomodo, el abuso, la injusticia. La niña hace lo mejor que puede ante el abandono simbólico de  unos padres que tuvieron hijos  porque sí, que los abandonan como se abandonan a ellos mismos (doblemente huérfana, entonces, esta voz). El despertar de la sexualidad se vive con violencia, y María va aprendiendo que hay que callarse y aguantar, como toda una generación, como todo un país. Y que el cuerpo  se debe vivir con vergüenza y que el deseo se debe ocultar.

Esta novela puede ubicarse dentro de la llamada literatura de autoficción, en tanto que en ella se encuentran referencias que permiten asociar al personaje con la autora. Si bien hay datos que varían (el personaje femenino, Maria, vive y escribe desde Oslo, trabaja en la cafetería de una casa de ancianos, etc) el recorrido del personaje es idéntico al de Lalo Barrubia: la infancia en un barrio periférico de Montevideo con la dictadura como telón de fondo, el pasaje  indiferente por la Universidad, el exilio en la crisis económica del 2002, la propia labor de la escritura.  También  ha sido calificada como una “anti novela de aprendizaje” pues en ésta  se recorre la infancia, el mundo privado de la familia, con una cantidad de rituales opresores, como correlato de una opresión a nivel general; la adolescencia marcada por gestos rebeldes y de ruptura, y la llegada a la edad adulta con una cantidad de misterios a desentrañar, de cosas por explicar.

La trama cumple con las características de la novela de aprendizaje, pero hay una mayor complejidad, porque a medida que el lector se adentra en la lectura  deja de haber linealidad, los tiempos se mezclan, adolescencia, adultez, tiempo presente llevan de un recuerdo a otro. La infancia es el tiempo del relato sin complejidad, pero a medida que crece el personaje, la novela necesariamente  debe desprenderse de esa simpleza, no hay inocencia posible en ese yo que quiere hacer un relato de sí. La vida adulta, por ejemplo,  se narra en etapas superpuestas, alternando el presente de la narración, con el pasado donde  se buscan las causas que llevan a la protagonista a vivir a Oslo. Los hilos de la trama que permiten unir ese pasado con el presente son varios, pero básicamente la presencia constante del Mancha y de Cristina, amigos de la juventud que tienen parte de sus historias en esta novela, y que ayudan a armarla , sugiriendo sobre qué debería escribir y qué no, hacen que se sienta el texto a veces como  un work in progress,  donde el lector es testigo del proceso de selección y escritura, o incluso a veces, la sensación de que es el texto  el que  escribe a la narradora.

Pero, además de todo esto, Los Misterios Dolorosos es una novela que habla de una generación, de la generación huérfana, de los nacidos entre el 60 y pico y los setenta, de los que “fueron abandonados a su suerte a la edad de 16 años”, de los que “no son comunes y corrientes. Gente que ha tenido que hacer esfuerzos inconmensurables para tener vidas comunes y corrientes. Gente que sabe muchas cosas que el mundo ignora, o pretende ignorar”.  Es en este sentido que la novela logra una proyección de carácter universal. Es la voz de los que no hablan. La novela está narrada en tercera persona, porque habla de los que nunca  hablan por sí mismos, cumple con la norma de que “los desgraciados, los que sufren son los otros”. La distancia entre narrador y protagonista  explicita un distanciamiento necesario para saber “la verdad”, para develarla.  La distancia funciona como estrategia narrativa  que busca la  objetivación y ser garantía de honestidad, como si la voz que narra, que identificamos con María, quisiera sacar capas, despojarse de ser María, para no callarse nada. Pero también para tomar el discurso. Así, al hablar de María se habla  también de Oskar el amigo homosexual noruego, o de  una anciana peruana en una  casa de salud de Oslo.

