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Tótem y Tabú

Mi Amigo Invencible atenta contra la solemnidad del mal etiquedado “indie”. La Nostalgia Soundsystem, álbum conceptual que retrata una catarsis melancólica y su reparación en un nuevo equilibrio espiritual.

Por Joel Vargas

La Nostalgia Soundsystem (2013) cover art


I

La Nostalgia Soundsystem es el oxigeno que pedían nuestros pulmones, la leña para prender nuestras fogatas, el agua para saciar nuestra sed, el disco que necesitábamos. Una ópera rock. Comprendemos su desarrollo, su coherencia, las interrelaciones que hay entre las canciones cuando la pensamos como un todo. La obra crece cada vez más, y la extendemos con mayor amplitud y claridad, hasta casi completarla en la mente. Una obra, un disco, un concepto: la nostalgia.

II

El arte de tapa, ilustrada por Federico Calandria, remite a un mundo dominado por los animales, el que soñó el ejército de los 12 monos. Madre natura: ama y señora.  Los recuerdos del buen salvaje, del hombre, están en los restos de los edificios, autos y calles. Ecos de una civilización perdida.

III

En este álbum no encontramos noise emulo de Sonic Youth ni guitarras deudoras de Pavement o arreglos calcados de los Strokes. Mi Amigo Invencible es la superación del mal etiquetado “indie”, un atentado a lo establecido. O como cantan ellos en “Descanso sobre ruinas”: “ya estamos acá, es nuestro el lugar/bailemos al viento/me aburre lo definitivo/está solemnidad no da para más.” La apuesta de los mendocinos es arriesgarse, jugar con los géneros, expropiar diferentes texturas hasta explotarlas, estirar las melodías como chicle, armar un cúmulo de voces precisas y revisitar la psicodelia.

IV

Los animales, sus sonidos, se van mezclando con la música. Funcionan como un hilo conductor. Son tótems, guías espirituales. El pájaro, símbolo de la expansión, es el que marca la evolución del concepto del LP, una catarsis melancólica y su posterior reparación en  un nuevo equilibrio. Empieza con el reconocimiento de la pérdida del camino (“Alas baten en el cielo”), continua con la transformación en un ser alado para tratar de llegar bien alto (“Los Pajaros”), sigue con una lucha encarnizada contra todos los males de este mundo (“Todo Gira”, “Más Desorden”, “Me cuide tanto”) hasta llegar a la mimesis completa (“Planear Alto”) para poder renacer (“Saltó del nido”) siempre al lado del fuego.


Cuerpos en la lluvia

Luego de un prometedor EP y varias presentaciones en vivo, por fin llega Antes del desmayo, el disco debut de Barco, producido por Javier Szyfer, integrante de Ministerio de Energía, banda con la que comparten más de una hermandad sonora. 

Por Nahuel Ugazio

ANTES DEL DESMAYO cover artDesde el primer segundo de escucha, la intención musical queda bien en claro: los siete temas que componen Antes del desmayo navegan por los mares de un pop maduro, con toques funk, baterías electrónicas y un colchón sonoro digno de los 80s. No sería raro que nos recuerde al primer Soda, tanto como al Virus de Superficies de placer (1987), o al Charly de Clics Modernos (1983).

A pesar de que los sintetizadores son la premisa del sonido, Barco no le resta importancia a la guitarra, siempre presente para marcar el ritmo y darle el toque funk, y por momentos, aportar un grado de oscuridad.

La voz de Alejandro Álvarez es un intrumento más que con una tonalidad suave, casi susurrante encaja perfectamente en ese rompecabezas sonoro. Canciones con el tempo justo y moderado, sin sobreproducción ni adulaciones.

Cuerpo, agua, y baile son temas recurrentes en la lírica. En la que también juegan con escenarios surrealistas y aires de melancolía. Esta idea queda bien en claro en las primeras líneas de “Sobre la superficie” track que abre el disco: “Hay un diluvio encima de tu cuerpo, descubres en tus ojos ventanas para el sol.”

El cuerpo y la lluvia siguen presentes en “El no lugar”, (“para mi tu cuerpo nunca está de más”) y Orbita (“Dónde vas? La lluvia está cayendo rosa”). “Antes del desmayo”, el tema que le da nombre a la placa, se presenta como lo mejor de la obra. Tanto lirica como musicalmente, es su canción más completa. En ella cantan: “No creo en la casualidad” y es verdad, nada es casual en este disco. Los chicos de Barco saben bien lo que hacen, y lo encaran con soltura y comodidad. 

Rocío verde

Shaman Herrera, el ecléctico trovador y productor independiente platense, editó el primer disco de su nuevo proyecto: Shaman y Los pilares de la creación. En un tono minimalista, sin atentar contra la potencia de las pequeñas urgencias, este compendio de canciones arroja luz sobre las piedras. Una génesis de arreglos y refugios de cuerdas.
Por Martin Barroso

Shaman Y los Pilares de la Creación cover artPasa el tiempo. Una mística rara no nos permite saber que está pasando en ese parador musical llamado La Plata, cuna de nuestro eje musical. Tanto el sello Laptra como Concepto Cero alimentan una larga lista de artistas con una brújula distante no solo en distancias físicas (60km de la Capital Federal) sino también en promover proyectos arriesgados, atípicos.

Hoy encontramos a Shaman y Los Pilares de la Creación,  con su actual formación Shaman Herrera en guitarra y voz, Eduardo Morote en Percusión, Alejandro Bertora en teclados y Adrian Conti en bajo. Juntos dan rienda suelta a un folklore espacial, en tan solo 8 tracks y poco más de 20 minutos de mandolinas, guitarras criollas y palladores de la luna, producidos por  Daniel Melero. El primer recorrido por este camino nos remite a la banda sonora de Babel o 21 Gramos, manejan la tensión en cada rasguido sin caer en el mote folkindie.


Abriendo el disco a modo chamánico la canción: “Sube a mi bote”. Un grito gutural y pronto entendés que ya te embarcaste, algo empezó sin darte cuenta, bastó un llamado, una voz. En el resto del viaje musical se destacan “Donde nacen las estrellas”, y una frase pareciera resumir el espíritu del disco: “ya tendrás que pagar para ver una gota de rocío verde...”. Sigue “Sonriendo”, en este track las imágenes flotan con cada acorde que Shaman entona en plan descriptivo, un paraíso onírico y campestre asoma entre líneas. En “Segundos imposibles” escuchamos una despedida, un réquiem folk donde la conciencia nos invade para bien o para mal. Resuena “Circulo sin centro”, nos recuerda a Rubén Patagonia con su tamiz de introspección.

