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Apuntes sobre cómo revolcarse en la alfombra, mientras escuchamos música


“Canciones para rodar por la alfombra”, el último compilado del proyecto Amo descubrir canciones, es un compendio de nuevas melodías que rompe con el anonimato a pura descarga gratuita y calidad. Otra batalla ganada a las grandes discográficas.

Por Gastón Malgieri

Canciones para rodar por la alfombra cover artArranco esta crónica con dos puntos de partida prometedores:

Uno: el link que me ceden para acceder al material me lleva a un sitio encabezado con la imagen de una lámpara y la leyenda “Amo descubrir canciones”.
Dos: el disco que contiene las 12 composiciones sobre las que intentaré dar cuenta, se llama “Canciones para rodar por la alfombra”, y se me figura como toda una invitación lúdica que no recibía desde mis tiempos de plastilinas y papel glasé, en la seguridad artificial del jardín de infantes.

Pongo orden en los objetos que tengo al alcance de las manos. La taza de café, el encendedor, un block de notas que sirve solo como adorno. Quiero disfrutar este momento. Y sí, además tengo algunos síntomas de TOC (trastorno obsesivo-compulsivo).

Tercer reglamentario L&M encarnado en la comisura izquierda de los placeres (siempre), doble clic, auriculares desproporcionadamente enormes, un ventilador que no oigo y no apacigua el fuego serrano de mi Córdoba natal y la certeza de que algo bueno está por sucederme. Y para un pesimista crónico eso es éxtasis.
Pulso play.

Una respiración agitada marca el pulso y lentamente se escucha el punteo de una guitarra. Me sonrió. El ventilador gira inútil. Suena “Vaporcito” del zaragozano Bigott. Su pronunciación del inglés me recuerda al actor Sacha Baron Cohen. Pero la canción no es en clave “parodia” de nada, sino la picardía típica del español dándole belleza al comienzo del viaje.

Me propongo no adelantar los temas, ir desmenuzándolos con la lengua y transmitir esos acordes sobre la pálida blancura del documento de Word. Ahora sí tengo un plan de trabajo y tiene su propia banda de sonido. Un aparte no menor: descubro que el disco está producido bajo una licencia Creative Commons y que navega por diversos puntos del continente americano. Lo celebro bebiéndome todo el café que tibiamente se mezcla con la algarabía.

Me dejo llevar. No hay que adelantarse, dicen. Pero aparece Diosque y entonces. Se viene a mí la figura de Melero que tanto tuvo que ver en el surgir del cantante y me alegro de “la melancolía del futuro”. Folktrónica pampeana iluminando las tinieblas del living en madrugada desde el que escribo.

Digamos prejuicio. El tercer track arranca con la voz de Birabent a quien (en honor a la verdad) tengo ubicado en un espacio que poco o nada tiene que ver con lo que escucho. Se le han sumado las voces de Juan Ravioli y Marcelo Ezquiaga. Ante la necesidad de otro L&M, me fumo los preconceptos y me anoto como objetivo buscar, aunque tenga que rascar muy profundo, la distancia entre el objeto y mis oídos. El piano es embriagador. Punto para “Parte del minuto” de Birabentezquiagaravioli. Nota mental: rastrear dónde o cómo es que se generan mis antipatías si una canción viene a derribarlas tan fácilmente.

Cruzo montañas sin perder la pasiva postura de quien escribe. En los últimos años la música en castellano que he elegido descansa en la cuna transandina. Pienso en Fernando Milagros, en Población Parlante, en Denver. Son datos previos que alimentan la escucha, la adornan con posibilidades infinitas. La superposición de voces y sonidos sampleados hacen que por un rato no sepa bien si mi destino es el electro –caribe, o algún otro norte pentagramado sin nombre. Al final, el coro se transforma en palabra, y vuelvo a las certezas: Los Mil Jinetes (otro fichaje del sello Cazador), se afincan en la tierra de mis últimas incursiones castellanas: Chile.

“La canción que nunca me cantaste”, el reproche psicodélico de Florian Droids, suena a aquella música que abandoné hace unos años. Una música que me es lejana y sobre la que no puedo escribir gran cosa. Quizás algo tenga que ver (medito) con desconocer en absoluto la raíz sonora de las fronteras que contienen a la banda (Costa Rica). Nota mental Nro.2: la sinceridad ante todo. Para llenar de caracteres desapasionados los recodos virtuales del rock ya hay otras plumas.

