menucito

Indiana

Indiana está formada por Pablo Siciliano (voz y guitarras), Diego Siciliano (guitarra), Bruno Poggi (bajo), Nicolás Poggi (baterìa) y Mario Ojeda (teclados, guitarras). Editó en el 2007 un ep llamado Se Abre Paso y en 2009, Seguro Contra Terceros, en este caso, en formato LP. La banda dio su primer recital el 9 de diciembre de 2005, y desde entonces sus integrantes vienen juntándose para componer todas las canciones y grabar todos los discos que sean capaces de hacer. El día martes 21 de julio comenzó con las grabaciones de su segundo disco, titulado Las Horas, en los estudios Project 9, propiedad de Guillermo Olivera. Constará de 10 canciones entre las que se encuentran Canción para emilia, Suiza y En mi defensa. Será editado a fines de este año.

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Contacto: indianalp@gmail.com

Escena dos

Enfrentadas en la arena, Venus Milo y Venus Botichelli (alegres tocayas desnudas) se miran a los ojos. Botichelli acudida por vientos y ninfas y un ejército de soplones voladores esgrimiendo dulces empalagosos y bombas de comidas griegas que chorrean grasa, aceite y miel. Milo, con sus huestes de poetas falderos modernistas que la apantallan y le prestan algunos los brazos mientras que otros le tocan el culo con total impunidad, a salvo de la cachetada imposible de la Venus (Caesar Vallejus primus). Y el olor a sexo de Milo se hace feromona entre los presentes. En cambio, Botichelli, limpia, emergiendo de la almeja de su madre, no huele. Sus pezones vivos son ahora dos petirrojos iridiscentes. Bucles rojos como lenguas de fuego le azucaran los hombros, las clavículas, y ese tramo de la espalda que el pintor guardó para sí. Venus Milo la envidia y la desea, pero ella sí que tiene omóplatos. Perfecta predilecta espalda marmórea.
Y mientras tanto, detrás de un ojo de los presentes, no lejos de un galgo que ladra sin parar, una neurona se agita y se pregunta por qué venéreo y afrodisíaco no son sinónimos. Y Venus Milo se sonroja porque acaba de recordar que una vez le dijeron que fue esculpida con el ombligo hacia fuera y que un cincel censor se lo había amputado, privándola de su cordón umbilical. Dónde habría caído aquel trocito de mármol enrulado que un día le fue desbastado. Quizás la mano que golpeó el cincel la haya guardado en ese lugar que desde entonces sería conocido como l’umbilico del mondo.
La horda de poetas falderos se detiene súbitamente y congela a la sola señal de un movimiento en el hombro de Milo, que sacude los muñones como alitas recortadas. Y al mismo tiempo los ejércitos dulcíferos de Botichelli, ante la señal de sus glúteos, armas al hombro. Los ojos de las alegres tocayas se encontraron en el escenario. Y la escena es una tormenta de versos proferidos a viva voz. Botichelli se desata y alcanza con un pie el pie de Milo, susurrando pan y queso. Venus caudalosa se estremece. Los labios oleosos tiñen el mármol frío y el público muere de un síncope.
Todos los galgos aullan hasta quedar sordos.

