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El amor y el espanto

Warnes, una obra del colectivo teatral El Arenal, conmueve mostrándonos con inteligencia, humor y desenfado los secretos turbios que se esconden detrás de la amistad de tres mecánicos de barrio. 

Por Cristian Franco


Biela carter pistón cigüeñal carburador: palabras que para la mayoría de los simples mortales son lejanos y brumosos jeroglíficos de un culto secreto. Los pequeños templos donde ese vocabulario cobra sentido están ahí, en cualquier barrio, cerquita, herméticos. Ignoramos sus dioses y sus mandamientos, desconocemos la cadencia de sus plegarias, las minucias de su liturgia grasienta. El taller mecánico es quizás uno de los pocos lugares que van quedando donde los profanos tendríamos que tener el cuidado de persignarnos antes de entrar. Y de rodillas.

Para asistir a Warnes hay que atravesar primero esa tierra sagrada; pisamos el templo, nos cruzamos con los oficiantes concentrados en su trabajo. El taller —herramientas, grasa, estanterías, repuestos, mate, mugre— es la escena mínima donde todo va a ocurrir. Para el Vasco, el Loro y el Bocha el taller es su único refugio. Afuera están las frustraciones, las pequeñas mentiras, los enemigos íntimos. Adentro son ellos los que mandan. Adentro está la amistad macha y juguetona, el disfrute radiante del trabajo en común, la tibia seguridad del nido donde todo está bajo su control. 

Al principio nos quieren hacer creer que nos vamos a encontrar con una acción meramente realista o costumbrista. Por suerte hay pequeñas fisuras que van a hacer que la escena mute y estalle en espejismos, delirios, simulacros. En Warnes (en la vida) nada es lo que parece. De a poco nos vamos a ir dando cuenta de que no hay palabra inocente, no hay gesto que no tenga su reverso pegajoso y tóxico. En el interior de ese reducto —típico ecosistema de una especie en irreversible extinción: el "macho argentino"— duermen secretos donde se entreveran con turbiedad la carne y el metal, el deseo y la máquina. Si de algo se trata Warnes es de cómo esa áspera simbiosis puede empezar a hervir hasta que los secretos despiertan y muestran sus dientes.

Escribió Sartre: El hombre es eso que hace con lo que hicieron de él. ¿Y cuando lo que nos hicieron vuelve y se hace presente, se hace llaga de nuevo? Capaz que no podemos sostener eso que pudimos hacer con lo que hicieron de nosotros. Capaz que descubrimos que solo somos eso que nos hicieron y no lo que torpemente pudimos hacer. Entonces algo se quiebra, algo se desarma. En esa hermandad carnal de los tres mecánicos, eso que los une también los envenena.

Sabemos que cuando el pasado se hace presente siempre tiene algo de repugnante. En Warnes el pasado que vuelve tiene nombre: Clausen. Cuando él llegue va a empezar la fiesta. Van a aparecer las máscaras (enmascararse es la única manera de purificarse y mostrar un rostro verdadero). Clausen, que es el pasado y es la muerte y es lo inmundo y la nostalgia y la adolescencia y el amor, llega para despedirse. El Bocha, el Vasco y el Loro tienen preparada para él —su profe, su compinche, su guía y mentor— la máquina que lo va a ayudar a cumplir un último deseo. Con cariño, pieza por pieza, la armaron para entregarla como una tierna y recia ofrenda ritual. Pero cuando la fiesta llegue a su clímax y las máscaras y el alcohol hayan hecho su trabajo, todas las caretas van a caer y lo tierno y lo aborrecible van a ser una y la misma cosa.

Hay mucho más para decir de una obra que hace uso de recursos múltiples —los elementos del taller se transforman para acoplarse a la acción dramática, la música aparece cortando y reemplazando el fluir de la trama— para arrastrarnos a un carnaval donde el humor y el drama unidos con pericia nos tejen nudos en la garganta. Por momentos realista y contenida, por momentos, onírica y desaforada, Warnes corre el riesgo de poner en escena un tema difícil y tabú de una manera que busca salirse de los códigos tradicionales para así perturbar mejor nuestras conciencias.

En definitiva, si la historia del Bocha, el Loro y el Vasco nos interpela y nos conmueve, es porque todos no deseamos en realidad más que una sola cosa, sencilla y ardua: que nos traten suavemente…

[Funciones]

Martes y Jueves 20:30 hs.
Club Cultural Matienzo - Pringles 1249, CABA.
Entradas: general $50 / estudiantes y jubilados $35
Reservas: teatro@ccmatienzo.com.ar 

Ojos ciegos bien abiertos

Moviéndose en dos paradigmas bien distintos como lo pueden ser el hostigamiento a una mucama y el asesinato a Mariano Ferreyra, Parpadeá, si me escuchás denuncia las irregularidades del mundo laboral y remarca la importancia de la organización entre los trabajadores.

Por Nicolás Gallardo

Esperando a que el reloj marcara las 17 hs. el domingo en el teatro Paraje Artesón, el análisis del público que estaba por ver la nueva obra del grupo Morena Cantero Jrs. resultaba ineludible: remeras anunciando que el militante asesinado del Partido Obrero (PO), Mariano Ferreyra, sigue presente o prendedores con su ya inconfundible grafitti eran parte del atuendo de más de la mitad de las personas que esperábamos para ver Parpadeá, si me escuchás. Todos los allí presentes sabíamos que estábamos a punto de rememorar gran parte de los sucesos ocurridos aquel 20 de octubre en la estación Avellaneda del Ferrocarril ex línea Roca, pero lo que más intrigaba era saber cómo iban a terminar siendo abordados.

