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Christian Cejas: Confesiones*

Mi idea de tranquilidad en aquel tiempo, tenía que ver con, por ejemplo, no sentir la obligación de ir los domingos a la misa de 10:00 y escuchar los aburridos sermones del padre Augusto, un vasco de sesenta años que se había metido a cura porque lo consideró lo más conveniente dada su incipiente fealdad. Esto no es una suposición mía, él mismo lo había confesado. No en una confesión. Me lo comentó, tiempo después, en el bar de la esquina de la iglesia, también un domingo, en que como todos los domingos después de misa, o como todos los días, no tenía nada para hacer en la iglesia, y se sentaba allí hasta llegado el mediodía a tomar una gaseosa tónica. Luego dormía la siesta y luego solo él lo sabía.
El padre Augusto cumplía con su misión de cura como cualquier hijo de vecino que trabaja porque no le queda otra en una oficina, por un sueldo de medio pelo para abajo. Daba la misa y después si había un Dios o no juzgando o ayudando o perdiendo simplemente el tiempo, era ya un problema que estaba más allá de su preocupación. Lo único que le faltaba era percibir un salario por sus conferencias dominicales, pero eso era mucho pedir, y además sabía que no lo merecía. Sin embargo mientras cumplía su horario laboral de 10:00 a 11:00 era un reverendo hijo de Dios. A menos de la boca para afuera, y sin tener en cuenta que yo me aburría. Porque no toda mi vida estuve tranquilo. Cuando aún no tenía la capacidad ni el suficiente derecho de decidir no ir a misa, mi padre me arrastraba hasta la iglesia como si fuera un gato con una correa. Los perros casi por naturaleza saben lo que es eso. Cuando se las colocan no dicen ni mu, y automáticamente comienzan a caminar cuando sus amos caminan, y se detienen si sus amos se detienen. Para los gatos no funciona de esa manera. Siempre me dio un poco de asco esa palabra. Amo. No me refiero al verbo en presente simple, primera persona singular, esa más bien me dio muchos problemas, sino al sustantivo, y me pregunto con qué derecho el hombre se considera el amo del perro, debe ser que el perro es demasiado bueno o que tal vez no tiene la capacidad de elucubrar planes en su contra, en contra del hombre. Pero volviendo al asunto mi padre me arrastraba y yo era como un gato con correa. No llegaba nunca al punto del berrinche insoportable que sí hacía Tomás, que casualmente se llamaba o se llama, sabe Dios dónde andará ese chico, hoy será un hombre grande, igual que el gato de la historieta, y al que el padre Augusto, con voz menos ronca, más pelo, pero igual de feo, lo saludaba siempre como “Santo Tomás”. Pobre, qué manera de sufrir su infancia. Yo no berrinchaba de esa forma pero dejaba una clara postura de fastidio y semi desesperación. En aquel tiempo el padre Augusto todavía no se atrevía a reconocer nada, por lo que imagino yo que creería un poco más en Dios que ahora, o al menos se mentiría sin darse cuenta o creyendo sus mentiras. Uno cuando se viene viejo se aburre de fingir. Se aburre porque se aburrió de haberlo hecho tanto tiempo, no porque uno alcance la iluminación de la verdad o sepa más secretos que antes, o porque se reconozca a uno mismo. Uno simplemente se convierte en lo que es. También se comienza a añorar, qué estupidez, al hombre que uno era, la virilidad, el poder subir escaleras sin agitarse, el visitar algún club nocturno o practicar algún deporte, el que te mire por la calle alguna señorita, de viejo te miran por la calle con ternura pero porque sos un viejo tierno, o con desprecio pero porque sos un viejo de mierda.
Se termina viviendo con el deseo de ser como uno nunca debió haber sido. Por eso luego de aburrirse de fingir uno quiere volver a seguir fingiendo pero ya no te da el cuero. Entonces uno es uno.