Como toda creación hay que darle tiempo y perseverancia. Se intuye con facilidad que este disco ganará con los años, Shaman y los pilares deberán recoger los elogios y seguir machacando en la búsqueda de una gota de rocío verde.

Técnicas del yo

Sistemática en su primer EP traza un mapa de bits y violas eléctricas que derrumba viejos edificios ideológicos.

Por Joel Vargas

EP cover artZeus, Alá, Jehová, Júpiter, Ra, Buda son algunos de los nombres con los que la humanidad llamó a sus dioses. Con la secularización de la sociedad, y el triunfo de la razón instrumental, la ciencia se agregó a esa lista. “Producción”, Planificación” y “Tecnología” son los dioses de hoy en día. Sistemática, banda oriunda del oeste del Conurbano bonaerense, en su primer EP homónimo desmenuza y cuestiona a lo largo de seis canciones el papel de la religión, el poder de la razón, la tecnocrácia y el entramado de la técnica. Un claro ejemplo es el comienzo del álbum con “En el Jueves”, relato de un desencuentro, un mapa de bits y violas que dialogan de manera intermitente. Una ruptura metafísica observada por un “santo”. “Acompáñame abajo a ver/ como contaminamos” canta Nicolás Deluchi con un dejo de misantropía.

Sistemática es un híbrido  una banda ancestral anclada en el futuro. Hija directa del nuevo rock argentino y militante del rock de guitarras que hace ya más de una década los críticos etiquetaron como post-punk revival, aunque otros prefirieron llamarlo retrorock. En fin, nomenclaturas para tratar de clasificar un puñado de bandas influenciadas por la atmosfera de Velvet Underground, los arreglos de viola de Television y las bases bien marcadas de Joy Division. Sistemática está en la frontera, coquetea con los noventa en “Lacrimógena”, donde capas sónicas se adueñan de la canción y una peligrosa melodía gorriona te chupa la sangre, y baila al ritmo de las guitarras del tiempo moderno en “19 de vuelta”. La síntesis de esta simbiosis se percibe en la balada psicológica “Luz de despertar”:“déjame encontrar la forma perdida/ sombra que tal vez me haga recordar esa antigua medida” y en el trip de “Dimensión Tercera”:“una idea vieja / Me invita a la salida nocturna/(…)Escuchen”.

El leiv motiv del disco se hace todavía más evidente en “Ansioso corre el tiempo”. La rebelión en la granja “con los cerdos rompiendo el corral”desencadena en una road moviecontaminada de referencias surrealistas, orwellianas y borgeanas. Al escucharla se nos viene a la cabeza la famosa pintura de Salvador Dali: “La persistencia de la memoria”; relojes derritiéndose en un desierto árido y el tiempo escurriéndose a cuenta gotas como si fueran pequeñas partículas de arena. El highlight de la canción llega en un momento morrisoneano: ¿Se acuerdan cuando el rey lagarto recitaba/improvisaba poemas en medio de las canciones y se prendía fuego con su saliva? En el clímax de “Ansioso” pasa algo similar, todo se quiebra en el puente, el tempo baja y Deluchi susurra: "afuera entre rayos y raíces corre el tiempo", después grita y el tempo aumenta. Su voz muta a la de un vagabundo apocalíptico. Ahí está el rock.

Vamos las bandas, y los solistas también

“Camino canción”, un nuevo proyecto audiovisual que invita a conocer más de la música independiente de nuestro país.

Por Victoria Caracoche

Dentro de las manifestaciones artísticas más populares, la música es una de las que vive de manera contradictoria. Crece, se fusiona, sigue en alegre expansión; pero al mismo tiempo, muchas veces no se accede a ella con facilidad.

“Camino canción” es una apuesta optimista, generada por las productoras: La toca films, Resiéntelo producciones y Fin del comunicado producciones, que busca reconocer a una ecléctica selección de músicos independientes y darles una ventana a través de la web, en una serie filmaciones, donde se puede ver a los artistas interpretando sus canciones en espacios íntimos, cotidianos. En cada episodio se define un concepto, un artista y un escenario. De video a video, esta serie se va a expandiendo hacia nuevos horizontes y personajes.

En una época donde el concepto de música moderna se replantea todo el tiempo y se deforma peligrosamente, es siempre una alegría encontrar espacios para conocer músicos que no tienen difusión masiva, quizás por no encuadrarse dentro de lo que los ránkings radiales consideran vendible. Y es esto lo que se destaca: no el comercio, sino la pasión, el amor, la palabra cantada, el instrumento acariciado, a través de una propuesta sencilla y cálida.

Cuatro capítulos hasta ahora salieron a la luz a través del canal de Youtube de Camino Canción: una recopilación heterogénea donde se puede disfrutar la poesía de Marina Fagés, la alegría de Luvi Torres, el mágico bajo de Daniel Maza o la voz visceral de Luciana Jury.

Cada una de las entregas no excede los veinte minutos y es en mayor parte repertorio, celebrado en el entorno del artista. En los intermedios se exhiben algunos testimonios que permiten entrever algo más del mundo del intérprete, adornados por imágenes que muestran detalles peculiares de su vida, objetos, dibujos, etc. Conocemos un poco a quien se retrata, pero sentimos que lo sustancial nace a partir de su instrumento personal.

Existe un mundo paralelo felizmente repleto de artistas de todas las ramas que llevan adelante su pasión por sobre todas las cosas. Es fundamental difundir el hecho artístico (en este caso, la música) que no tiene intermediarios: es el artesano y su arte, el músico con su instrumento y su canto, puro, verdadero, autóctono.

En ese contexto “Camino canción” es una opción más para descubrir excelentes músicos, deleitar los oídos, despertar del letargo musical que nos adormece y seguir descubriendo los caminos de nuestra música.

[Camino Canción #1 Marina Fages]


[Más sobre Camino Canción]

Que no se apague nunca

Once melodías de fogón nos acompañarán a repasar la esencia del primer pop británico y a revivir la calidez de nuestro folk-rock. Los chicos hasta el fin, un trabajo discográfico en el que abundan recursos rítmicos y arreglos sutiles, es ideal para recorrerlo en una caminata de esas que no tienen destino alguno.

por Rodrigo Sebastián Peñalba


los chicos hasta el fin cover art
El primer hijo de Los nuevos monstruos, producido por sus propios miembros y grabado en los estudios C.Q. Rancho, El Cielito y Project Studio, repasa un poco el pulso de la canción melódica, siempre tan dispuesta, tan atenta a dejarse cantar.

"Dejarse llevar / no está tan mal" es la primer caricia que recibimos en "Barrilete", y salimos al ruedo, a caballo de dulces arpegiados domados por el juego de coros. Así le hacemos frente a esa sensación de pelearle al viento.