Augusto Enrrique: La poesía no sirve para nada


Ya perdí mi nombre y caí en el engaño de mi sangre. Antes de aprender a mirar hay que escupirse los ojos. Hace rato que saltamos hacia el silencio y bebimos el vaso vacío de la sed. Vivo de muertes lejanas, del corazón caliente y de lo que late en la sombra. No puedo hablar con palabras de este mundo, no puedo. Estoy emplumando los pájaros para que golpeen al viento. Yo soy mi danza y mi llanto, y me canto y me encanto como un sonámbulo vagando por la casa de la existencia. Siento una mano en mi garganta, por eso cuando tengo demasiada sed invento una lluvia.
Estamos muertos, esa es la consecuencia, o el efecto. Lo único que podemos hacer es averiguar la causa. Llegar al nuevo silencio pulsando la palabra antigua. Un río de ojos y de fiebre, y una condena a vivir con las estrellas. ¿Cómo esquivar la emboscada de mi escritura? Tal vez otros sean los dueños de la palabra, pero nosotros somos dueños de nuestro silencio. Sombrías significaciones y significaciones sombrías. No, si, no, si, puede ser. Hablo, digo, callo, estoy harto de los juegos de la mente, harto de la razón. Busco en el murmullo de mi corazón, de mi corazón azul, la voz casi inaudible de mi sangre. Y alguien me imploraba que no la matara, y era la infancia. En los velos flotantes que cubren tu viaje en el agua, me lloro y me doy mi corazón y mi sangre. Como una posesión mía, que nadie me enseñó su pertenencia. Fue un perro, un perro desnudo el que arrastraba mi cadáver desnudo. Es el despertar de los durmientes, siempre y nunca lo fue, el reino de lo relativo. Yo también estoy solo y escribo, por eso estoy solo. Voy hacia mí con el eco mío. O sea: voy hacia mí, hacia mí, mí. La trampa de los conceptos, los anzuelos de las definiciones, el sustantivo sin adjetivo de la inocencia. Mirar como las hojas secas esperan la estación del viento para formar la estructura de un remolino. No esperar, no esperar, no esperar, ese es un mantra perfecto contra la desilusión. Te transmito, me transmuto, luego no sé. Bebíamos vinos azules, luego no sé. Luego otras cosas, y por último no sé. La ironía era mi casa por eso no tenía techo. Cada niño del cuadro era un niño que le faltaba a la realidad. Soy el errante, el inquieto e inquietante. Es una forma de decir. ¿Qué es ser fiel y verdadero? Acaso es posible saber que se es algo. Si algo puedo decir de mí es que no soy un es ni un estoy. ¿Cómo indagar el peso de mi lenguaje? Necesito descubrir la alianza entre mi pronombre y tu persona, y también una muñeca desdichada que beba leche de pájaro. Esto es un mapa de los ríos interiores. Y una elegía para mi persona metafórica. La palabra es el juez que condena a todo poema al fracaso. Estoy poseído por el demonio de la analogía. Solo vinimos a ver el jardín y a decir una plegaria en el crepúsculo. Algunos piensan que la poesía no sirve para nada, por lo que veo a cada rato, la política tampoco.



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Otra cosa

¿Me darán una oportunidad al tocar con los dedos el umbral
como si ya nadie me viera o quisiera verme?
¿Pedir perdón o pedir permiso?
¿O decir adiós?
Pedir amor, encontrar un exilio.
Extender la mano hacia una obsesión.

Suelo existir,
suelo apartarme con ingenuidad,
antes de encontrarnos detrás de la linea que marcamos en un principio.
Me vi en sombras intentando brillar (inextinguible)
con la puñalada de siempre,
la de toda la vida, la de toda la eternidad...

y es que el desequilibrio
me viene a golpear justo acá,
justo a nivel del mar.
Y aunque he removido los escombros
tratando de ayudar en la tragedia,
tratando de olvidar cuan culpable soy,
cuan cómplice soy.
Los saludo desde la escalera que desciende,
que nos sumerge uno a uno en castigo,
que nos delinea la fe
haciendo de la mentira una venenosa verdad.
Memorizo el grito de mártir,
me lo olvido al cantar una canción
que no se si escribí yo o dios o el infierno.
Y aquí sentado ante los demonios de mi infancia,
(que aun hoy me visitan por las noches),
negociando,
entrando en confianza.
tomando whisky, varios whiskies,
creo caerles bien,
creo poder pedirles perdón
y que el disparate nos libre y nos guarde
por no decir otra cosa...

Martín Wilson: Línea 59

La última mesa a la izquierda- me dijo el acomodador.