Una vez en la sala nos encontramos con una escenografía inesperada. Resulta complicado dilucidar si estamos en el lugar correcto al ver una bola de cristal que arroja haces de luz de diferentes colores, por ejemplo; o cuando la primera actriz aparece en escena vestida como pitonisa, más dispuesta quizás a tirarnos las cartas que a contarnos lo que vinimos a presenciar. De todas maneras, al oír el tema principal de la película El Padrino, nos damos cuenta de que no nos equivocamos de teatro y escucharemos la historia de una mafia. La temática ferroviaria comenzará a emerger cuando distintos espíritus hablen a través de Aschira, la mencionada mujer, y quienes tienen contacto con ella. 

El elenco se luce con su polivalencia actoral, dado que no siempre serán poseídos por las mismas fuerzas. La mucama de Aschira, María Luisa, será simultáneamente tanto la madre de Mariano como también una compañera del PO; lo que ya se suma a su papel de ama de llaves. Gracias a estas intervenciones escucharemos testimonios que ayudan a conocer la persona que fue Mariano en su infancia y adolescencia. Un joven afiliado a la temprana edad de los 13 años que, aunque tuvo novias y amigos que no apoyaban su militancia porque “no parecía aportar ningún beneficio aparente”, siempre sostuvo hasta el último aliento la cosmovisión del mundo que adquirió por pertenecer a un partido laborista y la necesidad de sobrevivir para seguir luchando que inculcaba a sus compañeros.

Si bien en una primera instancia el panorama puede llevarnos a pensar que los dueños de esta casa no son los destinatarios originales del mensaje, nos percatamos de lo oportuno que resulta cuando conocemos a Atilio (esposo de Aschira), quien tiene contratadas tanto a la mucama como a una cadeta, y las trata con autoritarismo y desprecio. Desde ese momento no resultará complicado para el espectador descifrar quién de ellos representará, en la próxima transmigración de almas, al grupo de militantes/tercerizados y  quién a los dirigentes de la Unión Ferroviaria.

Sin embargo los espíritus interpretados por Ariel Aguirre y Pablo Blanco –entre otros- harán hasta lo imposible para que los residentes del hogar no puedan hacer oídos sordos. Disfrazados de personajes épicos como Teseo o el Minotauro, pareciera que la metáfora consiste en desplazar el hilo guía de Ariadna por ese intrincado laberinto que puede llegar a ser la precarización laboral.

La obra dirigida por Luciana Morcillo e Iván Moschner busca, tomando la figura paradigmática de Mariano Ferreyra, echar luz sobre las injusticias que sufren cotidianamente todo tipo de trabajadores y moviliza a agruparse para luchar contra ellas. Con actuaciones y registros sonoros que recrean el asesinato en forma conmovedora, Parpadeá, si me escuchás da cuenta de que crímenes como éste no deben quedar impunes y que sólo será posible conseguir justicia si tenemos los ojos bien abiertos.

[Funciones]
Parpadeá, si me escuchás se presenta los domingos a las 17 hs. en el teatro Paraje Artesón (Palestina 919) con entradas generales a $50.

Como pez fuera del agua

Con las actuaciones impecables y perturbadoras de Eliana Wasserman y Sofía Guggiari, bajo la dirección de Juan Washington Felice Astorga, la última obra de Norman Briski nos sumerge en la existencia absurda de dos seres míticos exiliados en una terraza cualquiera de Buenos Aires.

por Cristian Franco


Hubo un filósofo que una vez dictaminó algo que parece una pavada, pero que pensado con cierto detenimiento da un poquito de vértigo: Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida. Extraña inversión (primero el lenguaje, luego la vida) que es una marca de nacimiento de nuestra cultura: en el principio fue el verbo. No hay más que cambiar en esa furtiva intuición de Wittgenstein “imaginar” por “crear”, para llegar a lo que nos interesa: el dramaturgo se hace demiurgo, su palabra da-a-luz.
50 nereidas es un intento de hacer palpitar como un cristal intocable esa exigencia que está en el núcleo de todo arte auténtico: construir un lenguaje para dar vida. Más aún: las dos protagonistas fueron creadas por ese lenguaje primitivo y voraz, y las palabras que pronuncian (que son las nuestras, pero que en sus labios se vuelven irreconocibles, rotas, perturbadoramente extranjeras) son lo único que las hace existir. Esas dos nereidas exiliadas que se secan fuera del mar están hechas de un barro verbal delirante y exquisito. En ese techo de algún edificio de Buenos Aires, que es su prisión y su jardín, no hacen otra cosa que hablar para no extinguirse. Para adaptarse a su nuevo hábitat la única esperanza es anular el silencio áspero de la ciudad con ese diálogo insomne que oscila entre la ternura y la desesperación. Y en el centro —luminosa, insoportable— una claraboya que es una pecera y es un nido y un mundo y una tumba.
El desafío para el espectador es el mismo que propone todo (buen) poema: asistir al desborde de un idioma que es familiar y desconocido al mismo tiempo. Lo que sabemos (lo que idiotamente creemos saber) no nos sirve para atrapar el sentido de las palabras, hay que humillarse y desaprender; atender no al significado sino a las modulaciones, la respiración, los tonos, el ritmo. Dejarse deslumbrar por las palabras como si fueran insectos inexplicables. Entonces precaución: con 50 nereidas “entender” no es la cuestión. Claro que “entender”, cuando de arte se trata, es una palabra un tanto insuficiente. La verdadera obra de arte está siempre un poco más allá de eso que podemos captar con el entendimiento, o por lo menos con esa forma de entendimiento que aplicamos para aprender la regla de tres simple o la diferencia entre sujeto y predicado. No se trata, pues, de “entender” sino de “experimentar”. No interpretar, no decodificar, algo más sencillo: abrirse a la incertidumbre y al extrañamiento, dejarse poseer por ese lenguaje desbocado, resplandeciente, impenetrable. 
Esos cuerpos torpes e incompletos que se mueven en escena —sus vestiduras están hechas de jirones mustios, de retazos incoherentes— no guardan ya nada de su antiguo esplendor. El exilio quiebra. El exilio pudre. El exilio borra. Inmortales todavía, lejos de su mar no son otra cosa que voces que se retuercen mordisqueadas por recuerdos inútiles. Ellas esperan, pero saben que el futuro está hecho con las ruinas de la memoria. Desde su pequeño lugar las nereidas intuyen la presencia opaca de otros seres, distintos pero también atrapados, también secándose: la pecera es reversible, no hay lado de afuera. Nos asfixia el mismo aire, la misma soledad… En la ciudad nada hay para ellas (nada hay para nadie). A lo lejos, una cúpula extraña se pierde entre los edificios: les llegará desde ahí la única voz humana, plena de podredumbre y superchería. Contraste central en la obra: la lengua sucia de los seres humanos —lengua cubierta de nieblas y venenos— se opone a la pureza hermética de la voz de las nereidas.
Vuelvo a Wittgenstein para que me ayude a cerrar: De lo que no se puede hablar, mejor es callar, dijo. Tendríamos, tal vez, que haber empezado por ahí. En realidad cualquier cosa que se diga sobre 50 nereidas no llega siquiera a rozar su verdadera substancia. Para saber de qué se trata hay que experimentarla y purificarse: cuando termina tal vez un pequeñísimo silencio interior te acompañe por ese pasillo que te devuelve a la calle y el ruido y la irrealidad.
Si lo sentís, quiere decir que entendiste.