Vuelvo a casa. Tendría que dormir un rato. Son las cuatro de la mañana. “Siempre escribo de más” dice Daniel Sacroisky, bajo el ropaje de su nuevo proyecto “Sacro & Los de Hielo”. Si una canción nos identifica o toca una vértebra inconmovible en nuestro esqueleto, es que quien la compuso logró trascender alguna barrera impensada. Sacroisky acaba de hacer eso con su canción “De pronto”. Hago trampa. Vuelvo a escuchar la intro una o dos veces. Podría ser una excelente nana para este cuerpo agotado.

Sigo disfrutando el viaje que me propone el disco, me digo en voz alta. La mitad del trayecto tiene perlas escondidas, y dan ganas de seguir avanzando. Es una buena señal. Me voy a Venezuela, otra tierra de la que desconozco por completo la armoniosa cepa que la compone. Ahí está Girasol Rojo y su “al cruzar la calle”, con una propuesta disruptiva: por un lado, una base de folk dulzón que viene bien en las alboradas del mundo, y por el otro una letra triste que atenta con ennegrecer la cadencia vocal de Linda Sjöquist. En la tensión de esos polos, reside la atractiva amargura de esta obra.

Cruzar el charco y esperar que del otro lado del río nos reciba Franny Glass puede ser un plan para mañana. Anoto y uso el plural porque sería genial que así nos pasara a quienes tengamos ganas de escuchar una y otra y otra vez la acústica humorada de Gonzalo Deniz. De no tener posibilidades de movilidad, otra opción es quedarse percibiendo los “Velos” de Che Che Che. Quizás con ellos venga la luz. O al menos eso parece.

Lo de los mexicanos Corazón Attack, me trae a la memoria a Juan Son y algunas de sus composiciones junto a Porter. Debo decir, ya casi arribando al final del recorrido, que me alegra que así sea. Porter fue una gran banda, y Corazón Attack también lo es.
Me quedo unos instantes pensando en las comparaciones. En esa necesidad de las comparaciones. Nada grave, solo una reflexión mientras asoma, por enésima vez, el sol de las mañanas. Por descuido, casi dejo pasar el sonido de los platenses “Canto el Cuerpo Eléctrico”. Al borde de la omisión, irrumpe el trombón de Gustavo Caccavo que me obliga a volver atrás y detenerme.

Soy curioso, debo decirlo. Es esa curiosidad la que me lleva a leer en la página de Facebook que tiene armada la banda, una declaración de principios que viene a colación de tantas cosas: “La cultura no puede ser de alguien: no le pertenece a nadie y por ello, nos pertenece a todos. Habrá que hacerse cargo”. Concuerdo. Eso no hace a la propuesta rítmica del grupo, me digo, pero sí al disco que la contiene. Hago una anotación al margen para un par de reglones futuros.

Pero antes, cierro el viaje/disco, con una escapada a Brasil. Siempre viene bien embriagarse con los deleites del portugués. Y ahí está Cícero, que arranca una canción de su disco “Canções de Apartamento” y la coloca como justo “bonus track”. Lamento no haberlo escuchado antes. Me alegra que este compilado me haya ayudado a descubrirlo.

Los renglones futuros prometidos, son puro presente. Reflexión final, mientras enciendo el décimo noveno cuerpo de nicotina: la cantidad de grupos y solistas que no llevan a nosotros por la lógica de las corporaciones discográficas y radiales viene siendo derribada por la lógica de discos como “Canciones para rodar por la alfombra” que rompen el anonimato a pura descarga gratuita. Porque es a través de esos intersticios donde aparecen una pluralidad de composiciones que, de otra manera, jamás escucharíamos. Levanto la taza de café vacía para celebrar estas batallas.

¿Tenés fuego? /

Sobre preguntas, imposibilidades y periodismo

A quince años de la muerte del escritor Osvaldo Soriano.
Por Gastón Malgieri





“(…) Talentosos o mediocres, pocos escritores quedan conformes con su obra recién terminada y de inmediato empiezan a reescribirla, a retocarla, a disecarla, a cortarla en rodajas. Siempre a solas. Porque un escritor está siempre igual de solo que un corredor de maratón. De esa soledad debe sacarlo todo: música celeste y ruido de tripas. Y también la peregrina ilusión de que, un día, alguien decida abrir su libro para ver si vale la pena robarle horas al sueño con algo tan absurdo y pretencioso como una página llena de palabras".