- Ahí, ahora una de la chicas se acerca y te trae los cartones.

- ¿Pero que mesa? Pregunté.

No la veía, me sentía perdido, como en una boda de esas en las que no sabés por qué te invitaron, ni quién te invitó y la búsqueda de tu mesa te marea. Esta era una boda muy grande, muy iluminada y con catering de cartón. Esa era mi mesa, la última a la izquierda. Una señora con el pelo enrulado, teñida de rubio, los labios pintados de rojo fuerte y los ojos muy delineados, hablaba por teléfono en guaraní. Me sonrió dándome la bienvenida. En este micro mundo todos parecían profesionales, doctorados, licenciadas, másters en suerte. El azar está escrito, el destino no.


¿Es tu primera vez?- no preguntó, afirmó la señora de pelo enrulado teñida de rubio. Yo asentí. Vas a tener la suerte de principiante-me dijo con cierta dulzura y guiñándome un ojo.
Completaban la mesa una anciana, nunca le vi los dientes, no tenía dientes, temblaba mucho y sonreía como un delfín en mundo marino. No me saludó. Me miraba de reojo, con desconfianza. Otra señora, también mayor, estudiaba su cartón y cada tanto miraba hacia el techo. Tenia algo del Negro Rada, podría ser su madre. Había también algunas personas jóvenes pero… pensionadas, pensionados, jubilados, retirados eran condiciones más habituales en la sala. Casi todos llevaban esa credencial impresa en sus miradas. Esperando, ese era el estatus. Y el esperante de la fortuna lo hacia en orden, en fila, en número.
-Cin-cuén-ta- i-och- oh!, cinc-o och-oh!, Cin-cuén-ta- i-och- oh!.

No sé que mierda hago en un bingo un sábado a las 11:28 de la noche. Estar sólo un sábado a las 11:28 de la noche es un poco triste y estar sólo un sábado a las 11:28 en un bingo…es un atentado a la alegría.





Pero no puedo sumergirme en cuestiones existenciales. Acá no hay lugar ni tiempo para castigarse. Una sola distracción, una desatención y te perdés un número y si te perdés un número te podés perder una línea o el pozo, una montaña al revés. Esto es maravilloso. No pensás en vos, te vas de vos. Compartís una mesa con desconocidos con los que ni siquiera tenés que mirarte a los ojos (no hay tiempo para eso) pero de una extraña manera estás acompañado. Todos venimos a escuchar números, y escuchar números es una cuestión de a uno, es algo personal. 2 pesos el cartón y el vuelto generalmente vuelve en fichas o vales para seguir jugando y no te das cuenta y seguís probando.

En una mesa cercana un flaco perdía la línea, estaba en pedo, agitaba los brazos y el vaso. Tenía ojeras, la cara ovalada, la pre temporada de una calvicie, la camisa afuera del jean que usaba con dobladillo, y unos zapatos negros que parecían escolares.

-Dale putos, quiero mis bolillas! dijo.

-¿Que pasa que no me la llenan de Bingo?! Eh?!

Una chica que lo acompañaba trataba de calmarlo, avergonzada. Un mozo y un tipo de traje lo invitaron a retirarse. Parecían conocerse. El borracho y la novia se fueron a los tumbos. Esta es mi fiesta giles!

-Yo soy el señor de los Bingos, el número 1!

Esto lo dijo con voz de locutor, con la voz de quién canta números en un Bingo.


Es como el paco, me habia dicho un amigo. El bingo es el paco de los juegos.

Creo que nunca en mi país había sido testigo de tanta concentración colectiva, tanta obediencia, tanto orden y respeto amuchado. Ni en un lugar sagrado, ni en una iglesia, ni en un templo, ni en un colegio muy estricto se genera tanta atención. En el bingo, ni se tose, ni se bosteza se presta atención. Los números son mantras, se anuncian, se cantan y se repiten en cientos de mentes que no se dispersan por nada. Y como en misa o como en un aula grande, hace frío, ese frío de calefacción distante. Las luces blancas nos vigilan, nos despabilan arrogantes hacia abajo. Desde el altar, la voz es la de un divino pastor, o una enviada para anunciarnos nuestro tan azaroso destino.