[Funciones]
Viernes - 21:30 hs  (hasta el 29/11/2013)
Teatro Calibán - México 1428 PB 5
Reservas: 4381-0521 | 4384-8163
Web: http://www.teatrocaliban.blogspot.com

La célula canibal


Siameses, historia de una familia normal, busca examinar con minucia e inclemencia la materia extraña de que está hecha esa cosa que llamamos “familia”. 

por Cristian Franco
 
La familia siempre es el tibio lugar de la pesadilla. Por algo en Argentina nuestros miliquitos la sumaban en su álgebra siniestra a esas otras dos alucinaciones hermosas: dios+patria+familia=pesadilla perfecta. La familia es la célula fundamental de la sociedad, nos dicen. Claro que nadie aclara que se trata de una célula deforme, metastásica, delirante, caníbal.

Mamá, papá y los hijos. Lugar común, lugar trillado: siempre una tentación, un peligro, una trampa inevitable. Si el teatro no puede dejar de repetir la novela familiar es porque todos estamos encadenados a esa escena. Es el único lugar del que nadie escapa nunca. Tal vez por eso Siamesesenfrenta el desafío con una mueca de desdén. Es inútil asustarse de una trampa de la que no se puede escapar. Mejor reírse de esas cadenas y sacarles el jugo.

En Siameses es más importante lo que se muestra que lo que se cuenta. Contarla es fácil: un día un tipo se encama con una manca y ese polvo sin amor engendra unas lindas siamesas. Mamá, papá, dos nenas. La familia ideal. La obra nos hace asistir, como en un sueño sombrío y claustrofóbico, a esa intimidad resquebrajada: la mamá aburrida que mira la tele, el papá cansado que llega del trabajo, las hijas desobedientes que ponen la mesa para la cena.

Hasta ahí, pues, todo en orden, todo insignificante. Es el trabajo sobre la forma lo que hace de Siameses una obra distinta, hipnótica. No interesa tanto que las hijas sean unas siamesas un poco tontas, que la mamá no tenga brazos, que el papá sea un boxeador frustrado que imita a Rocky Balboa. Lo que importa es cómo nos muestran esa pesadilla de la que no pueden despertar y que también es nuestra pesadilla secreta e inextirpable, aunque no seamos una mamá manca y borracha o no tengamos una hermanita pegada al costado.

De ese trabajo —múltiple, meticuloso, perturbador— sobre la forma, elijo la luz como uno de los ingredientes fundamentales de la apuesta. Porque va más allá de la mera ‘iluminación’: la luz no solo enfoca o ilumina, sino que transforma, expande, encierra, habla, carcome, desfigura. La luz circula por toda la obra como una magia que hace mutar las palabras y los gestos. Las frustraciones de los cuatro, sus ilusiones podridas, sus vidas mutiladas, nos llegan teñidas y transfiguradas por las maleables formas de la luz. Como si esa fuera su verdadera sangre.

Dije antes que lo que importa es lo que se muestra(y cómo) más que lo que se cuenta. No hay en Siameses eso que propiamente llamamos narración. Es más bien, se me ocurre, como poner el ojo en un microscopio: tenemos ahí un minúsculo ejemplar en estado puro de esa célula sagrada que llamamos ‘familia’. Durante toda la obra asistimos a su metabolismo nefasto: lento, mórbido canibalismo que los personajes ejercen sobre los otros en cada escena. Un organismo que se autofagocita para no desaparecer. Los diálogos y monólogos —son crudos, son frenéticos— están hechos de los jugos de esa desintegración perpetua.

Claro que hay mucho más de lo que deja relucir este punteo escueto. Algunas imágenes se me quedaron grabadas, como si las hubiera soñado: el papá prestándole las manos a la mamá para comer; las siamesas escondidas debajo de la mesa, tramando su fuga, alumbrándose con una linternita, llorando; la mamá erguida sobre la mesa, convertida en efímera reina, decadente y patética. Escenas en las que hay un exceso que las aleja de la simple anécdota o del cuadro costumbrista, un grotesco tenue que se cuida muy bien de caer en la parodia.

Hoy que ya casi nadie parece recordar que en arte el realismo no es más que una ilusión inútil y apolillada, hay que celebrar una obra que se atreve a ser algo más que pobre "representación". Divertida, irónica, procaz, Siameses está construida para enfrentarnos con las minúsculas carencias y frustraciones de las que estamos hechos. Un microscopio-espejo: queremos mirar y lo que vemos no es otra cosa que nuestra propia mugre.