 "La guadaña" nos despabila el andar con la voz de un presentador que avecina la fiesta nocturna, la dulce confusión de andar solos en la carnavalesca oscuridad. Será la melodía del aro del redoblante quién nos tome la mano.

Convencidos ya del aroma a libertad que pregonan los primeros temas, llegamos a "La píldora dorada" un amanecer soleado. La composición gana altura con esos coros que reeditan las viejas experiencias beatlescas del disco Revolver.

Volvemos a sentirnos hechizados por el aquí y ahora con "Fin de semana", una prédica a vivir intensamente los momentos, a ser conscientes del jugo de la vida, a patear piedras y juntar flores. Dejemos un poco de lado el qué, cómo, cuándo y porqué de nuestro sendero y hagamos foco en subirnos al hi-hat, encargado de comandar el pulso del tema.

Desnudos de tanto andar, nos topamos con "Botones", ideal para reírnos de nosotros mismos, ya despojados de carga o prejuicio alguno. Los vientos toman éste toro por las astas y emanan aquí esa risa que es sorna dulce, que nos lastima con el máximo de sus amores.

"Ella me dijo" se nos aparece súbitamente y nos pone un alto, una especie de correctivo edípico en nuestro sereno pero caótico fluir. Disponernos a escucharlo funciona como analgésico, como una madrugada frente al espejo recibiendo (¿aceptando?) lo que indefectiblemente somos.

¡Y al fin! un riff aceitoso y bailable, oasis en el desierto, luego de los sopapos aceptados y negados. "Paraguas!" nos muestra el costado podrido de la banda, el grito aguantado en el pecho.

La tragedia de amar será escoltada por "Narciso", traído a nosotros con voces propias de un tango renegado, de un riff atragantado suavemente.  Entonando "el amor se hace humo en las manos / y el humo se hace agua en la boca" nos llega esa provocación a la ira, ese apuro por cruzar corriendo en llanto y sin mirar atrás nuestro camino. "Si no es por ella / por quien vas a llorar".

Y luego del llanto, oscurece. "Los otros" pudre el lugar con su distorsión, incomoda con su densidad y nos acecha desde su lugar en el disco, separando las aguas entre lo calmo y lo turbio.

"Finalmente sucedió lo imposible" nos confunde ofreciéndonos un "cese al fuego" disfrazado de derrotismo, una (re)conciliación con nosotros mismos que gana en cotejo fúnebre con el juego de sintetizadores que lo vela."Como caigan los dados será nuestra fe / y el amor derramado sobre el mantel" nos quita de cuajo cualquier maquillaje que tenga el corazón y simula librarnos a la eterna caída en un pozo negro.

"Grandes éxitos" cierra éste recorrido de forma campante, agradeciéndonos la visita, como seguro de lo que pueda estar esperándonos en aquella otredad. Sintetizador y vientos harán florecer aquello que cosechamos en éste camino que ya se va cerrando…

Y nos vamos. Con la sangre licuada en las plantas de nuestros pies pero seguros de querer volver a recorrer éste pasaje, cosa de arrimarle un tronquito más a ésta llameante y primigenia creación musical que dará sus frutos y sin duda nos encontrará andando a la par de nuevos monstruos.

El Triunfo de los gigantes

Hace algunos días Discos Laptra habilitó la descarga libre del último disco de Mi Pequeña Muerte. Con esa excusa, repasamos uno de los mejores discos del 2012.


Por Claudio Kobelt


El Triunfo De La Paz cover art“Seamos libres, equivoquémonos”  sangra uno de los versos de “Fuera de la anestesia”, la canción que abre El Triunfo de la paz. Una de las canciones del 2012, en uno de los álbumes más celebrados del año pasado. El reciente lanzamiento para descarga desde la página de Laptra nos da una nueva oportunidad, la de volver a acercarnos a ese mar bravío y emocional que habita en Mi Pequeña Muerte.

La voz de Julián Perla, suave y profunda, emociona llevando esas letras de desamor  a su punto más alto de interpretación, dándole  un poder infinito, un vuelo de magia y misterio a esas tonadas desbordantes de melancolía.  La antes mencionada “Fuera de la anestesia”, la balada “Hasta desaparecer”, “Volver siendo un guerrero”,  momentos épicos de un cantante brillante y un letrista infalible, dueño de una crudeza dulce, de una poesía intensa.

“Vas a sentir mi amor como una cicatriz” se escucha en “Buenas Compañías” y la imagen, fuerte y sincera, se hace carne en la memoria.  El sonido es conmovedor. La atmósfera se espesa ante esas guitarras climáticas, brutales.

“El Medico” saca el lado más salvaje: baile y pogo, pero sin dejar de remitir a la nostalgia.  Sensación que se confirma  y potencia en "Las huellas2, la ultima canción: “y reconocí cada huella que hay de vos dentro de mi”  dice. El corazón no saldrá ileso de esta descarga.

Cuando lo volví a escuchar, con la excusa de un nuevo análisis, recordé que en aquel momento del lanzamiento puse el disco en “repeat all”, y quedó sonando así en infinito, en un loop imparable por varias horas. Ahora me volvió a pasar lo mismo.  Las canciones se encadenan perfectamente una a otra, creando un mundo que abraza y contiene lo mismo que relata.

Y cuando te vayas te daré recuerdos” reza el track final. EL Triunfo de la paz deja recuerdos calientes como brasas, canciones eternas para la saudade infinita.

  

Razones para sospechar: Encanto, de Atrás Hay Truenos

Una aproximación al nuevo disco de la poderosa banda neuquina. Una punta del interesante ovillo de guitarras y letras sospechosamente light.

Por Sebastián Rodríguez Mora

Encanto cover artBlanco, blanco como esta hoja. Viento shoegaze, arpegios y bases de viola tendiendo a la hipnosis. Un inicio ineludiblemente pop con “Alejandro el cheto”, herencia de esta época de canciones. Encanto es un disco para equivocarse, porque detrás de la potencia hay una cosa como de alejarse del cuerpo, de la carne que sufre el frío del invierno en Buenos Aires, la ciudad que recibió a estos neuquinos en el centro de la escena independiente hace un par de años. Son 30 y pico de minutos para creer que la idea viene por este lado, pero al final no.
Engañan la tapa y su arte cálido, casi como poner esos cuadros de Vermeer a vivir. Otra vez, engaña la energía liberándose en forma de optimismo instrumental de “Un kilo”, porque pareciera que sonaran adentro del ambiente en que se está parado, sin embargo pasado ese momento la voz de Robi y Diego está un poco deshumanizada, colgada: “Piso en el barro/en este pantano/todo es conocido/en este pantano/y vuelvo al principio”. La misma imagen que se puede tener de las cosas está corrida, desfasada en “El pantano”. Reconocer tus huellas en un cenagal implica necesariamente un poco de conocimiento del terreno, de repetir el chapoteo una y otra vez, como un laberinto que se habita. Pero en la música es donde todo se extraña y se complejiza, se vuelve reflexivo; un paso apenas más atrás del día a día humano.
Grabado en Estudio El Árbol y disponible en Bandcamp desde fines de abril de 2013, la última placa de AHT tiene una joya despojada, prolija, sobria que se llama también “El Encanto”. Con alguna que otra reminiscencia a Viva Elástico, no hay dudas de que este tema resume la intención del disco: sensibilidad para construir una base melódica que se va inundando de guitarras a puro efecto, para lograr un pico de épica sonórica justo antes del final. Y las voces como buscando, pintando con un pincel de notas acariciables. Sin dudas el punto más alto del disco.