Osvaldo Soriano
"Soriano por Soriano"
Seix Barral, 2010




¿Qué pensaría el Gordo del “proyecto nacional y popular”? ¿Qué pensaría el Gordo de la transformación de Página/12, aquel “pasquín” que co-fundó en 1987, junto a Lanata y una cantidad innumerable de colaboradorxs cansadxs del periodismo amarillo? ¿Qué diría respecto a lxs trabajadorxs de prensa que no cobran sus notas o que son parte del mecanismo imbécil de la censura, en nombre de “la línea editorial”? ¿Qué hubiera dicho respecto del asesinato de José Luís Cabezas, de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán o de Mariano Ferreyra? ¿Y de la desaparición de Julio López o Luciano Arruga? ¿Qué pensaría de la apropiación del término “periodismo militante” por parte de grandes corporaciones de medios que confunden propaganda berreta, sin sustento y creada a partir de recortes discursivos, con escribir poniendo el cuerpo, haciéndose cargo de las ideas políticas, como hizo él infinidad de veces? ¿Qué pensaría de la lógica aniñada de Diego Gvirtz (productor de 678, Televisión Registrada y Duro de Domar) que, como un mal docente de periodismo, interpela a sus televidentes con recursos estilísticos de una escuela de Goma Eva por correspondencia? ¿Qué pensaría de “Carta Abierta”, de “Plataforma 2012”, de tanto intelectual “preocupado” por el correr de los acontecimientos?




Mar del Plata, la ciudad que nos vio nacer, se apropió de su nombre. Eso suele suceder con los muertos que reciben el mote de “ilustres” una vez que abandonan la superficialidad de la tierra. Esos muertos que, mientras erguían sus corporalidades difusas por sobre el horizonte del asfalto, eran ignorados con la misma meticulosidad con que un entomólogo disecciona una mariposa de Europa del Este.

La ciudad que nos vio nacer hizo de su figura — desdeñada durante años— esas calcomanías quita-sentidos que implotan una vez que nuestros caídos ingresan en la popularidad y la distinción berreta que genera la culpa judeo-cristiana.  



Fue luego de su muerte que la biblioteca pública del balneario que se ensancha con el calor del verano estampó con orgullo de boliche bailable en decadencia, y a través de la firma de la ordenanza lava-culpas de rigor, la nomenclatura en letra de chapa galvanizada de este hijo, que se dignaron a reconocer recién cuando el prestigio que les legaba cuadró con la chabacanería retórica de los programadores culturales del municipio. Esos mismos programadores culturales que tomaron prestadas sus señas de identidad para nombrar al premio municipal de literatura. Esos mismos seres nefastos que, en nombre de lo que ellos consideran “arte”, reparten subsidios y premios intelectuales para quienes se arrodillan ante sus puestos en los recovecos del Estado. Pues allí es donde se mide, desde el piso, a los famélicos artistas que arañan el reconocimiento que los lobos marinos se niegan a otorgarles. Ese reconocimiento que vale lo mismo que una foto entre el intendente fascista de ocasión y la vedetonga dictatorial que tapa su pasado con las plumas arrancadas de algún animal en vías de extinción. Todo sea, siempre, porque en Capital (la madre nodriza de todas las cosas) “nos vean”. Todo sea porque la lógica con la que se televisa el lanzamiento de la temporada estival, repetida en el caleidoscopio miope de la cadena nacional, llene nuestros anhelos de trascendencia lírica.


Nuestro único cruce se trató, en realidad, de un breve intercambio de gestos. Un instante, fugaz, sin demasiado contacto, en el que apenas medió un titubeante “gracias”, escupido con el mismo nervio de una groupie que quiere abrazar a su idolatrado adolescente tardío, vocalista proto-punk de una banda norcoreana que solo ella¸ en la intimidad de su cuarto pre-púber, escucha.

La escena podría construirse más o menos así: ella está temblando frente a él y descubre que exhibe pornográficamente los mismos alfileres de gancho en idénticos bolsillos rotosos de una camisa igual a otras tantas desteñidas por el apuro y el desdén de la anilina. En ese instante se le revela que ese hombre, al que le rinde culto, es tan terrenal y tan cercano como cualquier otro ser sobre la faz de la tierra. Y le enciende su cigarrillo, como si en ese gesto se le fuera la vida. Y en vez de esperar algún soplo de agradecimiento de su ídolo, es ella la que agradece la posibilidad de servirle la carencia de su encendedor barato con la torpeza que le hace parir su obnubilación.