Y la mugre, cuando es esa que guardamos bien adentro, siempre asusta un poquito.

[Ficha técnica-Artística]
Dramaturgia: Felipe Rubio.
Dirección: Felipe Rubio
Actúan: Jimena García Conde, Mariana Soledad Giménez, Lizzy Pane y Julio Rosenberg.
Diseño de iluminación y concepción del espacio: Gonzalo Velozo y Felipe Rubio.
Asistente de dirección: Luz Moreira.
Vestuario: Mariana Arzola
Prensa: Correydile

[Funciones]
Viernes - 22 HS.
Patio de actores - Lerma 568
Reservas: 4772-9732

Creencias enceguecedoras

La vida de campo, los quehaceres hogareños y una moral cristiana de antaño confluyen en Las Bridas, permitiendo la entrada de unas supuestas parientes lejanas que parecieran estar buscando algo más que un alojamiento temporario.

por Nicolás Gallardo

Apenas uno termina de acomodarse en la sala del Belisario, las tenues luces que nos recibieron segundos atrás se apagan para dejarnos algún tiempo a oscuras. Veremos a continuación dos velas, se oyen los susurros de sus portadoras, que se dirigen hacia lo que pareciera ser una mesa y se guarecen debajo de ella. Una de las dos comienza a recitar el contenido de una novela: el momento en que una de las protagonistas mantiene el primer contacto íntimo con su ser amado. Leen apasionadamente, pero al mismo tiempo con cierto pesar, dado que están convencidas de que ellas nunca podrían encarnar una historia semejante. ¿Qué es lo que las imposibilita? Probablemente Elizabeth, la hermana mayor, a quien le esconden la lectura de estos textos que pudiera llegar a tildar de subversivos. Ni bien escuchan su voz, ellas salen de su ensoñación y vuelven a desempeñar las labores para las que “han sido creadas”. Imbuidas por una doctrina católica fuerte, las hermanas – con papeles a cargo de Débora Testi, Vanina Ferreyra y Natalia Franco- únicamente se permiten cuidar a su padre inválido y mantener el hogar en condiciones antes de que la luz del sol las abandone.

Mientras las hermanas siguen con sus tareas, podemos escuchar unos ruidos provenientes del exterior de esta casa rural. Elizabeth, que mantiene una escopeta siempre al alcance de su mano, se aventura hacia la entrada del lugar. Entran en escena dos mujeres más -interpretadas por  Celeste Monsú y Pilar Boyle- portando una muñeca, dicen ser las ‘primas de Buenos Aires’. Si bien ninguna de las hermanas del campo las recuerda, las dejan entrar porque una de ellas fue mordida por un animal fuera. Hablan, además, de un incendio que las dejó sin hogar. Todo pareciera indicar que llegaron para quedarse.

El público podrá notar, sin embargo, que las recién llegadas distan mucho de ser solamente gente de ciudad. Movimientos frenéticos de cabeza, miradas fulminantes y comportamientos poco usuales marcarán que estas chicas padecen de algo más que la pérdida de una casa. De todas maneras, pareciera que la vorágine del día a día tiene absortas a las anfitrionas, a tal punto que ni siquiera registran los atípicos modos de sus residentes, que se aprovecharan de su despiste para proceder con su plan: apropiarse de sus cuerpos. Sucede que estas extrañas conductas encuentran su por qué de ser: las autoproclamadas chicas de la urbe, inclusive la muñeca, son en realidad almas demoníacas en busca de cuerpos con más energía; y este trío de hermanas atareadas han sido escogidas como sus nuevas víctimas.

Las Bridas, dirigida por Julieta De Simeone, sorprende por la eficacia en el cumplimiento de su meta. Como espectadores rápidamente vislumbraremos los paralelismos de esta obra con el cine de terror contemporáneo. Mediante efectos especiales de iluminación para los momentos de traspaso de almas, sangre en apariencia creíble o saliva blanca y espesa para demostrar la confusión y rabia de las atacadas se logra un paquete de recursos estilísticos que -junto con la acertada musicalización original de Facundo Mazzotta- consigue mantenernos en un estado de tensión constante. Todo esto, sumado a la polivalencia de las actrices que hacen tanto de muchacha dócil como de femme fatale (en el sentido más literal de la expresión), obtiene como resultado un cóctel aterrador que sólo los más valientes se atreverán a degustar.

[Funciones]

Las Bridas se presenta los sábados a las 21:00 hs en el Club de Cultura Belisario (Av. Corrientes 1624), con entradas generales a $70 y $50 para jubilados y estudiantes (presentando certificación vigente).

El amor enferma alguna vez

La obra Amor de mis amores, de Cristóbal Jodorowsky, se estrenó el domingo pasado en el Treatro Sha. La puesta en escena es el resultado de una búsqueda experimental que enlaza el psicochamanismo, la psicomagia y la expresión teatral.

Por Nadia Sol Caramella

ph: Cintia Poli
Desbordarse. La puesta comienza con un acto de psicomagia real, un hombre se enfrenta a su genealogía familiar, rompe las cadenas simbólicas que lo unen a su pasado, intentando así, con la puesta en acto, demoler sus traumas, la herencia anclada en la oscuridad de su propio inconsciente. La genética como memoria. La obra teatral como rito.

Exorcizar. Amor de mis amores experimenta sobre las bases dramáticas aprendidas en las escuelas de Stanislavski y Grotowski. Si en estas escuelas existe un alto grado de compromiso del actor con su cuerpo, sus emociones y su público, esta obra pretende encontrar en la unión de las emociones surgidas de las vivencias reales de cada actor, materia de expresión, que sea capaz de atravesar el escenario y convoque al público, desde lo emotivo. Lo racional queda de lado. La puesta pareciera operar en el inconsciente,  apela a lo instintivo.