 Si Arena  narra el pasaje de la adolescencia a la “madurez”, y  en Pegame que me gusta los personajes están en crisis, en esta novela se narra el proceso de exploración, reconocimiento y aceptación del yo.  El registro lingüístico  no difiere del de estos libros: el registro muy cercano a lo oral, las escenas fílmicas o audiovisuales (“Plano fijo sobre calle de casas de bloque rodeadas de pasto seco, muchas sin terminar, no veredas ni pavimento. Jane Birkin sale de una de las casa, tranca la puerta con un candado, camina rápido apretándose el saquito con las dos manos hasta que se sale del cuadro.”). Se mantiene un ritmo musical a lo largo de gran parte de la obra ( Barrubia ha dicho que entiende la narrativa como una forma de poesía); por ejemplo a lo largo de un episodio se lee:“Lo que no sabe todavía es si después irá a la manifestación por Palestina, si trabajará en la maldita novela, o se tirará en la cama a sufrir de amor”,  y se mantienen los enunciados siguientes: “lo que no sabe todavía” y finalizan igual “o se tirará en la cama a sufrir de amor”, pero en el cierre del capítulo se explicita: ”…usa la expresión sufrir de amor para que suene como una cumbia y no pueda dañarla”.

 El diseño de tapa de la edición preparada por Hum, que es la proyección de una cruz vista con un vitró de fondo, muestra la importancia fundamental, no tanto la de la iglesia en sí, pero sí  de los valores cristianos que adoctrinaron a una generación bisagra entre la modernidad y la posmodernidad. Esos valores religiosos se impartían en la casa, en la escuela, en el liceo; y se cargan como una cruz. La narración en este sentido puede obrar como una forma de exorcismo. Los misterios son los que han hecho callar o retroceder en más de una ocasión y que el libro se propone desentrañar.

[Más de Lalo Barrubia]

[Sobre la editorial]

Rasgar las vestiduras: el despojo de lo superfluo en Virgen aunque violada, de Gavril Alon

por  Florencia  De Felippe


En ocasiones solo hay que dejar
que la luz haga su trabajo.
Gavril Alón

            Los poemas de Virgen aunque violada son violentos. Sin embargo, poseen una violencia dulce, que despierta pero no agrede, sacude pero no sofoca; libera. Este oxímoron está en las imágenes poéticas que, como espejos, develan al lector palabras que jamás quieren ser escuchadas. Sin embargo, cuando lo son, sucede de modo tan apacible que resultan amables. Como el placer, que también es goce, dolor y muerte.
            Su poesía se entrelaza con ilustraciones que son parte de la palabra: no 'grafican', de modo explícito y lineal, a los textos desparramados haciendo juego con el espacio, sino que pueden leerse porque también son poesía, conforman una misma secuencia.
            La ruptura está presente en cada uno de los poemas, y los acontecimientos se traman a partir de lo sensorial; en cada imagen poética se abandonan superficialidades para llegar, finalmente, al núcleo de la cuestión, al “Carozo”: “Mi cuello tiene una/ boca a la altura de donde yo tendría / una nuez de Adán, / chiquitita, adecuada al tamaño de / carozo que tiene ese orificio oral, / que se mueve hacia arriba y hacia abajo / mientras canta con gritos Criminal / de Fiona Apple. Para ser sincera, ha /  musicalizado mi tarde.”
            Las formas, entonces, no son importantes, porque ellas pueden ser destruidas, modificadas, armadas al placer de lo que se quiere decir, por eso: “un buen dj no es el que me puede hacer/ llorar./ Un buen dj es el que me dice qué quiero/escuchar.”
             El libro de poemas de Gavril Alón establece un quiebre entre lo impuesto y lo genuino, entre las expectativas ajenas y lo verdadero, lo que permanece bajo la 'cáscara' y una vez desenmascarado,  revela una sabiduría latente, oculta e intacta:

Si hubiera sabido que para esto
estaba siendo educada
o que con este módico fin
se me alimentaba,
si hubiera sido consciente
de a dónde apuntaban
sus instrucciones y enseñanzas,
si era para esto
que se nutría mi imaginación
y se me cuidaba 
me hubiera resistido a comer y a
escucharlos
me hubiera enseñado a hablar sola
en una lengua autodidacta
me hubiera prostituido pequeña
infértil, anoréxica y evolucionada
porque no voy a existir por comida
ni a llamar amor
a la droga más utilizada.

            En torno al enunciado que titula la obra se abre el juego que Virgen aunque violada propone en cada nueva poesía. La superación de esta dicotomía se encuentra en las 'definiciones' que se van entretejiendo en los versos: “el término maleducado / trasciende a la mala educación / sé dónde reinan los menores / y desde dónde iluminan los mayores.”
            Desde los verbos se acciona una forma de despertar, la cual aparece en la práctica, en  los quehaceres diarios, en el 'nombre real' que se le da a las cosas: “no había más bowie más yo ni más camas.” Nombrar, entonces, es transgredir y a partir de ese acto, lo superfluo logra romperse; no sin dolor, pero ¿cuándo el abandono de viejas estructuras resulta una experiencia poco dolorosa?