En resumen, vale la segunda, tercera, milésima escucha, para ir desentrañando lo oculto en el superficial encanto del álbum, que cierra a toda marcha de pedales en “Por el río”. Es algo como lo que ocurre con Los Reyes del Falsete: esas guitarras ligeras esconden un vivo asesino y atronador. Y esta nueva versión de AHT se presta para que nos acerquemos al escenario cuando ellos estén ahí arriba, desatando la tormenta meticulosa y compleja de sus canciones.

Corazón de oro y pies de baile

Manuel Embalse entrega un disco brillante y certero, ideal para sonreír: Bancatela si te la bancas.

Por Claudio Kobelt 

Bancatela si te la bancas desafía un joven barbón, a dos caras y en cuero, desde la tapa del disco, mientras unas letras verdes desparramadas indican el nombre del desafiante en cuestión: Manuel Embalse. Nada puede anticipar lo que nos espera dentro: alegría y magia pura.

Hola, bienvenidos al Mundo de Embalse, donde los sueños son más que la realidad, y la realidad es más que los sueños.” Comienza saludando el ex – Tostadora Moderna apenas arranca el disco, y acto seguido entrega un álbum alegre pero reflexivo, repleto de baile y melancolía. Calidad pop al máximo.

El primer reflejo ante el ritmo y las melodías será la celebración inmediata, sonrisas y movimiento. Es un disco tan arriba que despierta, mueve y sorprende. Pero con el pasar de las escuchas y al prestar atención a las letras, encontraremos en ellas un lado que aporta una nueva visión y dimensión a la música de Embalse. Melancolía, amor, y mágica cotidianidad en una poesía urbana aparentemente simple pero bellamente construida: “Aprendí a forjar metal /para construir mi armadura/ y así nunca jamás sentir/ dolor, miedo, penas o culpas” dice en “Amar, Quemar, Cosechar” , una de las canciones más bellas de la placa y que junto a “Duna” y “Algas” muestran la cara más romántica (pero romántica bien, con estilo) y sensible del disco.

¿Cómo dejar de extrañar / el lugar que todos hablan / y que yo nunca puede encontrar?” entona en “Hamaca Paraguaya”, que se conecta con “Himno a la calle de piedra”, “Llamándote en llamas” y “Gato en el tractor” (“vivo en un cuento / que nunca jamás se escribió / pero su final me atrapó”) en ese beat alegre y preciso, de fiesta inmediata y de efectiva poesía.

“El miedo es argentino” y “Palmeritas y calor” juegan con el folklore norteño pero con un clima y una lírica únicos. Y Manuel vuelve a hablar para presentar algún tema o en el intermedio, creando así un clima divertido e informal: hay que bailar, basta de vueltas.

Un disco brillante, que lleva en alto la bandera del pop independiente, ese que permite una búsqueda y libera de la repetición de fórmulas, dando lugar a la originalidad y el cambio. Un clima 100% disfrute y energía pop bailable, con letras repletas de nostalgia, humor y amor, con un ritmo contagioso y un sonido resplandeciente, hacen de este álbum un imperdible y un favorito para las encuestas por venir.



Ideal para el otoño

El Susurro de las estrellas, nuevo álbum de Antolín, es uno de los mejores discos del año gracias a la potencia de sonido de Los Excursionistas, su backing band.

Por Nahuel Ugazio

¿Te acordás de Antolín? ¡Volvió! pero en forma de un disco energético y brillante. Luego del ya clásico En vivo desde la casa del árbol (2011), que revisitaba lo mejor de su discografía, el cantor platense presenta El Susurro de las estrellas, un dizcazo, donde lo acompañan por primera vez Los Excursionistas, su banda.

Los nueve tracks que componen este nuevo álbum muestran a Antolín en su mejor momento. Explota lo que mejor sabe hacer: canciones simples y modestas pero contundentes en elegancia y belleza. La incorporación de la banda le brinda un brillo extra a cada uno de esas gemas pop que presenta el cantor. Los Excursionistas suenan aceitados, precisos y con una pulsión como la que se muestra en los shows en vivo. “Panteras en el parque”, “Juventud y Soledad”, "Mi próxima vida" y “El rey del minigolf” son los nuevos himnos que nos propone el cantautor.  

Antolín también apuesta a la poesía y al arte plástico. Su lírica urbana y desbordante de cultura pop noventosa trae pasajes de los Simpsons, Dinosaurios, Charlie Brown, Hollywood, John Hughes, Volver al Futuro y demás gemas que hacen las delicias de los que nos criamos durante aquella maravillosa década. Él, como siempre, se encarga del arte de tapa. Vemos a un hombre con cierto gesto melancólico, viendo unos dinosaurios por la ventanilla de su limusina, parece una estrella de cine. A su lado tiene un ramo de flores y el condensador de flujos que bien podría haber robado del Delorean del Doc Brown. 

En” Suelten a los Perros”, la voz de Antolín, solemne y certera, nos dice que "lo mejor está por venir". Aunque lo mejor ya vino, falta mucho camino por recorrer. 

 

Amor y sordidez

El fantasma de J.D. Salinger sobrevuela las canciones pop melodramáticas de SUBA, álbum debut de la banda cordobesa Un día perfecto para el pez banana.


Por Joel Vargas

La primera vez que escuche el apellido Salinger fue en la secundaria, rozaba los trece años donde uno es más mutante que nunca. Los labios del profesor Daniel Fara pronunciaron SA-LIN-YER. Todavía ese recuerdo se repite: Fara estaba parado al frente de la clase, gesticulaba de manera caótica. Sus manos escritas por birome azul, que hacían las veces de agenda, iban y venían. Fue ahí cuando escupió ese nombre y al ratito dijo Nueve Cuentos. Ese era el libro que nos iba acompañar gran parte del año. Daniel tenía la gran cualidad de incentivarnos a leer, uno de sus métodos era contarnos un relato. En esa oportunidad eligió “El hombre que ríe”. Su voz describía el mundo de un antihéroe, convertía a las palabras en imágenes paganas. Esa fue mi introducción a J.D. Salinger, la narración oral como en la época pre-galaxia de Gutenberg.