El lenguaje de los sueños. Lo onírico, la palabra ausente, porque el teatro comienza donde la palabra es insuficiente: yuxtaposición de imágenes, pequeños núcleos dramáticos que van de un extremo a otro, de un registro a otro, de la comicidad al drama. De una falsa paz sublime al caos enérgico de las relaciones humanas. Con este lenguaje surrealista y esotérico la puesta avanza a un ritmo voraz, se produce una alianza profunda entre los dieciocho actores en escena y los espectadores. Los actores encarnan los arquetipos del amor pero también son los chamanes encargados de romper los moldes tranquilizadores del mundo en que vivimos.    

En acto. La estética es la del melodrama pero atomizada por las técnicas del teatro de variedades. La hipérbole como figura que opera en la discursividad de la obra. Lo lúdico y lo circense como motor de reflexividad. El drama como lenguaje orgánico que le habla a los cuerpos. Lo corporal como emisor y receptor de esas vivencias. La mente olvida pero el cuerpo resiste. Lo simbólico de cada acto opera infatigablemente sobre el inconsciente  Porque son las imágenes las que revelan nuestra estructura emocional, así funciona el inconsciente y el lenguaje. Por eso, la psicomagia, técnica desarrollada por Alejandro Jodorowsky, -padre de Cristóbal-, apela a la escenificación de lo simbólico para erradicar los traumas de ser humano, buscando su transformación positiva.

Transformar. Buscar en el acto colectivo frente al espectador una práctica profunda de sanación, al menos eso es lo que afirma el director cuando se refiere a la finalidad de su creación. La banda sonora de Amor de mis amores es la encargada de enfatizar los matices de esa sanación. Todo muta bajo la reglas de lo efímero, incluso los objetos de deseo, así como también los roles en la pareja, que es concebida en un sentido amplio y diverso.

Un oso rojo para tu soledad. La búsqueda de un amor ideal. Un coro de personajes van de un lado a otro aferrados a sus ositos rojos, objetos fetichistas que simbolizan la falta de un amor edulcorado. Interpelados por un imaginario romanticista, corriente estética y política de finales del siglo XVIII que todavía nos atraviesa, estos personajes van dejando su vida en pos de un ideal. Pero, la puesta pretende romper con esos esquemas del amor idílico. En el transcurrir, hay una toma de conciencia de la irrealidad de esa búsqueda. Se produce una mutación donde el amor se presenta como acto individual y colectivo, simple, concreto, cotidiano y sin ornamentaciones melodramáticas. Los osos rojos son dejados a un costado. Algo nuevo emerge: el “yo” como saldo de esos encuentros y desencuentros. El amor propio, que no es otra cosa que amor a la humanidad, como promesa y enseñanza última.


Si “el amor enferma alguna vez” habrá que curarlo de simulacros. Solo la emoción genuina busca en el amor su fundamento, y este se traduce en silencios, el silencio cósmico: un corazón lo mismo que una piedra pide amor. La imaginación se expande cuando encuentra en el silencio una respuesta. Amor de mis amores invita al silencio y, encuentra en él, la transformación.

[Funciones]

Amor de mis amores  se presenta por cuatro únicas funciones: domingos 8, 15, 22 y 29 de Septiembre a las 20.30 hs, en el Teatro Sha -Sarmiento 2255 C.A.B.A-. Entradas $100

Rebuscada tu respuesta, tanto como tu cabeza

Siguiendo reflexiones de Alejandra Pizarnik, Agua para Alejandra nos invita a formar parte de un intrincado debate introspectivo en la mente de una joven poetisa.

por Nicolás Gallardo

Damos un pequeño consejo para todo aquel que concurra al Teatro El Grito un viernes alrededor de las nueve de la noche: pida pasar al baño. De esta manera tendrá la oportunidad de inspeccionar anticipadamente el escenario en el que pasará la próxima hora.

Así es. Agua para Alejandra transcurre en un baño, o también podríamos decir que en varios baños. Pero esta teoría se ve refutada cuando vemos que los actores ejecutan a distintas facetas de la persona de Alejandra. Ellos mismos se consideran piezas de un rompecabezas, pero de uno inacabable, dado que nunca se unen para un mismo fin.

La obra dirigida por Florencia Berthold, quien también es responsable de la puesta en escena, aprovecha cada recurso que este teatro taller le brinda. Se usan los ya mencionados baños, las ventanas y escaleras del establecimiento; todo sirve de escenografía, y se ve exaltado por iluminación encargada de enfatizar. La síntesis de todos estos elementos da como resultado un ambiente onírico, surreal, que nos permitirá no sólo ser espectadores activos de la psiquis de Alejandra, sino que también recibiremos  imágenes de alta belleza estética.

Un tema recurrente en esta historia es el agua. Los distintos álter egos de la protagonista la ponen en un lugar especial. Mientras los pensamientos sobre la identidad, la sexualidad, la pérdida de algún amor y la angustia van aflorando, la posibilidad de sumergirse de una vez por todas aparece en forma tentadora. Se adapta a cualquier persona, es indefinida, carece de juicio. Si hay algo en que todas las “Alejandras” coinciden es en las bondades del elemento.

Agustina Montiel, Lucila Németh, Clara Murgia y Nicolás Deppetre –responsables de personificar a las distintas partes de la protagonista- respetan sus roles con gran maestría. Gracias a sus intervenciones quedará más que claro que Alejandra tiene lados racionales y otros que se rigen únicamente por la pasión. El conflicto constante que logran mostrar, sumados a unos más que bienvenidos números musicales, parecieran confirmar una de las tantas tesis de Pizarnik: frente al “inagotable murmullo (que) nunca cesa de manar” dentro nuestro, resulta difícil determinar si el silencio en verdad existe.

[Funciones]

Agua para Alejandra se presenta los viernes a las 21:30 en el Teatro Taller El Grito (Costa Rica 5459). Entradas generales a $60, estudiantes y jubilados a $40.