            A partir de este material, Alón nos muestra un mundo roto y distorsionado, que no es más que la propia realidad despojada de sus artificios.

[Más info]

Un diamante, una pared y un lapso momentáneo de la razón

La novela de Michele Mari, Rojo Floyd, escapa a cualquier estructura vinculada con lo biográfico, así también se corre de la convención de la novela clásica y enfrenta al lector  a un relato armado por innumerables voces.

por Pablo Gabriel Méndez


La primera impresión siempre es visual. Es así cuando el incipiente comprador, si no es un melómano obsesivo o un fan incondicional de la banda, dejará inadvertida la portada del libro en la selva literaria de una librería. Rojo Floyd no funciona para el cazador de datos, tampoco para el efímero lector en busca de información antes vedada, y menos para el impúdico que deglute minucias apegadas a la intimidad. Pink floyd, una de las bandas más grandes de la historia del rock vista/leída desde el prisma de la experimentación. 
Es así como el autor, Michele Mari, catedrático italiano y tardío descubridor de la banda, anticipa en la primera página el siguiente subtítulo: novela en 30 confesiones, 53 testimonios, 27 lamentaciones (de las cuales 11 son ultramundanas), 6 interrogaciones, 3 exhortaciones, 15 informes, una revelación y una contemplación. Una advertencia que implica un lectura fuera del orden; es decir una historia creada bajo la fórmula de las voces múltiples: lo coral cómo una conexión posible con la creación de la línea argumental. 
Si bien los personajes que interfieren son auténticos benefactores de una ficción que huele a contemplación de documentación desclasificada, la real fantasía ocurre cuando entran en juego personajes de exclusiva inventiva del autor: satélites dramáticos que interfieren residualmente en la crónica ficticia. Martí propone una historia centrada en la figura de Syd Barret, con su misterioso siamés, espejo retrovisor de su decadencia y sobre todo con los dos puntales del Floyd post psicodelia: Roger Waters, el obseso, el letrista conceptual, el maniático creador, el hijo que sigo llorando a su padre, y David Gilmour, el guitarrista virtuoso, el alter ego (de Barret y de Waters), el hombre con la mirada de gato. También aparecen en escena: Stanley Kubrick, David Bowie, Alan Parson, Jhonny Rotten, que ante un interlocutor -ese interrogador omnipresente y voraz-, hace que los protagonistas del discurso sirvan de la mano del autor (casi ajeno al libro) un anecdotario que indirectamente hará correr la historia hacia un final transitivo, casi como un ocaso costumbrista sin mayores estridencias que interrumpa la vejez de los Floyds.
Por momentos el desarrollo de los eventos narrados se intensifica, en otras recorre los páramos de lo intrascendente para hacer un juego dilatorio: por eso es una novela y su imperfección realza esa condición. La estructura es casi como un pasaje onírico de LSD; como ante se dijo, la novela sustrae los testimonios que circulan alrededor de Syd Barret para hacerlo converger en la instancia decisiva de los sucesos, y allí es donde el lector puede derrapar en la intención de su lectura, ¿cuándo dejamos de leer la ficción para acometer en la más pura instancia biográfica? 
De esta manera, y bajo los rótulos marcados de los cánones comerciales de la literatura, el avance de La Bestia Equilátera al editar esta rara novela sobre una banda de rock, interroga sobre si la grandeza literaria es aquella escurridiza que se instala en los panteones del Nobel o es la que está al alcance de la mano en una librería, con una portada apenas llamativa, con un argumento demasiado acotado a un público afecto a los acontecimientos inamovibles de la historia. 