En la vida real, hace 17 años atrás, Soriano daba una charla en el Aula Magna de la Universidad de Mar del Plata. Cuando terminó, y en medio de la marea de obsecuentes que siempre, por definición, circundan a las “estrellas”, el Gordo salió desesperado a fumar.

En nuestro cruce hubo un encendedor, el cigarrillo del proto-punk de la escena antes descripta era uno de sus eternos habanos, y tuve la vital impresión de que habría muchísimas cosas que hubiera querido preguntarle en ese momento con la excusa de encenderle el vicio. Pero jamás se las pregunté. Un encendedor (el único en una multitud) fue la excusa para mirarlo a los ojos y decirle en silencio que lo admiraba profundamente, mientras él encendía el tercer puro de la tarde.

Ese instante también es el único recuerdo de “cariño” que conservo de mi padre en los 19 años que compartimos juntos.  Fue él quien me dijo que el Gordo se presentaba esa tarde. “Viene a dar una charla el fulano ése que te gusta a vos”, dijo, como quien dice, “andá a comprar una docena de huevos y no vuelvas hasta dentro de un rato”.

Ese momento, ese “encuentro”, se conserva en mi memoria como algo iniciático, fundacional. Una especie de “a partir de ahora”.

Su charla en la UNMDP no pude dejar de verla como una hermosa ironía: el Gordo iba a hablar de su obra en el ámbito académico, donde fue (y sigue siendo) vapuleado por su descarnada visión del peronismo, por su prosa simple, porque insistía en reivindicarse periodista, porque insistía en decir (una y otra vez) que la literatura no le importaba  (mientras varias de sus obras se habían convertido en “best-sellers”) o simplemente por pereza intelectual de los llamados “canónicos” de las letras. El Gordo ocupó ese tarde un espacio que no le era incondicional, sino todo lo contrario.

Desde temprana edad comencé a sospechar del prestigioso y cuestionable tufillo que emana de lo académico. Desde temprana edad, y gracias al Gordo Soriano, comencé a sospechar de los tronos que se construyen a partir del simple papelito que avala y da autoridad moral a aquellos que miran por encima de sus títulos y condecoraciones.  Desde temprana edad, y a partir de ese simple gesto del Gordo, empecé a entender para qué sirven los títulos. No sólo los universitarios.

En la mochila llevaba una copia de la novela que había editado en 1990. El ejemplar de Sudamericana, con la imagen del viejo hotel rutero y el auto negro, temblaba dentro como una molotov a punto de explotar. “Una Sombra Ya Pronto Serás” fue el primer libro que me compré con mis magros ahorros de entonces. Y mi primer encuentro con la literatura.

No recuerdo demasiado de esa charla. Sí sus comentarios respecto a la falta de reconocimiento por parte de los académicos. Recuerdo perfectamente su “Qué se le va a hacer, ¿no?”.

Dos años más tarde, Osvaldo Soriano moriría de cáncer de pulmón. Y yo empezaría a construir en mi cabeza la idea de la soledad del artista, la idea de que el artista —como dice el epígrafe que acompaña esta crónica— está, por definición, absolutamente solo. Desde la soledad el escritor tiene que sacarlo todo. Incluso la secreta esperanza de que alguien, alguna vez, pierda su preciado tiempo leyendo lo que uno ha escrito.

Esa vez fui echado de mi casa por mi padre. Esa vez el Gordo ocupaba un espacio que le era ajeno. Esa vez le di fuego sin que mediase más que un tibio “gracias” balbuceado por mi boca adolescente. Y son tantas las cosas que me hubiera gustado preguntarle. Muchísimas. Varias de ellas están al principio de este texto.
Si hoy tuviera una posibilidad, por remota que fuera, seguramente le daría fuego, le diría que lo he leído (y lo seguiré haciendo), obviando la pacatería insoportable que me ha dejado su ausencia, y simplemente le diría: “Gordo, seguí escribiendo”.


Foto: Diario El Mercurio

Visuales: FotoBruta por Gastón Malgieri

FotoBruta es registro urgente.

Polígono de urgencia

pecados urgentes

milagros urgentes

urgencia criolla.

Aquí no hay estudio profesional, ni posibilidades tecnológicas. Hay algo de apuro barroco, de desaforado registro de lo que sucede delante de la lente.