El padre Augusto en aquel tiempo evidenciaba amor por lo que hacía, y de eso estoy convencido porque si a mí, que no soportaba escucharlo dos minutos seguidos y que además a los tres ya estaba cabeceando, lograba rozarme, de lejos, alguna veta religiosa extraviada en mi cerebro y me hacía caer en la trampa de creer durante cinco segundos que quizá había que prestarle atención, al menos para comprobar que algo de lo que decía tenía sentido, era porque la pasión que demostraba en ese momento era admirable. En realidad no lo era, según confesó en el bar otro domingo, pero en ese momento yo no lo sabía, y él tampoco. En aquel tiempo, mientras toda la feligresía estaba de rodillas, incluyéndome, como perros que acatan las órdenes de sus amos, porque el padre Augusto decía de pie y todos de pie, sentados y todos sentados, cantemos y todos cantando, de rodillas y todos de rodillas, yo lo miraba entre mis manos juntas y mientras levantaba el cáliz y levantaba la hostia él cerraba los ojos y casi un halo de luz lo cubría. Hoy apenas si levanta esos adminículos, los ojos los revolea para cualquier lado y la iglesia es una penumbra con olor a humedad. Eso sí, la hora de misa la cumple a rajatabla, así como su duración.
A medio camino entre su pasión y su desencanto, el padre Augusto ya había empezado a dar claros signos de que las cosas le estaban comenzando a importar poco y nada o que estaba empezando a sentir el gusto del desengaño. Algunas veces hasta gastaba bromas bastante pesadas en los momentos menos pensados. Uno de esos momentos fue el casamiento de Pablo Martínez que era uno de los tipos más ricos del pueblo. Pero la culpa de eso la tenía el padre. No Augusto, sino su progenitor. El padre de Pablo Martínez, Enrique. (Por las dudas aclaro que Pablo Martínez y el padre Augusto no eran hermanos).
Todo el mundo sabía que no había tenido ninguna participación en los orígenes de la fortuna familiar pero él se la pasaba diciendo que había aportado juventud e ideas nuevas y no sé qué otras patrañas a la empresa de su padre, y que gracias a él la empresa pudo mantenerse en pie luego de la profunda crisis por la que pasó el país. En el pueblo era lisa y llanamente el hijo de Enrique Martínez y eso lo sacaba de sus casillas. Por supuesto al casamiento fuimos todos, hasta mi padre, que para ese momento el que lo arrastraba era yo, porque quedó postrado en una silla de ruedas luego de caer cinco metros mientras arreglaba el techo de la iglesia. Un milagro. (Que no se haya muerto de la caída. Murió el pobre unos años después, seguramente de aburrimiento).
El padre Augusto se había puesto su mejor sotana, acaso como un claro gesto de ironía. La ceremonia la dio como si estuviera pegando estampillas en la oficina de correos, pero al momento de leer la fórmula matrimonial, y con un tono de voz ceremonial que solo se lo escuché en la primera misa que celebró en el pueblo, en lugar de decirle a la novia “Acepta por esposo a Pablo Martínez” dijo “Acepta por esposo al hijo de Enrique Martínez”.
Según me confesó tiempo después en el bar, mientras tomaba su gaseosa tónica de siempre, no lo hizo porque Pablo Martínez le pareciera “un tipo vanidoso, con aires de superioridad y mala persona”, sino porque “era un tacaño, el hombre más rico del pueblo y dejaba treinta centavos de limosna, joder”.
El padre Augusto evidentemente ya no era intermediario de nadie y mucho menos de Dios. Antes se preocupaba por todos los problemas de cada uno en el pueblo. Ahora quería estar tranquilo y que cada uno se hiciera cargo de su infierno.
Fuera de la iglesia y de sus sermones, tenía una conversación entretenida. No parecía un cura. Yo asistía bastante seguido los domingos a las misas que celebraba en el bar. No eran muy cristianas las conversaciones, pero sus palabras eran sinceras. Y él no se la pasaba ordenando que todos se paren o se sienten o se arrodillen o canten. Yo sinceramente no sé qué será de la iglesia del pueblo cuando se muera el padre Augusto.


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*Publicado originalmente por los amigos de FALSARIA
En cielos rojos.
Limpia brisa demoníaca.
Las cuestiones son otras.
Otras miradas.
La perspectiva disiente.
Al ver los días,
Al ver mis manos,
Dicen que es miedo
A los dolores, a la persecución.
Dicen que quema.
¡Digo que sana!
Pero allá en otra tierra, en otro plano.
Pero sana…
…Un segundo.
¡Pero sana!
A ver mí historia.
Revisionismo.
Y basta ya de idiosincrasias
En mi mente,
En mis pensamientos.

Te voy a matar mamá

Mercedes Funes encarna a una muchacha que ensaya en soledad cómo y por qué matar a su madre.

por María Eugenia Vidal

Surgen los sentimientos menos racionales y llenos de contradicciones de una relación compleja entre una hija y su madre: la necesidad de afecto junto a la falta de libertad que genera ese mismo afecto.

Eduardo Rovner se mete en el terreno de las relaciones familiares de manera seria y elocuente. La actuación exacta de Mercedes Funes transita por la angustia y la locura pero sin caer en ninguna caricaturización, dando cuenta de su sapiencia para el personaje.

El dramaturgo pulsa las varias voces del personaje de este monodrama de vínculos primarios.

Psicoanálisis y poesía se combinan en este unipersonal que indaga sobre la relación más compleja que arrastra toda mujer, sobre la visión particular y subjetiva de una hija que proyecta sus fracasos y vislumbra su propia culpa. Excelente trabajo del dramaturgo Eduardo Rovner que nos brinda un texto cargado de matices y la certeza de que una madre es un espejo donde preferimos no mirarnos.