Smells like teen spirit



Acerca de Marcadores nuevos, de Luciano Luterau (Editorial: Letra Viva)

 
Por Florencia Defelippe

Tomando como punto de partida la imagen de dos adolescentes sobre una cama que se prestan libros, Marcadores Nuevos bien podría ser la historia de cómo se formó una banda de pop. Con referencias en clave humorística que abarcan tanto a Marcel Proust: “Así, por ejemplo, I touch myself, de Divinyls, no nos parecía más que un cover de En busca del tiempo perdido” [p. 23] como a Sarmiento “Somos el Quiroga Tiger [p 97]”, el conjunto de citas y obras que se re- versionan y encuentran una correlación en el presente conforman la materia narrativa del texto de Lutereau: “Una novela de mil páginas se puede condensar en una canción de tres minutos [p. 24]”. Ésta última pareciera ser la intención de la nouvelle, pero lo que se busca condensar aquí no son novela y canción, sino la historia entera de la literatura, del lenguaje, y, en el medio de ambos  – para darle un registro adecuado a la voz que narra – , el rock.

            Sin embargo, tampoco se trata de eso: sino de tomar a todos esos elementos para re- escribirlos lúdicamente, destruyendo cualquier posibilidad de análisis posible.

            Más allá de lo anecdótico (dos adolescentes que leían juntas en la misma cama y se prestaban los libros), en Marcadores nuevos no hay nada que contar, nada que comprender, nada que enunciar. La escritura va, viene, vuelve sobre sí misma y se destruye.

            No busca ni quiere decir nada, y ahí está lo exasperante; es una obra imposible que habla sobre una trama también imposible:

“-No, ya te dije que no hay qué: pero no estoy diciendo nada.

-¿Cómo nada?

-Sí, la nada, pero no como otra cosa, y no como reverso de algo, sino como un algo muy especial.

-No entiendo

-No hay nada que entender

-¿Nada?

-Sí, la nada que hace que haya algo, sea que lo llamemos el Ser, Dios o la música-” [p 52]



            Así, estos dos personajes van descubriendo, en los libros prestados, en las voces – en “la voz”, aquella que siempre está pero por algún azar desconocido nunca llega a encontrarse del todo – y en sus propios recorridos, que las historias se repiten, que las novelas de iniciación bien podrían ser traducidas como canciones de amor fugaces, veloces como la luz y sin embargo, con una intensidad igual de abrumadora. Por este motivo, la traducción (esa “sutil traición”) también cae en un imposible: “Nuestra tarea en el mundo o, mejor dicho, en nuestra vida, juntas, sería intentar capturar, en canciones ciertas formas de sentir que hubiésemos encontrado en nuestras lecturas, a sabiendas de que, en realidad, no estaríamos transformando una novela en una canción. Mucho menos podría tratarse de una traducción temática.” [p 46.]

            Si bien la elección de la narradora por momentos cae en lugares comunes, se obtienen buenos resultados cuando el personaje se “sale” del registro adolescente y cuenta lo que realmente quiere contar, el meollo de lo que busca – en su fuero más interno – la novela Marcadores nuevos (parafraseando al poeta Santiago Pintabona): “Nadie escribió la novela de mi generación/ tal vez porque mi generación/ ya no tiene novelas/ tendrá nouvelles/ o cuentos/ en antologías que me aburren”.

            No es casual que sea ésta la cita que cierra a la tercera y última parte del libro, a lo largo de la cual se exponen una serie de conocimientos que dan lugar a otras citas y acontecimientos que se desprenden de los primeros y así hasta llegar a la siguiente conclusión: esta generación necesita una novela, no la hay, no la habrá, podríamos postularnos y escribir la novela de nuestra generación pero pasará de largo, o no la leerá nadie, porque no, porque es así, porque pensar demasiado en esto es aburrido y en definitiva, como dicta el poema nº 55 de -nuevamente-, Pintabona, todo se trata de un juego: “jugamos con palabras” (La escritura,  Santiago Pintabona, Pánico el pánico, 2011).

            En el medio de todo esto, una historia de amor entre dos adolescentes-hermanas demasiado parecidas que se separan, que comparten la primera y única experiencia real, definitoria, concreta: la llave hacia el mundo (o al Mundo) de todo el cúmulo de experiencias que vendrán después (porque, ¿qué son las experiencias del mundo adulto sino un despojo de las verdaderas, dolorosas y vivas heridas de esa transición inexacta y bizarra entre la niñez y el mundo de los más grandes?)

            Quizá por ello no haya otra forma de narrar que no sea desde la memoria, como la magdalena que siempre remite al mismo recuerdo, como el inicio de algo nuevo que siempre traerá alguna reminiscencia del pasado, como los 'marcadores' o marcas que regresan, pero nunca desde el mismo lugar.