-Línea! Línea Señor! grita emocionada una señora mayor y en la alfombra gris se tropieza pero no se cae al piso, llega a pasos atolondrados hasta aferrarse sobre otra persona que sin darse cuenta la rescata. Acá nadie parece darse cuenta de nada. Y la señora tampoco se dio cuenta que le faltaba un número, un error el 59 no había salido y seguimos jugando por una línea. 39… tres nueve, 65… seis cinco, 6…seis, 13… uno tres… 48, cuatro ocho cua-ren-ta-i-och-oh! y los números hablaban, se contaban cosas entre ellos, sociabilizaban. Yo quería cambiar los números, cantar una línea o tomarme el pulso y pensaba…voy a gastar lo mismo que en un cabaret. Al final no es tan deprimente ir a un cabaret. Hay cosas peores. Es hermoso el cabaret! Y le mandé un mensaje de texto a Leboski, así le digo a mi amigo, el que me había dicho: El bingo es como el paco.



El paco de los juegos me quemó el cerebro.



-Dale, vamos. Donde estás? es la respuesta a mi mensaje de texto.

-En 20 paso por ahí, me dijo. Otro número pensé.



Y esperé 27 minutos en la puerta del Bingo y fuimos a un cabaret. El cartel de neón luz roja y el nombre del cabaret se encendía y se apagaba, se encendía y se apagaba: Chat rodeado de un signo de interrogación (?) ¿Chat?. Raro, ¿Chat de gato en francés? o ¿Chat de chatear ?. Raro. Y me acordé de una vez oir decir que el signo de interrogación es un jeroglífico. Que la marca de interrogación simbolizaba a un gato que se va. El punto y la cola y la incertidumbre (?). En la barra le conté esto a Cindy, 23 añitos, cola real, frigobar s/cargo, toda, la diosa de Nuñez. ¿Vas a pasar o no? Dale flaquito...

¿Por qué las putas se visten como putas? Vestidas de lycra chillón y berreta, escotadas sin gracias, haciendo equilibrio en sus tacos aguja, maquillaje exagerado, perfume de imitación. Si fuese puta pensaría más en la pilcha y en como vestirme de mujer corriente, en vestirme como las chicas que me querría coger en mi trabajo, en la facultad, en el tren, en la vida o en un bar.

¿Querés mi colita? -me revendió Cindy



Y no. Los números me habían quitado la libido, los signos de interrogación también. Y el terciopelo sucio, el humo, tabaco, microclima rancio, olor a lubricante, preservativos, libre participación, hedor a sexo, lavandina, desinfectante. Terminé mi fernet mirando el último número de la noche, Kayra bailando sobre el escenario y la Bestia Pop de Los Palmeras...cum chichi cum chichi cum...



Y nos fuimos.



-Tengo la cabeza llena de números Leboski, le dije.

Por lo menos gastaste poco y no te perdiste de mucho y estamos bien, me tranquilizó. Chau, nos saludamos.

Y esperé el colectivo... y el bondi y el bingo...-Que palabras, pensé. Bondi, bingo... Y llegó el 59, otro número. $1.25 más números. Y en el trayecto pensé en muchas cosas. Pensé en la señora que se tropezó, que creyó haberse ganado una línea y la imaginé más sola después llorando por su suerte, por su vejez. Eran las 2:30 de la mañana. Miré por la ventana. En un farmacity la gente hacia cola, en silencio, esperando su turno, esperando el próximo número.


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Relato de Martín Wilson

Línea 59 pertenece a la Trilogía: Vals en False City

Contacto: tiemposdeneon@gmail.com