Los patos del Central Park y su dudoso paradero invernal. Besos en los pies. Resquicios de la Segunda Guerra Mundial. Esquimales inflamables. La fragilidad latente de una familia. Amenazas de un invierno nuclear. Menesteres cotidianos y grandes escenas del imaginario de ese escritor estadounidense.

“La posibilidad de sonreírle a una idea y apropiarla siempre será mi forma de construir”, canta Un día perfecto para el pez banana en “Fantasma”, canción que abre su álbum debut SUBA. Esta banda cordobesa se llama como el relato iniciático de la saga de Seymour Glass, el personaje más emblemático de Salinger. Un día perfecto… construye sobre esa base aunque la oscuridad y locura cotidiana, característica fundamental del autor,  pareciera que no está muy presente a la primera escuchada de las canciones, quizás por el género musical al que circunscribe la banda: la canción pop melodramática o por la dulce voz de Lucila Escalante que convierte las letras cargadas de nostalgia en burbujas de colores pasteles.

Los que más sobresale en SUBA son los arreglos, prolijos y exactos. Una consecuencia de la cuidada producción de la banda y Mariano “Manza” Esaín, militante fervoroso del formato canción y héroe del folk vernáculo. La mejor muestra de esta combinación es “México” una suerte de suite popera, que por suerte dura más de cinco minutos, donde Lucila parece que cuenta los fatídicos hechos del cuento que le da nombre a la banda. Otros tracks que se destacan son: la ya mencionada “Fantasma” y “Casa”.

Fabián Casas alguna vez escribió: “Salinger ha creado una secta para vencer al miedo a la muerte, al deseo, a la vejez y a la ansiedad de la notoriedad”. Un día perfecto… es parte de esa secta y SUBA su banda sonora.


Estímulos aleatorios

Ignacio Castillo editó Impulsos, su segundo disco, una joyita del año pasado que queremos rescatar. Se trata de una propuesta artística que suma nuevos colores e intensidades a la mixtura musical del oeste.   

Por Yésica  Inés




Los impulsos cover artDel latín impulsus, el término impulso hace referencia a la acción y efecto de impulsar (incitar, estimular, dar empuje). También es la sugestión e instigación. Ignacio Castillo nos trae canciones cargadas de sentimientos juveniles, rebeldes y refrescantes: todo un folk silvestre.“Combo de psicología” inaugura el viaje hacia el interior del compositor “vos no sabes, y yo no sé, es algo que personas piensan, es algo que me pasa siempre con vos”. Le sigue “Los impulsos”,  el track que le da nombre al álbum, es toda una declaración de espíritu adolescente pero también,  un sonido cálido con reminiscencias country: “yo no creo en nada más, también diría no lo hagas…porque hoy no voy a hacerte caso, voy a tratar de cambiar  todos mis impulsos “ Con un lenguaje sincero, que se expresa en palabras simples, pero nunca absurdas ni mediocres, Ignacio va recorriendo el mundo del ser humano, atravesando sus dualidades y contradicciones, así llegamos a “Sin dormir”, “ No es mi amiga”, “ Curso de telepatía”, un tríptico antropológico y espiritual.

Impulso es, por otra parte, la fuerza que lleva a la acción a un cuerpo en movimiento o en crecimiento, y el crecer implica estar en contacto con otros, se trata de la reflexión sobre uno mismo y los demás: “existe, mucha gente, esperando que alguien diga algo, somos muy pacientes cuando vamos a revisarnos la cabeza, y a decirlo de una vez”

Para “La perdida”, Castillo se rodea de un profundo intimismo:”cuando las paredes no respondan estaré, cuando el viento no vuele a tu pelo estaré y si yo no salgo de mi pieza estaré, alguna vez pensé en despertarte no lo haré” En “Resfríos”  y “Con matemática” vuelve a la complicidad y a la frescura de los sonidos dulces con los que inicia el disco.

Se conoce como impulso al deseo o emoción que nos lleva a actuar de manera intempestiva y sin reflexión,  “Reflexionar” busca el impulso sin embargo: “yo sé que no quiero irme de acá, necesito estar sentado en mi sillón, pensando en reaccionar”. La melodía apacible acompaña el ritmo de los pensamientos, la guitarra marca el pulso de esa necesidad, los ruidos de la mañana terminan por forjar la atmosfera perfecta para engendrar la próxima canción: “Somos divertidos”, la reiteración del sábado, todos los sábados, y esa que no llega: “Los chicos me dicen, boludo no te bardées, es sábado tenemos que ir y tomar cerveza, a veces lo hago, pero casi siempre estoy acá, armando una canción para alguien, que no llegara”. Sobre el final “Compleja”, una canción de amor simple, coros dulces, arreglos sutiles y una guitarra más folk nunca apura los sentimientos que afloran una necesidad vital: “te quiero entretener, no salgas, no salgas”.  



Vigía de noche


Riki Riki Tave y la Banda Misteriosa narra creaciones oníricas y caos en su último disco Dormido Cayendo. Su poesía enardecida nos sumerge en el filo de la noche.
Por Joel Vargas
Sería muy facilista tildar a la Riki Riki Tave y la Banda Misteriosa de retro y anacrónica. Sería más facilista aún catalogarlos como herederos del estilo de la Pesada, Manal y Vox Dei. Por eso la nostalgia setentosa se la vamos a dejar a otros periodistas menos imaginativos, acá escribiremos sobre un presente continuo, donde no existe pasado ni futuro. El rock vive en un estado casi inalterable. Aunque a veces surgen pequeñas explosiones que lo puede alterar un poco. La Riki es una de ellas.
Estos guerreros oriundos de Atalaya, localidad de la Provincia de Buenos Aires, son dueños de una poesía enardecida. La acepción más famosa del nombre de su barrio es la de una torre de vigilancia, que sirve para defenderse y ver antes que nadie las nuevas amenazas. La Riki es un vigía dormido, una bestia atada a punto de romper sus ataduras. Como dijo Bukowski alguna vez: “Algún día no tendré sueño por la tarde /Algún día escribiré un poema que encenderá volcanes /En las colinas que están ahí fuera”. 
En Dormido Cayendo, su último álbum, a diferencia del anterior, Llorando en Corea, la Riki administra de forma diferente la rabia y la distorsión. La consigna es aun más experimental, mucha fusión, arreglos precisos y salvajes a la vez. “Vida de parabrisas” y “Escena de los ojos”, temas que abren la placa, son un claro ejemplo de esta batalla dialéctica: violines frenéticos que se pelean con bajos bien gordos mientras Juanjo Harervack, el comandante de las palabras picantes, canta con los dientes apretados secretos que parecen ancestrales y el Coronel Pali, desde los parches, maneja la energía y el pulso de las canciones.
El momento ideal para sumergirse de lleno en el disco es a la noche. En la oscuridad está la poesía de la Riki, ahí latente, respirando despacito a punto de comerte y de meterte es sus fauces profundas. Harervack pareciera susurrarte al oído y te empuja por un acantilado sonoro de violines, chelos y pianos, como en la trilogía de hits: “En el sueño”, “El gato gris” y “Luces del día”. En ese instante sos ceniza que cae al vacio, empujada por una poesía enardecida. Disfrutas de la caída mientras tu cuerpo se quema.
Cuando la luna empieza a ocultarse y el disco llega a su fin, la luz enceguece de a poco. Unos rayos tímidos van entrando por la persiana mientras la Riki incendia las colinas que están ahí afuera: “En la quietud de los que olvidan, en la pregunta que aun espera, siempre la sed de haber nacido, la vida nunca tuvo un final”.