“Coca, keta y marihuana: narrar desde el afuera“

Impreso  en algún lugar de  la costa del Océano pacífico Sur, “Coca, keta y marihuana” actualiza y redescubre el espacio de la marginalidad social y literaria.  

Por Leandro Rossi


“Queremos yerba”  es la frase que da inicio al relato. Los personajes de esta novela parecen ser adolecentes precoces que transitan la ilustre ciudad de Lima, atravesados por sus adicciones. No hay referencias de lugares tampoco unidades de tiempo, las acciones de los de estos jóvenes nos hacen pensar en un desfasaje constante entre tiempo y espacio.  La experimentación con coca, keta y marihuana, oscurece todo tipo de referencia. Las drogas forman parte de la estética narrativa, termina siendo una forma de contar. Las adicciones, en apariencia, son el motor que hacen funcionar al texto.

Drogadictos, homosexuales, incestuosos son algunos de los adjetivos que mejor describen a estos jóvenes.  Gabriel y Gustavo vagan por las calles limeñas fumando, inhalando dispuestos a despertar a mundo de percepciones que los alejen de su realidad cotidiana.  Ese punto, es el que sitúa a la novela en la marginalidad social; personajes que no encuentran inclusión y están desclasados, vagando, robando para conseguir más drogas. A la dupla de Gabriel y Gustavo se les suma Paty, y entre ellos se genera un vínculo amoroso, un nuevo conflicto: Paty y Gustavo son primos.

La novela engendra conceptos como: marginalidad literaria, marginalidad social, literatura marginal. La lectura de la novela nos atrae a esas definiciones con necesidad de debatirlas, encontrando en la actualidad todas esas aristas de una juventud decadente, gracias a un sistema que siempre los deja afuera. Ahí aparece la literatura para condensar esas experiencias y actualizarlas, para que no mueran en el más absoluto anonimato, ese que nace de la naturalización y normalización de las cosas. Es decir, cuando marginalidad se vuelve algo irreparable, definitivo y obvio.

Como un tejedor minucioso,  Guto Petrovich va cosiendo los retazos que mantienen la autonomía de cada apartado o cada capítulo.  Como si fueran mini-cuentos dentro de la novela, que conectan la experiencia de cada personaje al contexto que comparten. Así, cerrando con un final  que podría ser predecible pero fatalmente inevitable, el suicidio surge como el único destino y redención de los que el sistema va dejando afuera.  


[Más sobre el libro y la editorial]


De ultramundo


Como en un sueño surrealista, entre las oscuridades de la mente y los límites difusos de la realidad y sus álter egos, Paranoia Normal, el nuevo libro de historietas de Pedro Mancini, invita al lector sagaz a sumergirse en un ultramundo apto para valientes y soñadores. 

Por Dario Fantacci


La mayoría de las personas están habituadas a formas predeterminadas de cómo incorporar conocimientos. Cuando leemos un libro, la información nos llega de manera literal, a través de palabras. Uno puede nombrar un auto, un bosque, un sueño. Nombrar es la forma de narrar. Un libro escrito puede ser literal y « especifico » de forma natural. Esto no se da de la misma manera en la historieta. El cine, en cambio, es más cercano porque cada artista explota sus capacidades en busca de un mismo fin. Así los sonidos, los movimientos, luces e infinidad de recursos se combinan para generar una misma expresión. La historieta tiene mucho de eso, leemos, claro esta, la tinta sobre el papel, pero ya no un texto, si no, imágenes secuenciadas combinadas con textos esporádicos. Un historietista, como cualquier artista, es un conductor de conocimientos.

A medida que estudio a Pedro, no deja de sorprenderme su capacidad comunicativa tan extravagante, rara, bizarra. No encuentro en sus historietas de dos o máximo ocho páginas, una señal de redundancia o linealidad. Paranoia normal es un océano de significaciones: miradas frías que ocultan mundos extraños. Cabezas explosivas de las que salen criaturas inesperadas. Sapos que emergen de las bocas de muñecos animados. Cabeza de panda y hombre torso, los personajes más introspectivos al momento de develar sus intimidades.  Frente a esto, la sensación de expansión no tiene límites y, obviamente, donde no hay límites aparece la paranoia. A medida que las criaturas de Pedro abren sus cabezas para el lector, nace el miedo a la exposición, a la realidad. Si nos concentramos en lo narrado es imposible no precipitarnos y sentir cierto terror, fascinación y a su vez desconfianza. Es como salirse del campo de fuerza que nos protege, para tomar y apostar más. Nada es predecible en el ULTRAMUNDO de Pedro Mancini. En ese lugar todo puede ser tan hermoso como terrible, hay mucho de realidad en la irrealidad planteada. Cómo no ser paranoico en un mundo donde todo puede pasar, siempre esperando el golpe en la nuca. ¡La paranoia es normal, hermano! 
   