Hay también, la necesidad de documentar. De estar allí donde las oficialidades niegan la historia, con la perfección quirúrgica con la que borran arrugas, defectos y pluralismos en pos del impoluto relato de "la verdad".

En tiempos donde la imagen es la prueba de los acontecimientos, FotoBruta busca ir allí donde también suceden cosas. Meterse en esos intersticios donde laten esas otras realidades que parecieran no importar. No como una pose, sino como una convicción.

La desesperación y el atropello de la urgencia por registrar. No ya como observador pasivx de la escena, sino como partícipe de la misma.

FotoBruta es fuera de foco, sobre-saturación de colores, desencuadre. Desprolijidad allí donde la técnica podría arrojar mejores resultados pero le quitaría sentido al relato.

Más de FotoBruta

Gastón Malgieri - Vals aullado en el muro / (Inédito)

Voy a escribir las notas de un vals en el pliegue lampiño de mis erecciones.

En el pentagrama de estas caderas, punzaré el bisturí humedecido en tinta asiática, que la alquimia habrá de convertir en sangre para que choree por los muslos tensos de corretear en el lodo / para manchar con lujuria, los colchones de los espantados.

Ya está decidido.

Que vengan los luthiers y las orquestas de cámara, a linchar mi espalda con la fusta furiosa de la incorrección. Que vengan a decirme que no puedo / ejecutar las armonías imperfectas del apetito.

Utilizaré la ira de mi ignorancia musical para hacer sonar las cuerdas, los bronces sucios de este amor, que no solo desafina el griterío de los fachos, sino también de aquellos preocupados por las teorías que acicalan nuestros cuerpos con la diversidad colorinche de una banderíta que me niego a sostener.

Con el bajo vientre inflamado, clamaré misericordia. No solo a los eclesiásticos abusadores, que esconden sus pulsiones bajo sotanas y sotanas de lienzo oscuro, sino también a los teóricos de la avidez, a los carnívoros del empalme, aquellos que publican ensayos en torno al contoneo de estos flancos; esos que no nos dignamos a leer, porque todo academismo se agota en la baba espesa de nuestro aullido.

Este tipo harto de darle marco teórico al discurrir del semen, en las sábanas que no nos importa haber elegido o heredado de genes emputecidos de otros insaciables, declara:

no ser hombre

ni gay

ni queer

ni marica

ni macho

ni "x"

ni "e"

Mientras arranco los primeros ronroneos
de un violín que apenas
si he aprendido a tomar entre mis manos,  
este cuerpo
este gajo de piel transpirada
este deseoso sin hipótesis,
ni jirón desprendido de un arco íris que solo provoca la lluvia
se declara
absoluto monarca de sus vibraciones y sus espasmos.

Y si para que quede claro
debo ponerlo en el empedrado escandaloso del muro
donde otros estampan su amor en aerosoles
expondré mis tactos enmudecidos
al bullicioso ladrido de la intemperie.

El estado de las cosas / (inédito)

En qué dios creer
mientras dura el temporal
y se arremolinan las dudas
         los cimientos
y vienen a impedir el abrazo
los déspotas de antaño, disfrazados
otra vez
de señores con conciencia de clase
que sus impuestos eximen
en las Fundaciones donde lucran la miseria
el frío
y las zapatillas de los otros
siempre los otros.

A qué deidad rogarle
las costuras de esos gajos
por donde se filtran los arroyos
y las mugres
en la foto de campaña
donde
la sonrisa límpida del candidato contrasta
con el amarronado
sepia porno/miserable del afiche.

Cuánto rezo idólatra habrá que escupir en los muros
para que alguien oiga el grito sesgado por los terraplenes
que impiden ver
el otro lado de la porfía
y salgan los cuerpos de los que no están
a reclamarle a las señoras indignadas de Barrio Norte
por tanto silencio cómplice
tanto silencio cobarde
tanto silencio atroz
que se expandía como un eco macabro
mientras las vedettes de turno
bailaban la danza del no me importa
en las luminosas marquesinas de la Capital.

A qué virgencita desatacosas deberé elevar
esta plegaria que implora
un respiro
un poco de luz,
en medio de tanta sombra siniestra
o qué hacer
con esta necesidad imperiosa
de abrazarme a la esperanza cristiana
en la contradicción
entre
el ateísmo de mi troska concepción del mundo
y mi necesidad de fe
con la que he salido a incinerar las cruces
los rosarios
        las estampitas
            y el manto sagrado de esas iglesias brasileras
                  que compré incrédulo
                      a través de un call center de capitales europeos
                         cuando necesitaba
                              como ahora,
                                 algo en que creer.