Apuntes sobre cómo revolcarse en la alfombra, mientras escuchamos música


“Canciones para rodar por la alfombra”, el último compilado del proyecto Amo descubrir canciones, es un compendio de nuevas melodías que rompe con el anonimato a pura descarga gratuita y calidad. Otra batalla ganada a las grandes discográficas.

Por Gastón Malgieri

Canciones para rodar por la alfombra cover artArranco esta crónica con dos puntos de partida prometedores:

Uno: el link que me ceden para acceder al material me lleva a un sitio encabezado con la imagen de una lámpara y la leyenda “Amo descubrir canciones”.
Dos: el disco que contiene las 12 composiciones sobre las que intentaré dar cuenta, se llama “Canciones para rodar por la alfombra”, y se me figura como toda una invitación lúdica que no recibía desde mis tiempos de plastilinas y papel glasé, en la seguridad artificial del jardín de infantes.

Pongo orden en los objetos que tengo al alcance de las manos. La taza de café, el encendedor, un block de notas que sirve solo como adorno. Quiero disfrutar este momento. Y sí, además tengo algunos síntomas de TOC (trastorno obsesivo-compulsivo).

Tercer reglamentario L&M encarnado en la comisura izquierda de los placeres (siempre), doble clic, auriculares desproporcionadamente enormes, un ventilador que no oigo y no apacigua el fuego serrano de mi Córdoba natal y la certeza de que algo bueno está por sucederme. Y para un pesimista crónico eso es éxtasis.
Pulso play.

Una respiración agitada marca el pulso y lentamente se escucha el punteo de una guitarra. Me sonrió. El ventilador gira inútil. Suena “Vaporcito” del zaragozano Bigott. Su pronunciación del inglés me recuerda al actor Sacha Baron Cohen. Pero la canción no es en clave “parodia” de nada, sino la picardía típica del español dándole belleza al comienzo del viaje.

Me propongo no adelantar los temas, ir desmenuzándolos con la lengua y transmitir esos acordes sobre la pálida blancura del documento de Word. Ahora sí tengo un plan de trabajo y tiene su propia banda de sonido. Un aparte no menor: descubro que el disco está producido bajo una licencia Creative Commons y que navega por diversos puntos del continente americano. Lo celebro bebiéndome todo el café que tibiamente se mezcla con la algarabía.

Me dejo llevar. No hay que adelantarse, dicen. Pero aparece Diosque y entonces. Se viene a mí la figura de Melero que tanto tuvo que ver en el surgir del cantante y me alegro de “la melancolía del futuro”. Folktrónica pampeana iluminando las tinieblas del living en madrugada desde el que escribo.

Digamos prejuicio. El tercer track arranca con la voz de Birabent a quien (en honor a la verdad) tengo ubicado en un espacio que poco o nada tiene que ver con lo que escucho. Se le han sumado las voces de Juan Ravioli y Marcelo Ezquiaga. Ante la necesidad de otro L&M, me fumo los preconceptos y me anoto como objetivo buscar, aunque tenga que rascar muy profundo, la distancia entre el objeto y mis oídos. El piano es embriagador. Punto para “Parte del minuto” de Birabentezquiagaravioli. Nota mental: rastrear dónde o cómo es que se generan mis antipatías si una canción viene a derribarlas tan fácilmente.

Cruzo montañas sin perder la pasiva postura de quien escribe. En los últimos años la música en castellano que he elegido descansa en la cuna transandina. Pienso en Fernando Milagros, en Población Parlante, en Denver. Son datos previos que alimentan la escucha, la adornan con posibilidades infinitas. La superposición de voces y sonidos sampleados hacen que por un rato no sepa bien si mi destino es el electro –caribe, o algún otro norte pentagramado sin nombre. Al final, el coro se transforma en palabra, y vuelvo a las certezas: Los Mil Jinetes (otro fichaje del sello Cazador), se afincan en la tierra de mis últimas incursiones castellanas: Chile.

“La canción que nunca me cantaste”, el reproche psicodélico de Florian Droids, suena a aquella música que abandoné hace unos años. Una música que me es lejana y sobre la que no puedo escribir gran cosa. Quizás algo tenga que ver (medito) con desconocer en absoluto la raíz sonora de las fronteras que contienen a la banda (Costa Rica). Nota mental Nro.2: la sinceridad ante todo. Para llenar de caracteres desapasionados los recodos virtuales del rock ya hay otras plumas.

Vuelvo a casa. Tendría que dormir un rato. Son las cuatro de la mañana. “Siempre escribo de más” dice Daniel Sacroisky, bajo el ropaje de su nuevo proyecto “Sacro & Los de Hielo”. Si una canción nos identifica o toca una vértebra inconmovible en nuestro esqueleto, es que quien la compuso logró trascender alguna barrera impensada. Sacroisky acaba de hacer eso con su canción “De pronto”. Hago trampa. Vuelvo a escuchar la intro una o dos veces. Podría ser una excelente nana para este cuerpo agotado.

Sigo disfrutando el viaje que me propone el disco, me digo en voz alta. La mitad del trayecto tiene perlas escondidas, y dan ganas de seguir avanzando. Es una buena señal. Me voy a Venezuela, otra tierra de la que desconozco por completo la armoniosa cepa que la compone. Ahí está Girasol Rojo y su “al cruzar la calle”, con una propuesta disruptiva: por un lado, una base de folk dulzón que viene bien en las alboradas del mundo, y por el otro una letra triste que atenta con ennegrecer la cadencia vocal de Linda Sjöquist. En la tensión de esos polos, reside la atractiva amargura de esta obra.