Quien se anime al juego de Pedro estará frente a un despertar. Cada historia es un infinito posible. Cada momento es único, narrado con dibujos exquisitos, buscando llegar a la médula  sin quedarse en el límite de lo cotidiano. Paranoia Normal es un océano de aguas oscuras y en esas profundidades el espíritu se expande. Mientras, Pedro avanza con pasos seguros, pasos de gigante a un objetivo que nadie más que él conoce. Lo único que nos queda es entregarnos a su narrativa, leer sin más, o dejar pasar el tren. El tren con cabeza de locomotora está en marcha. Sólo si te animás. 

[Más sobre Paranoia Normal]


[¿Dónde se consigue?]

En Espacio Moebius
Bulnes 658, Almagro, Bs As
Tel: (+54 11 4866 6960)
Lun a Vie 13 a20 hs

Sexyfiction


por Juan Manuel  Candal

Para decirlo brutalmente, algunos autores son irremplazables. Es decir, la mayoría son —somos— intercambiables. Casi todas las novelas de mi generación podrían, cada una de por sí, no existir y habría otra ocupando su lugar. Muchas de ellas son muy buenas; simplemente no tienen algo que las haga únicas. Tomemos el caso de Pedro Mairal, para dar un ejemplo. Si Una noche con Sabrina Love no se hubiera escrito, tenemos a muchos otros autores cuyas novelas podrían ocupar ese lugar vacío y en el mundo de la literatura no estaría cambiando nada demasiado relevante. Lo mismo ocurre con el laureado volumen de cuentosLos peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez. Existen muchos otros autores que saben escribir esa suerte de versión local de Stephen King y que podrían perfectamente ocupar el sitio, de estar vacante. Esto no es un ataque a Mairal o Enríquez, simplemente tomo dos ejemplos que han sido premiados de diferentes maneras y gozan de cierta credibilidad. Pero ellos, como yo, como la mayoría de los escritores de mi generación de habla hispana, somos prescindibles. Alguien puede preferir a uno u otro, pero entra el gusto personal. Muy pocos son verdaderamente únicos.

Es el caso de Pablo Dobrinin, que lleva una larga lista de cuentos publicados en varios idiomas y que en el 2011 recopiló su primer libro, Colores Peligrosos (volumen que ahora está por salir en una edición masiva en Uruguay, luego de agotarse en todos lados con la velocidad del Capitán Rayo).
Dobrinin se hizo cierta fama con su ya conocida “invención” de la sexyfiction. El autor la define así:
«Un cuento o relato de sexyfiction tiene las siguientes características:
»—Se inscribe dentro de la literatura fantástica, si bien suele tener elementos de la ciencia ficción, del surrealismo, del terror y de la literatura onírica.
»—Además del elemento fantástico, es indispensable la presencia del sexo.
»—El tratamiento que se le da al sexo no es el mismo que se puede apreciar en la literatura erótica, sino que tiene características distintivas. En este tipo de cuentos el sexo nunca es un fin en sí mismo, sino que está al servicio de un argumento: parte del principio de que la existencia está en otra parte, y a partir de ahí, la muerte, la locura, el arte, y el sexo son interpretados como vías de conocimiento.
Si bien todos estos elementos pueden encontrarse y utilizarse para identificar a la obra de este autor tan peculiar que es un “raro” en una época donde los raros de antes no han dejado más que hijos bobos y oportunistas, quizás la trascendencia de Dobrinin no pase tanto por esta definición de corte enciclopédico y tenga más que ver con dos elementos indisolubles en su trabajo: la prosa de un lirismo poco corriente y cuidado al extremo, y una imaginación desbordada y desbordante.
Basta citar algunos ejemplos que me gusta mencionar cuando se habla de él.