Tu amor, mi enfermedad

Con un encierro ininterrumpido como excusa, Pollerapantalón nos muestra como muchas relaciones se pueden tornar aún más enfermizas que los males que queremos soslayar. 

por Nicolás Gallardo 

Es invierno. Aunque mucho no importa, dentro hace calor. ¿Para qué salir y permitir la posibilidad de contagiarse algo? Por esta lógica se rigen los personajes de Pollerapantalón, la obra escrita y dirigida por Lucas Lagré. Se comenta que fuera hay una gripe de las más letales, pero tiene la particularidad de ser contagiada únicamente por hombres, lo que obliga a los hermanos Leonor y Manuel a quedarse puertas adentro, cuidando tanto a su madre como a ellos mismos. 

Leonor, ante la situación que les toca en suerte, se pone en el papel de centinela: Manuel no debe salir. Él es el único de la casa que puede contraer la gripe y existe el peligro de que pueda hacerla entrar en la casa. La veremos con una responsabilidad un tanto subida a la cabeza. Tal es así que hasta maquillará y disfrazará a su hermano de mujer cada vez que estornude o se quede dormido, esperando así “engañar” a la gripe. 

A medida que la ejecución avance, notaremos que no solamente es Manuel quien cambia de ropa y estilos de peinado: Leonor también se irá vistiendo como un hombre. Al creerse responsable del cuidado de su hermano y verlo tan frágil, el personaje interpretado por Bárbara Massó comenzará a usar las prendas de su difunto padre –antes destinadas para Manuel- y se creerá “el” jefe de la familia. Manuel sufre al verla así, obligándolos a travestirse y actuando como sus cambios de actitudes fueran de lo más normales. Es por eso que Mauricio Vila, quien lo encarna, nos hace saber que ya ni tiene fuerzas para mirarla fijamente a los ojos.

En la sala del teatro La Tertulia veremos poco más que una silla y una puerta móvil que nos marca los límites del cuarto observado. Los personajes construyen la trama propuesta mediante expresiones faciales, corporales y sentidos relatos tan acertadamente que pareciera que no hiciera falta nada más. 

La obra de Lucas Lagré cumple su cometido. Pasaremos una hora en un ambiente agobiante, de esos que agradeceremos que sólo existan como un escenario ficcional. Con recursos prácticamente nulos los actores ayudan a materializar esta tragicómica historia, y consiguen tanto nuestras risas como hacernos pasar momentos de gran incomodidad. Al espectador no le costará gran trabajo ponerse en lugar de Manuel, para preguntarse si salir y correr el riesgo de estar engripado no terminaría siendo más saludable que vivir en esos cuartos cada vez más estrechos. 

[Funciones]
Pollerapantalón se presenta los domingos a las 20:30 hs. en el teatro La Tertulia (Gallo 826). Entradas generales a $70. Jubilados y estudiantes a $50, presentando certificación vigente.

Pop para divertirse

Usted está aquí propone un recorrido atípico, dejando que su público adquiera un rol altamente protagónico, y logra una propuesta que marca la diferencia en la escena teatral actual.

Por Nicolás Gallardo

Ni bien uno llega al Centro Cultural Konex y consigue su entrada, somos invitados a formar una fila para poder apreciar una obra de la que mucho se espera, pero poco se sabe. Escucharemos especulaciones y teorías acerca de lo que va a suceder en instantes por los que serán nuestros compañeros de grupo, aunque la única certeza que se tiene es que nos dieron la consigna de concurrir con ropa cómoda.

Los murmullos se verán interrumpidos por una azafata que anuncia el comienzo del espectáculo y nos recuerda que nada de lo que estamos a punto de ver se encuentra sujeto a un pacto de confidencialidad. Dicho esto nos hace dar la vuelta y caminar media cuadra por la calle Sarmiento, abandonando la clásica entrada al Konex. Esta vez nuestra aventura empezará por un lugar impensado, y anticipamos: no será la única sorpresa.

Con una promesa que impide la divulgación mediando no podremos contar mucho de lo que pasa en este extraño establecimiento, pero sí comentar que Usted está aquí permite a sus espectadores formar parte activa en su desarrollo. Con una cuarta pared inexistente, los más de treinta actores participantes nos harán preguntas, exigirán respuestas y hasta obligarán a bailar a más de uno para abandonar todo tipo de inhibiciones. Esto hace, además, que cada función sea única y que los actores deban improvisar conforme a nuestras intervenciones; tarea que desempeñan con versatilidad y maestría.

Estaremos frente a personajes e instituciones estereotipados en exceso, pero es esta característica la que nos habilita traer a colación gran parte de nuestro imaginario popular. Nos veremos reflejados en algunos de ellos, y otros nos recordarán a conocidos y personalidades varias. El ”estar ahí” también se vuelve posible gracias al increíble trabajo de escenografía a cargo de Valeria Martínez y Jimena Gaillour, con ambientaciones bien resueltas y un muy eficiente aprovechamiento del espacio provisto por el centro cultural.

La propuesta de Natalia Chami y Romina Bulacio Sak es una invitación al entretenimiento; a dejar que toda idea y movimiento fluya por una noche sin prejuicio ni peligro alguno porque, a fin de cuentas, se supone que nadie puede comentar palabra alguna cuando el acontecimiento acabe. Una experiencia ideal para concurrir acompañado por personas que estén dispuestas a encarnar muchísimos personajes en un entorno que invita al delirio. Nos encantaría contar mucho más, pero quien escribe también accedió al contrato.

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Usted está aquí se presenta los martes y miércoles a las 20, 20:30, 21 y 21:30 hs., en el Centro Cultural Konex (Sarmiento 3131). Se recomienda concurrir con calzado cómodo, dado que hay que caminar la mayor parte del tiempo. Por el mismo motivo las personas con movilidad física limitada podrían tener inconvenientes en el seguimiento del espectáculo

Lunas de sangre

Poeta en Nueva Yorkconsigue hacernos entrar en un grado de aguda reflexión, transitando por problemáticas que van desde el miedo hasta las diferencias de clase.