Cruzar el charco y esperar que del otro lado del río nos reciba Franny Glass puede ser un plan para mañana. Anoto y uso el plural porque sería genial que así nos pasara a quienes tengamos ganas de escuchar una y otra y otra vez la acústica humorada de Gonzalo Deniz. De no tener posibilidades de movilidad, otra opción es quedarse percibiendo los “Velos” de Che Che Che. Quizás con ellos venga la luz. O al menos eso parece.

Lo de los mexicanos Corazón Attack, me trae a la memoria a Juan Son y algunas de sus composiciones junto a Porter. Debo decir, ya casi arribando al final del recorrido, que me alegra que así sea. Porter fue una gran banda, y Corazón Attack también lo es.
Me quedo unos instantes pensando en las comparaciones. En esa necesidad de las comparaciones. Nada grave, solo una reflexión mientras asoma, por enésima vez, el sol de las mañanas. Por descuido, casi dejo pasar el sonido de los platenses “Canto el Cuerpo Eléctrico”. Al borde de la omisión, irrumpe el trombón de Gustavo Caccavo que me obliga a volver atrás y detenerme.

Soy curioso, debo decirlo. Es esa curiosidad la que me lleva a leer en la página de Facebook que tiene armada la banda, una declaración de principios que viene a colación de tantas cosas: “La cultura no puede ser de alguien: no le pertenece a nadie y por ello, nos pertenece a todos. Habrá que hacerse cargo”. Concuerdo. Eso no hace a la propuesta rítmica del grupo, me digo, pero sí al disco que la contiene. Hago una anotación al margen para un par de reglones futuros.

Pero antes, cierro el viaje/disco, con una escapada a Brasil. Siempre viene bien embriagarse con los deleites del portugués. Y ahí está Cícero, que arranca una canción de su disco “Canções de Apartamento” y la coloca como justo “bonus track”. Lamento no haberlo escuchado antes. Me alegra que este compilado me haya ayudado a descubrirlo.

Los renglones futuros prometidos, son puro presente. Reflexión final, mientras enciendo el décimo noveno cuerpo de nicotina: la cantidad de grupos y solistas que no llevan a nosotros por la lógica de las corporaciones discográficas y radiales viene siendo derribada por la lógica de discos como “Canciones para rodar por la alfombra” que rompen el anonimato a pura descarga gratuita. Porque es a través de esos intersticios donde aparecen una pluralidad de composiciones que, de otra manera, jamás escucharíamos. Levanto la taza de café vacía para celebrar estas batallas.

Ideal para curiosos


Chori - 08​/​12: cinco años de canciones hechas en Córdoba demuestra que existe una escena musical interesante más allá de Buenos Aires. 


Por Joel Vargas 




República Federal Argentina es el nombre oficial de nuestro país, por lo menos así lo dice la Constitución Nacional. Una patria que nació de una guerra civil interminable entre dos bandos bien marcados. Donde triunfaron, supuestamente, los federales sobre los unitarios según indica la historia oficial. Pero seamos sinceros, no es  tan federal, todo está centralizado en Buenos Aires. No me refiero a la Provincia, sino a la Ciudad y al Gran Conurbano Bonaerense. Ya van 200 años en los cuales todas las cosas “pasan” en la Capital. Obviamente que la difusión de las producciones culturales no escapan a esta lógica centralista, solo salen en los grandes medios las bandas de Buenos Aires. Pero en la era de Internet estas barreras se empiezan a quebrar de algún modo. Chori, un compilado de bandas cordobesas, recoge el guante de romper la centralización capitalina y bonaerense.

Como en toda selección, siempre hay una persona que oficia de curador, que la elige, le da un orden particular y trata de formar una identidad homogénea (la escena) y heterogénea (por los estilos) teniendo como resultado un pantallazo de una movida. En Chori, el que hace el recorte es El Servicio Postal, un blog cordobés que pertenece a Juan Manuel Pairone y Santiago Garrido. La decisión principal que tomaron fue hacer un recorte temporal: solo canciones que salieron entre los años 2008 y 2012. El disco cuenta con una edición física muy interesante, a cada una de las veinte canciones les corresponde una ilustración de Lucia Moras y tiene como resultado un trabajo integral, un caleidoscopio sonoro y visual.

En el álbum uno puede encontrar diferentes climas pasando desde la oscuridad introspectiva de Benigno Lunar con “Tobogán en espiral”, la alquimia popera de Esencia con “Suspenda”, la dulce melancolía de un día perfecto para el pez banana en “México”, la rabia contra la máquina de Árboles en llamas con “Bosques”, el melodrama confesional de El hijo de mi padre con “Isabel”, entre tantas otras. Chori está ahí, al alcance la mano para aquellos que les gusta romper con el centralismo capitalino y demostrar que existe una escena musical rica, interesante y versátil más allá de Buenos Aires.

Restos diurnos


¿Sueñan los lobos con ovejas lunares? indaga lo mínimo pero también la esencia humana. Se trata del primer disco de ¿Lobo Está?, la nueva propuesta y  proyecto (no tan) solista del uruguayo Gonzalo Saavedra, integrante de la banda Pueblo Viejo.

Por Joel Vargas

¿Sueñan Los Lobos con Ovejas Lunares? cover art
¿Sueñan los lobos con ovejas lunares? es un compendio de vicisitudes sobre la existencia humana. El nombre del disco remite a Philip K. Dick -uno de los grandes referentes de la ciencia ficción- y a su libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esta narrativa  pone en discusión la humanidad. ¿Qué es lo que nos constituye como tal? ¿Acaso el alma?,  ¿los sueños? ¿O simplemente la fe? Dick utiliza, como eje de su relato, una vieja disputa entre humanos y replicantes -androides- para demostrar que también son seres con sentimientos, con esencia. Ahí el yeite y el motivo de este disco,  lo humano y las representaciones sociales confrontadas. Lo instintivo frente a lo preestablecido culturalmente.

El álbum arranca con “Entrego mi cuerpo al viento”, marca el pulso de lo que vendrá: diez canciones folkies: a veces, aceleradas y, otras, más calmas que le dan batalla a los domingos suicidas,  a la soledad y al inconsciente colectivo. Aunque, por momentos, Saavedra abandona el tono folk y coquetea con latigazos eléctricos, bajos gordos y batas duras. “El túnel” va por esta senda, es una de las joyitas del disco, narra una road movie que tiene lugar en la mente de un defensor de las causas perdidas.