«Eran hermosas imágenes, a lápiz, de edificios de Montevideo, aunque no acertaba la ubicación exacta. (…) Ahora que lo escuchaba hablar con más detenimiento me daba cuenta de que tenía una voz seductora, como la de un viejo actor. Las construcciones eran de principios del siglo XX. De tres pisos. Un destacado gusto en los adornos de la fachada, largas ventanas con celosías de madera y elaborados balcones de hierro. Tal vez lo más llamativo eran las estilizadas cúpulas, recubiertas de escamas, que finalizaban en agujas francesas. Pero si los edificios eran en sí mismos maravillosos, no menos impactante era el trabajo del artista. Probablemente los había visto desde la calle, sentado en el cordón de la vereda, y la perspectiva le otorgaba un atractivo sobrecogedor. Unas nieblas fantasmagóricas dibujadas con un trazo casual terminaban de darle cierto toque fantástico.»
(de “El regreso de los pájaros”, parte del libro Colores Peligrosos).


«La habitación de la abuela tenía paredes blancuzcas, lamidas por la humedad y un piso de madera apolillado. Una cama de fierro, de dos plazas, tendida con una colcha vieja. Una mesita de luz, una lámpara con pantalla de tela color rosa, artísticamente cagada por las moscas. La insufrible escupidera asomando bajo la cama. Un ropero de madera buena, con olor a ropa de difuntos. Vestidos y visos deteriorados: antiguallas que ni siquiera eran concebibles en su vetusta propietaria. Tan sólo alguna solera insulsa y pobre lograba zafar del anacronismo que había herido de muerte a las prendas. También vi unos vestidos increíblemente estrechos, chillones y extrovertidos, que me hicieron imaginar a mi abuela jovencísima, dibujando filigranas en una pista de baile. Y después estaban las ropas del abuelo, enormes y oscuras, como conviene a la dignidad de los muertos. Había una foto pegada en la cara interna de la puerta del ropero, pero no era de él, sino de Sandro, el cantante, que me miraba con ojos gitanos y lujuriosos.»
(de “Luces del Sur”, parte del libro Colores Peligrosos).


El juego con el lenguaje es sutil y empuja a paladear fraseos como «paredes blancuzcas, lamidas por la humedad» —en pleno relato semierótico que narra el encuentro de un hombre y su abuela—, también la seguidilla con «Un ropero de madera buena, con olor a ropa de difuntos» nos remite enseguida a la áspera naturaleza de la relación. Rematar con «Y después estaban las ropas del abuelo, enormes y oscuras, como conviene a la dignidad de los muertos» es un detalle de preciso virtuosismo de estilo.

La palabra, en manos de Dobrinin, es arte plástico. Parece el lienzo por el que han reñido pinceles y espátulas en pos de encontrar la imagen perfecta, o lo que es mejor, la imagen imperfecta pero irremplazable. No es casual que la pintura aparezca referida en su obra varias veces. En el bizarro cuento “Colores peligrosos” hay una «Ametralladora Picasso» que dispara un tipo de rayo que tiene más de cubismo que de ciencia ficción. No es casual que ese mismo cuento comience con esta cita: «Toda estética es política». Y es que es fácil confundir a este autor volado con una suerte de hijo de poetas surrealistas, rodeado de un grupo circense que toca música de carnaval rompiendo tonalidades. Pero Pablo Dobrinin es también un intelectual que sabe que todo texto también es leído como un discurso, más allá de las intenciones propias del autor. De ninguna otra manera podría desmarcarse de los discursos de manual tan abundantes al día de hoy sobre la escritura en redes sociales y los retornos a las formas más conservadoras cuando se le pregunta por la literatura del siglo XXI: «Hay una tendencia hacia la disolución o fusión de los géneros, hacia la disolución de la estructura, pero también sobreviven los formatos clásicos. Todo permanece y de alguna forma se puede aprovechar, reciclar, etc. Hay una suma, no un descarte, y eso es lo que para mi gusto define estos tiempos. Desde esa perspectiva estamos viviendo una época excelente». Esa es una postura clara y radical, que elude los lugares comunes y que suma una conciencia del estado de las cosas.