Qué haré entonces
con los recuerdos de mi niñez ficticia
en la que me escapaba al cine, a verle el bulto a  Warren Beatty,
en la versión cinemascope de Dick Tracy
y soñaba con ser,
la homologada reina del pop y la diversidad sexual.

Qué hacer,
con el anagrama de mi nombre
que ni siquiera sé si es mío
o es parte
de la nomenclatura perversa del fusil
y la histeria de clase media que blande
sus cacerolas Essen y sus cucharas de madera lustrosa
al son del agujereo de sus arcas extranjerizadas.

Y si no encuentro dios que
pueda descifrar los enigmas
en torno al perverso estado de las cosas,
qué haré con este remolino
con el enrulado devenir de la tristeza,
con la congoja que aprieta, pero también
         Oh Contradicción!
                     Libera.


En qué creeré ahora
                        que ha estallado el temporal.

El Duelo / del fanzine "Estrim" (2008)

Señor tiene que traerme: el primer orín de la mañana, y venirse en ayunas ¿sí? A lo sumo café, mate o té, nada de sólidos, menos en su estado. Y no se olvide el carnecito de la Mutual y la papeleta roja a la que le va a tener que adherir una foto 4x4 en el cuadrito que tiene en la parte superior. Si es antigua mejor. Mírela un poquito para tener presente cuál era su cara antes de todo esto, se puede llevar una sorpresa. El Formulario de Admisión lo pide en el segundo piso, tercera puerta a la derecha, pregunte por Liliana. Los días y horarios que puede retirarlo son: martes, miércoles y viernes de 12:45 a 13 hs. Por favor, complételo sólo con sus datos, no nos interesan los de su ex.

Déjeme decirle algo, en realidad, tampoco deberían interesarle a usted… ¿Quién soy yo para darle consejos?, me va a decir ¿verdad? No es que una quiera opinar así por opinar nomás, pero sinceramente, podría cambiar esa caríta, que como su caso, se imaginará que hemos visto miles, y a la final, como dijo la Mora Furtado, el tiempo lo cura todo. Ya va a ver. Además es joven, pintón … tiene toda una vida por delante.

Ahora que lo veo en detalle, hasta desahuciado parece atractivo. Que llamativo ¿no?

Esto que yo le digo es un pálpito, porque el diagnóstico se lo va a dar el dotor cuando vea los resultados de los análises, pero no le doy mas de dos o tres añitos de duelo. Es lo normal en estos casos.

De todas formas, eso es harina de otro costal.

Sigamos.

Además de la papeleta roja, el Formulario de Admisión, el orín y la fotito 4x4, tiene que traer: las cartas que nunca le escribió, las fotos de esos viajes no hicieron nunca, y si tiene alguno de los correos electrónicos que se enviaba con el otro, del que tampoco nos interesan los datos de filiación, y por lo tanto denominaremos durante todo su tratamiento como El Tercero, ¿esta claro?. En un sobre papel madera, debe adjuntarme los TDK60 esos que me dijo que le grababa con música que le gustaba sólo a él.

Después, con todos los resultados de los analises, me llama y saca un turno para el dotor. Dígale que viene a cerrarse el plexo.

Que lo dejó su chongo y que no para de llorar. Descríbale lo síntomas, más que nada lo que me contó a mí. Supongo que si le aclara que llora cada vez que ve una foto de Baby Etchecopar, lo interna sin preguntarle tanto. Y déjese de moquear mijito, que ya se va a poner bién.

Una última cosita. Al dorso de este formulario va a encontrar unas palabras que escribió nuestro primer recuperado. No las tome muy en cuenta, porque tampoco es tan real que se haya recuperado recuperado. Preferimos decirle así, sino se nos vienen encima los de la Auditoria del Ministerio de Salud a preguntarnos que qué hacemos con nuestros pacientes, y no es cuestión. Hay muchas familias que comen de estos subsidios, ¿me entiende?. Así que sin chistar me lee todas esas palabritas inspiradoras. Es una simple formalidad, la psicóloga seguramente le pregunte algunas cositas del testo.

Que tenga buen día. ¿Familiares de Robledo? 