Por Nicolás Gallardo

Antes de contar de qué va esta obra, es preciso contextualizar el particular período histórico y biográfico por el que estaba transitando nuestro protagonista. Escucharemos hablar a un Federico García Lorca al que le ofrecen un puesto de trabajo en la Universidad de Columbia, ubicada en Nueva York, en el año 1929; un García Lorca que no había declarado su homosexualidad, ni había escrito las obras que lo inmortalizarían en el tiempo, como Yerma o Bodas de Sangre. Accederá a la oferta, pero siempre sintiendo algo de desconfianza y tristeza.

En el ingreso a la Sala González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperaciónnos enfrentaremos a una puesta en escena sencilla. Habrá poco más que unos ladrillos de construcción en el suelo, pero lo que más atrae es la enorme luna llena que hay detrás. Como se podrá apreciar, tiene una herida en su extremo inferior.

Luego de haber contado con unos minutos para inspeccionar el escenario, aparecerá Gustavo Pardi que se nos presenta como alguien que sólo quiere recitar unos poemas e imaginarse a unos enunciatarios que entiendan la necesidad del ser humano de soltar unos versos de vez en cuando, un conjunto de “oídos amigos” en los que pueda descargar sus aflicciones. Sentiremos, a partir de entonces, que estamos frente al mismísimo escritor andaluz.

Las temáticas abordadas serán de lo más diversas. Escucharemos un canto a la infancia, a la vida campestre y a los sentimientos auténticos. Pero, como bien se encarga Pardi de manifestar, la poesía es también una forma de lucha. Los poemas de Lorca denunciarán las atrocidades percibidas en el mayor exponente del capitalismo a nivel mundial: Nueva York se nos presenta como una metrópoli en la que muchos bailan, ríen y disfrutan de los “años locos” de la década del ’20, pero son más los que pasan las noches sin hogar, intentando mantenerse en pie frente a tantas drogas que se les han impuesto. Conoceremos a un grupo de norteamericanos que pregonan paz y amor en Broadway o canciones de charleston, aunque en la práctica demuestran desprecio y desdén por los menos favorecidos en un sistema que ya estaba dando sus primeras señales de deterioro.

Por un lapso de aproximadamente una hora, Federico revive y abandona cualquier tipo de represión para desmenuzar la cosificación de lo cotidiano y dejar al descubierto lo que en verdad ofrecía esta cárcel de hierro y acero. Lejos han quedado los campos en los que creció y supo ser feliz, por lo que no le queda más que dar batalla como mejor sabe hacerlo. La pulida interpretación de Pardi ayuda a construir el desgarro sentimental sufrido por el escritor.

Dirigida por Mariano Dossena, Poeta en Nueva York es una invitación al replanteamiento. Lo que se nos presenta como ideal puede tener una contracara, y de lo más oscura. Pardi o Lorca –que para el espectador llegarán tarde o temprano a ser lo mismo- vociferará que “hay que gritar hasta que las ciudades lloren como niñas pequeñas”. Es mediante frases de asombrosa vigencia como ésta que la obra consigue movilizar a todo quien la vea, invitando a levantarse  en contra de las verdades más crueles, y con la esperanza de que la luna que todo lo ve llegue algún día a cicatrizar.


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Poeta en Nueva York se presenta los sábados a las 20:15 en el Centro Cultural de la Cooperación FlorealGorini (Avenida Corrientes 1543) con localidades a $60.

Una de cal por otra de arena


Las dificultades del mundo laboral, sus gratificaciones y hasta las contradicciones que aparecen a diario quedan al descubierto en El cadáver de un recuerdo enterrado vivo. En clave humorística, la muerte de una querida jefa hará que las cosas se compliquen aún más.

por Nicolás Gallardo

Archivadores, facturas colgadas de las paredes y desorden en el escritorio caracterizan una estrecha oficina. Vemos entrar a un personaje en apariencia compungido, Arismundi, quién ha pasado a ser el dueño de una empresa de aluminio. Siempre se lo nota ensimismado, pero nunca trabajando. Su nuevo puesto se había vuelto posible por la muerte de su esposa, Silvia, quien lo ha dejado ya hace seis meses.

El periplo introspectivo llega a su fin cuando irrumpen al lugar los catorce empleados del nuevo patrón. Creen que ya va siendo tiempo de volver a trabajar, siempre conservando a Silvia como modelo a seguir, y terminar con el luto que comienza a parecer eterno. Escucharemos los argumentos y vociferaciones del personal, de las cuales Arismundi solo escuchará una única voz, la de la secretaria Mabel, que aparece como la oportunidad para olvidar. También habrá posiciones encontradas sobre esta posible relación.

El cadáver de un recuerdo enterrado vivo, bajo la dirección de Sergio Boris, consigue hacernos entrar en su juego. Notamos en el ambiente sensaciones sofocantes y de asfixia, no hay lugar suficiente para mantener siquiera una conversación de a dos, ya que siempre habrá un tercero parando la oreja y aprovechando lo escuchado para un ocasional daño o perjuicio. El cotilleo y los conflictos se agravan ante la actual situación de la oficina: una jefa que es construida por todos como una mujer exitosa pasa a estar más presente muerta que viva. Todos se preguntan qué hizo que una persona tan fuerte tenga un final tan repentino, por lo que algunas empleadas se infiltrarán en la oficina de Silvia –a la que nunca habían entrado hasta entonces, para “conservar su olor”- en búsqueda de respuestas para encauzar el devenir de la empresa cada vez más venida a bajo. Unas encontrarán su legado en un cuaderno de anotaciones, las otras tendrán que sobrevivir sin sus consejos y máximas.