En un reportaje que la revista digital Axxon le hizo para un número-homenaje (#230), explicó su posición respecto a la crítica:

«Los críticos que hacen reseñas rara vez se toman mucho tiempo para analizar un libro. Una semana, diez días, a veces menos. Eso es el tiempo mínimo que uno debería tomarse para analizar, desmenuzar, interpretar adecuadamente un solo cuento, no un libro. Con esto no quiero decir que los críticos actúen de mala fe, ya que estos plazos pueden ser parte de la dinámica de la publicación, pero lo concreto es que no se toman el tiempo suficiente. Segundo: el espacio del que disponen para la crítica no siempre es muy grande. Esto condiciona, una cosa es hacer una reseña de un cuarto de página o de dos páginas o más, o un ensayo de varias páginas. Ahora Internet nos da la posibilidad de extender las críticas, pero rara vez se aprovecha esta opción. Aun con poco espacio, si el crítico ha estudiado adecuadamente la obra, debería ser capaz de ir a lo esencial. A veces se queda en lo anecdótico y ni siquiera llega al tema. Tercero: No todos están capacitados, muy pocos tiene estudios de literatura o el necesario bagaje cultural. Falta estudio, conocimientos. Hay muchos que jamás en su vida vieron un diccionario de términos literarios, que son absolutamente incapaces de hacer un análisis de estilo. Lo máximo que pueden decir es: lenguaje florido, lenguaje poético, etc., y a veces ni siquiera esto. Y tampoco alcanza con saber si estamos frente a una comparación, metonimia, polisíndeton, anáfora. Es necesario saber por qué se está utilizando ese recurso en ese momento, qué es lo que nos está diciendo, a veces más allá de lo inmediato. Las comparaciones o las metáforas, si el autor las utiliza adecuadamente, van a decirnos algo que está más allá de lo meramente visual. Falta análisis de personajes, de estructura, de estilo, de los distintos niveles de lectura, etc. Cuarto: La actitud. La mayoría de los críticos que hacen reseñas parece creer que el escritor es un alumno que está dando un examen, y que ellos son los profesores que los van a evaluar o calificar. Pésima actitud. La labor de la crítica no es evaluar sino explicar. Para realizar una buena crítica es necesario que el crítico se acerque a la obra con humildad para descubrir cómo funciona. No solo no se hace esto, no se explica, no se analiza, sino que además se pasa por encima de la obra, y algunos —no me ha pasado, pero lo he visto muchas veces— se dan el lujo de opinar cómo debería hacerse esto o aquello. Falta humildad. Quinto: El crítico está acostumbrado a hacer devoluciones, pero se irrita si le critican su crítica, lo considera inadmisible (otro rasgo de soberbia). Habría que hacer un blog donde se analizara el trabajo de los críticos, se les explicara punto por punto en qué se equivocaron, y se les recomendara bibliografía. Lamentable el poco tiempo libre de que dispongo me impediría participar de una empresa así, pero sería algo muy útil para que la crítica crezca, se ponga a la altura de las circunstancias, y sobre todo sirva para lo que toda plataforma crítica debe servir: para poner en conocimiento de los lectores los procesos artístico-culturales que se están gestando en las diferentes regiones o países. De esa forma se contribuye también a la historia de la literatura.»

Alguien que maneja conceptos tan claros está lejos de ser un mero escritor alucinado. Pablo Dobrinin tiene una mirada muy lúcida sobre la literatura y el arte en general. ¿Y al final, no es esa mirada, plasmada a través del arte de su pluma, lo que hace único a un escritor? Quizás la razón de que Dobrinin sea un escritor irremplazable no es tanto que nadie podría hilar ficciones similares a las suyas —y menos con su estilo—, sino que la mirada atenta detrás se convierte en una herramienta viva, en un radar capaz de captar las más finas sutilezas y transformarlas en grandes murales homéricos con tan sólo el poder propio de quien sabe escoger y combinar las palabras como sólo un gran pintor podría.

[Sobre este articulo]

"Sexyfiction" pertenece a Rosas para Stalin, un e-book de descarga gratuita con 32 ensayos y artículos, escritos por Juan Manuel Candal entre los años 2006 y 2012 para diferentes medios: los blogs El fantasma de la libertad y Mil palabras no pueden equivocarse, el portal cultural Leedor.com, el periódico uruguayo La diaria y la revista literaria Otro Cielo, además de un texto inédito. 
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