Ya no quiero leerte…

o en todo caso, descifrar que.

caer en la cuenta que

no tenerme es

como empastillarte para no desear,

no vaya a ser cosa que te lo permitas y el INADI te sancione por puto. 

Ya no quiero

en la pana verde de tu devenir chic,

adivinar el signo del flácido tiro bajo,

que se me llene el culo de preguntas,

y caiga en la cuenta que

con el trip hop de este vínculo,

mientras musicalizábamos

el semen y las chirlos

con Into The Blue de Moby,

o desde que

tomar Rita Lín,

Buscapina,

IbuEvanol,

Bayaspirina C,

Dramamine,

o

porque sumado al abandono de la chica que te ayudaba en casa,

al raso mal estirado de la sábana,

al pegote en la pared del cuarto

que sin esponjita de metal

viene siendo

el cuadro de Minimal Art

que no me regalaste jamás,

porque no lo iba a saber apreciar,

dijiste,

atragantada la glotis de glande. 



Dejar la luz apagada, no querés

prendida, no querés

iluminando lo convexo

espalda con espalda

del silencio, no quiero

como mortaja

como insoportable repetición del repeat

¿Cómo lo inhabilito?. No puedo

No tiene pilas el control remoto.

No tenemos dinero para.


Ponés El Patinando

O tu idea del esfuerzo sobre hielo.

Embobado con el plástico de la porno miseria,

no querés hablar

no quiero hablar.


No quieras,

ojala nunca quieras.


Hagámonos zapping

del kamasutra

que la posición perrito,

abejorro en polen,

empleado de familiar empresa en quiebra

beneficiario de plan Trabajar en línea rojo,

ascendiendo,

se licue y nos confunda

y nos una,

como sí

formando el trazo único,

solo en la pizarra,

solo en la cama,

solo en la ducha,

en la cucha sólo el perro

o el buey bien mal

se lame,

se relame la herida,

el tajo.

solo,

como López Rega en el día del amigo

o más. 


Otro reality del expibe del cuarto G

y van,

dirá la del sexto

que dice la del quinto

que dijo la del segundo,

viuda y con todo el conchudo tiempo libre que puedas imaginarte

que pueda soportarme,

solo,

en la cucha,

que el de la administración

no quiere cojersela porque

las expensas.

Las demás sospecharían. 


Al que le cortaron la luz ¿vistes?

dirá que escucho decir la del sexto

a la del quinto con Syberian Husky incluido

que dijo la del segundo,

y, seguro que se gastó el sueldo…

Bah… Gastar, gastar, no.

Se droga.

En eso se gastará la güita,

seguro.

Puto y Falopero.

Parece que es así,

mira sino los cantantes pop,

y ahora el Vaticano,

dando explicaciones,

que no dejan en claro

cuál es la diferencia

entre el celibato y el punchi punchi.

Qué se yo por qué, 

será que como son raritos. 


El expibe del cuatro G,

con mas historial que un convicto,

un sufrido, sin mami desde nene.

En la primaria le tiró una silla a una maestra embarazada.

Se fugó de la casa, el padre desesperado.

Cómo sufrió ese hombre,

hasta el último día,

sólo, con tres criaturas ingobernables,

viudo, tan joven.

Y sí,

lo mínimo que podía pasarle es que alguno le saliera para el otro lado.

Una cosa no quita la otra.

La nena me contó,

vistes que hicieron teatro juntos,

la nena mía se recuperó de eso, igual

Parece que el padre…

y que por esos es el que peor de los tres quedó. 

Que pasará pensando el portero, ´

que le habrán dicho de nosotros

la del sexto

que alguna vez dijo la del quinto

que escuchó de la del segundo

que en el desfigure

de carita atormentada

porque otra vez me abandonaron,

no me acostumbro a la segunda del singular,

desencuadre de placer,

fuera de foco devenir en masturbación,

dicen que Mirtha sin Daniel no es Tinayre,

y si 

chau chau,

abandonarme es fácil,

sacás la basura,

un colchón que cortáste

como exorcizándote de,

date dos semanas,

caerás en la cuenta que

no tenerme es

como empastillarte para no desear

y listo.

No tengo que llorar me dijo el horóscopo de Clarín,

Sorpresa: alguien lo abandona. 

Después de todo, es probable que

las lágrimas no duren ni siquiera

lo que la crudeza cree que dura el desdén