Con una tensión que va in crescendo, los actores nunca se olvidan de ridiculizar muy adecuadamente a sus personajes. Si bien muchos temas son abordados con entera seriedad, otros no pueden evitar producir carcajadas al espectador. Son un grupo reducido de trabajadores, que se conocen mucho y eso, visto desde fuera, siempre resultará entretenido. Esta mezcla de dramatismo y comedia, acentuada por la óptima iluminación de Verónica Alcoba y Fernando Chacota, se nos impregna y logra que veamos el mundo a través del descabellado ideario que el elenco nos propone.

Arismundi tiene la difícil labor de cubrir el puesto de alguien irremplazable. Silvia demostró ser una jefa de fierro, mientras que él es más bien maleable y endeble como el aluminio, y como todas las personas a las que ahora debe dirigir.

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El cadáver de un recuerdo enterrado vivo se presenta los sábados a las 23:00 hs. en Machado Teatro (Antonio Machado 617). Entradas a $50. Jubilados y estudiantes, $35 (presentando certificación vigente).

El Sur también existió

Apátrida: doscientos años y unos meses busca dar cuenta de las trabas impuestas a la constitución del arte argentino a fines de siglo XIX. Escrita, dirigida y representada por Rafael Spregelburd, la obra nos traslada a un momento histórico en el que las producciones artísticas europeas eran las únicas válidas para el gusto nacional.

Por Nicolás Gallardo

Una vez ubicado en la sala del Teatro El Extranjero, el espectador puede notar un buen número de arcaicos metrónomos de madera en impecable estado. No sólo por su belleza estética y movimientos pendulares, sino también por su hipnotizante compás que nos predispone a viajar en el tiempo, olvidarnos del aquí y ahora por unas horas, para conocer otro “aquí” seguramente más olvidado y desatendido: la Argentina de fines de 1800.

Federico Zypce, el encargado de la dirección musical, es el primero en entrar en escena. Lo veremos gran parte del tiempo rodeado por un teclado, un ecualizador, una computadora portátil que corre un software de edición musical y demás elementos que simularán ser auténticos instrumentos musicales –tales como placas de chapa, imanes, tuercas y hasta bolitas de vidrio-. Nos hará escuchar melodías arcaicas, buscando quizás el mismo efecto que los metrónomos, pero las mezcla con ritmos y géneros pertenecientes a nuestra época. Esta tendencia se irá repitiendo hasta el final de la obra, que además de lograr un estilo fusión más que atractivo, permitirá recordarnos que lo que estamos a punto de ver no deja de ser una representación pensada bajo los términos de nuestra propia época.

En su llegada Spregelburd apaga los metrónomos, y con su irrupción la música se apacigua. Vemos que está vestido acorde a su época, nuestro traslado temporal ha finalizado. Toma un micrófono mientras que Zypce pasa música en la que sobresalen los violines, de corte aristocrático. El actor nos aclara que en ese momento encarna al pintor argentino Eduardo Schiaffino, quien agradece a las damas de beneficencia por brindar el espacio para una exposición de artistas argentinos. La aclaración resulta pertinente porque no será su único personaje. También interpreta a Eugenio Auzón, crítico de arte español radicado en el país y, más bien en segundo plano, pintor con el seudónimo de “Azul de Prusia”, color con el que firmaba sus cuadros. Es quien dicta la sentencia que acaba por encolerizar a Schiaffino: “no habrá arte argentino hasta dentro de doscientos años y unos meses”.

Una vez presentados los dos bandos de esta contienda, veremos a Spregelburd ir de un lado hacia el otro, dependiendo de a quién le toque representar. Es a través de Auzón que conoceremos la forma de pensar tanto del extranjero que vive en Argentina como de las clases privilegiadas de aquel entonces: el arte argentino no tiene nada bueno para mostrar –“sólo pinta a Juan Moreira”, suele decir-, y si lo tiene, los europeos siempre podrán hacerlo mejor. Schiaffino, en cambio, tomará partido por el común de los artistas argentinos, generalmente obligados a emprender el viaje a Europa para “cultivarse”. Paradójicamente sus talentos son alabados en el exterior pero, cuando vuelven, son menospreciados en su propia patria. Denuncia a un Estado que no los apoya, como sí sucede en el viejo continente, y sostiene muy adelantadamente que todo sustento a las actividades culturales permitiría fortalecer el sentimiento de nación en el heterogéneo pueblo argentino. No habría, para él, consolidación de la Nación sin que antes existiera la del arte. 

Todas estas idas y vueltas argumentales darán como resultado un duelo en la navidad de 1891, del que escucharemos nada más que su cortina musical. Reconstruiremos lo sucedido por medio de la radio y un retroproyector que nos muestra la primera plana de un diario. La principal víctima de este suceso fue la mano hábil de Schiaffino, y hay posibilidades de que no pueda volver a pintar. A partir de este momento, el actor sólo hará de Auzón que, frente a la vergüenza que además de no creer en el arte autóctono hiere a sus exponentes, se larga a la fuga por el conurbano de Buenos Aires, llegando a un pantano que lindaba con Morón. En este recorrido terminaremos de conocerlo y se confirmarán las sospechas de Schiaffino: es un “pseudo-artista con miras comerciales” que viene de afuera a lucrar con un público que consume únicamente lo europeo en lugar de permanecer en su tierra y triunfar con un talento que, al parecer, no tiene. 

Apátrida: doscientos años y unos meses es un espectáculo que ofrece mucho a su audiencia, a la que Spregelburd se dirige constantemente desde ambos personajes, como si fuéramos parte de un auditorio. Sumado a la dirección musical de Zypce que intensifica los momentos de tensión y a la veracidad de mucho de lo que se cuenta, uno realmente se siente interpelado por los discursantes y hasta parece que buscan persuadirnos tal y como lo harían con cualquiera de sus contemporáneos. Si era la intención de esta singular dupla, lo logran con creces