De vez en vez, los fantasmas de los grandes cantautores uruguayos dicen presente: en la densa quietud de “Mañana”, en los abrazos luminoso de “Invierno”, en la serenidad de “El viento” y en la adicción voraz de “A dos segundos de Vos/z”.  Otro de los hits es la tierna “Los muros”. Las seis cuerdas de la guitarra y la voz, a esta altura, se convierten en un bosque sonoro que desborda la canción hasta estremecernos.

“Slumberland” le hace honor a su nombre “la tierra de los sueños”, una oda onírica que navega entre melodías de mar. La voz, un susurro. “Doopleganger” habla de introspecciones, de la lucha entre las dos caras de un mismo yo: la calma antes del huracán y la violencia explosiva del huracán. El final llega con “Delete”, cuando “borrar” pareciera la única forma de volver a uno mismo.

Los fragmentos de un ser desmembrado transitan estos diez tracks existenciales. Y frente a la pregunta ¿Lobo está? Si, está. En ocasiones, el hombre es el lobo del hombre.   



El indie después del indie

Los que están emergiendo, los que vendrán, los que tienen la Post[A].


Mauro E. Pontoni.


The Post[A] es una compilación de reciente salida, con bandas de Argentina, Estados Unidos y el Reino Unido. Una propuesta de matiz parejo, certero y bien logrado, en cuanto a estilos musicales. A pesar de lo heterogéneo del idioma mantiene coherencia y unidad sonora porque logra trascender las diferencias y las fronteras entre la cultura anglosajona y la latinoamericana, ambas logran convivir en perfecta armonía.

El disco arranca con “It burns” de Tensixties, una marca registrada de lo que es y será la canción alternativa de la primera década del siglo XXI, con envolventes guitarras acomodadas a la base bajo / batería, una banda que desborda de espíritu neoyorkino, con la inevitable influencia de The Killers. Luego les siguen Glaciares dignos representantes de lo que podemos llamar "indierock", tal vez, como sentencia el texto/manifiesto que acompaña esta compilación, son fieles exponentes del post indie. Todas las bandas que componen esta producción decidieron apropiarse del género “manifiesto” como lo hicieron en otros tiempos las vanguardias históricas del arte, para posicionarse en un futuro inmediato, se trata del porvenir de estas nueve bandas con sus nueve canciones, nueve visiones futuras del post  indie. Anunciando tal vez la muerte de este mal llamado género.

Este puñado de músicos se exhibe sin miedos, ni pudores y piden a gritos un lugar que no es el del presente sino del futuro, y no es un gesto de vanguardia iluminada sino una necesidad vital. Solo pretenden que sus canciones sean multiplicadas desde las redes sociales para ser portadas en reproductores de MP3 y teléfonos, apostando a esa metamorfosis y a la decadencia de la industria discográfica.

Polen ocupa el tercer puesto del tracklist, con marcadas reminiscencias de The Black Rebel Motorcycle Club y su basal Baby 81, con un aplastante groove, uso correcto del vocoder y estribillos casi susurrados, bien acompañados, la distorsión está ajustada y no abusada. Los proceden Moodyman con un sonido más envolvente, groove y pop. Promediando la compilación suena “Escaleras”  una pieza acertada a cargo de Mil Pájaros, y que también forma parte de su primer EP, donde lo clásico y tonos vanguardistas van forjando una canción/historia que llega a receptor – escucha – de un modo diferente como si el venturoso destino de las canciones no fuera transformase en pequeñas historias dentro de la gran historia individual. Y casi sin querer, lo logran con grandes méritos.   

En la recta final, “Mad” de The Ocean sorprende por el tono oscuro y londinense, de tardes lluviosas con mucho de desencuentro y segundas partes, y una presencia fantasmagórica de Joy Division, amoldado a esta primera década del siglo XXI, resuena por lo bajo. El tracklist avanza con pasos certeros, siguen The Omelettes, es una de las voces femeninas – junto a Rie-  empuñando una canción atractiva con pizcas de un folk nada tradicional, cadencias del pop clásico, lo mejor del beat y una buena dosis de matices dark que, por momentos, nos retrotraen a mediados de los 60’s.

Cierra “Noche de Sol”  de Rie, que como The Omelettes, conservan el folk a flor de piel pero, en este caso, se trata de una versión más clásica que convive con una intensidad eléctrica cíclica que transita a lo largo de la canción. El track final, “19 days” de Deep River Running, es una balada armoniosa  Nuevamente el viaje a la ciudad de Londres y sus tardes, plagan la escena.

El arte de tapa recrea la visión semi apocalíptica y urbana de ese mundo después de mañana, de “la generación Post”. El diseño es caótico y efectivo, la información aparece minimizada sobre el montaje de imágenes. Una perspectiva suburbana nos permite contemplar un paisaje indefinido arrasado por quién sabe qué temporal o revolución, podríamos confundir esa ciudad con cualquier otra, una nueva Buenos Aires, Nueva York o Londres. El espíritu de lo que vendrá late entre los escombros del pasado.

  Manifiesto 

Somos la generación Post: Post Indie, Post Apocalipsis, Post Mainstream. No somos ultra conocidos, pero solo por ahora.

Nuestro éxito es cada lanzamiento, cada canción, cada show en el que vivimos lo que elegimos vivir...ESE ES NUESTRO ÉXITO

Recorremos un camino sinuoso, arduo y muchas veces ingrato, nos orientamos con una brújula que apunta a un ideal, pero no ansiamos llegar a ningún lado. Nos gusta “el camino”, nos realiza día a día y podríamos morir felices sabiendo que no nos hemos desviado un solo centímetro.

Nuestra música no tiene un estilo definido, es luminosa, oscura, alegre y melancólica, rápida y lenta, y se canta en castellano, inglés y en el idioma que elijamos.

Los limites son los que nosotros mismos nos imponemos. Nuestra alegría es encontrar gente que haga eco en nuestras emociones y disfrute nuestra música.

Somos devotos de nuestro arte, entregamos el alma en cada nota y en cada cosa que hacemos, y lo hacemos con nuestros propios recursos. La abundancia o escases no hacen ninguna diferencia.

Admiramos a nuestros predecesores, los honramos, pero no los imitamos, ellos transitaron el mismo camino tiempo atrás. Ahora es nuestro momento con un ojo adentro y otro afuera, avanzamos.

La competencia no existe, ese concepto es fruto de una sociedad egotista que intenta hacernos creer que estamos separados unos de otros. Si uno crece, todos crecemos juntos si uno cae, le tendemos la mano y lo animamos a seguir…

Somos la generación del "después", el despues de todo, somos THE POST[A]