De la notable actuación de Mercedes Funes es que apañamos y criticamos a esta hija y a sus razones para el asesinato de su progenitora. Contradicciones y frustraciones conforman Te voy a matar, mamá.

El trabajo de dirección de Eduardo Rovner es perfecto y a punto para esta historia tan delicada y profunda.

¡Y qué maravilloso es que un universo cargado de tanta sensibilidad femenina sea escrito por un hombre!


[Ficha Técnica] 
Autor: Eduardo Rovner
Actuación: Mercedes Funes
Asistencia De Dirección: Javier Delgado
Vestuario: Ana Sellan
Musicalización: Pablo Rovner
Iluminación: Miguel Morales
Producción Ejecutiva: Rubén Sibilia
Prensa: Simkin & Franco
Co-Dirección: Fabi Maneiro
Dirección: Eduardo Rovner

[El autor] 
Eduardo Rovner fue vicepresidente de 17 Congresos Internacionales de Teatro Iberoamericano y Argentino.
Fue Profesor Titular de las materias “Taller de escritura dramática” y “Creatividad” en la Escuela Nacional de Arte Dramático y de la materia "Dramaturgia" en la Maestría en Teatro Argentino y Latinoamericano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Desarrolla hoy una intensa actividad realizando talleres y seminarios en Universidades de diferentes países.

[Funciones] 
Domingos a las 20hs
Teatro La Comedia, Rodríguez Peña 1069
Informes: 4815-5665 / 4812-4228 Entradas: $70

Odessa Tanguera

Oscuridad y yeites arrabaleros dan vida a Mugre, el primer disco de Acorazado Potemkin.
Por Joel Vargas
Mugre sangra, respira, susurra y, por momentos, se oxida a lo largo de catorces pequeñas postales. Hay para todos los gustos: surrealistas, trágicas, existencialistas, hasta épicas. Nunca mejor puesto el nombre de una banda: Acorazado Potemkin. Arrastra todo a su paso, como la película del ruso Eisistein, que reflejó la masacre de Odessa. Por si no la conocen, es la historia de cómo los marineros del Potemkin, hartos de los malos tratos y de comer carne podrida, se sublevan y arman un motín que termina en una tragedia en la famosa escalera de Odessa.
La banda, que lleva un par de años en la ruta, es una creación de la cabeza de Juan Pablo Fernández (ex Pequeña Orquesta Reincidentes), Luciano Esaín (ex Motorama, entre otros proyectos) y Federico Ghazarossian (ex Don Cornelio y Los Visitantes). El trió es como un pequeño King Crimson aporteñizado, Three of a perfect pair, dicho en criollo: tres de un perfecto par, porque el bajo de Ghazarossian y la batería de Esaín forman una unidad difícil de romper y sobre ella Fernández vomita mugre, hombres y gusanos, y su guitarra escupe arrabales. En este álbum debut hay varios guiños tangueros y oscuridad. Y sí, hay pequeños fragmentos de sus bandas anteriores: gérmenes.
El disco arranca con “Algo” y una frase que define todo: “En algo vos y yo nos parecemos/andar buscando revancha.” Revancha, es lo quieren y la rematan con esto: “Algo que salió mal, la primera vez. /Algo no funcionó, la primera vez.” Esta vez sí que salió bien: Mugre es candidatazo a ser uno de los discos del año, gracias a temas como “Desert” un desfile en trance, inspirado en un verso del poeta peruano Jose Watabbe: “Soy lo gris contra lo gris. Mi vida”. Y “Desayuno” una oda densa, tormentosa con punteos ricoteros.
El punto máximo llega con “La mitad” que confiesa:”esto es a cara lavada/y con los ojos abiertos/no hay fotos,/ no hay qué nos recuerde/más roto que antes,/más solo que nunca/me iré a buscar enemigos”. Fernández la canta junto Flopa Lestani formando un duo perfecto: una voz dulce y otra rabiosa, bien porteña. Mientras Juan Ravioli acompaña desde las teclas. Es una canción de despedida que parece ser la respuesta a “Final” del cantautor uruguayo Eduardo Darnauchans, que dice “ahora que no hay nada sino fotografías,” y Acorazado Potemkin contesta: “y si es cierto que lo nuestro se termina/ y si es cierto hay que hacerle un final/ (…) solo una mitad, mía, la que va a olvidarlo todo/y la otra que te diga adonde estoy”.
Pero hay más, “Lengua materna” es un poema de la chubutense Rosa Lesca convertido en un tema proto-funk con un bajo protagonista martillándote la cabeza. “Puma Thurman” es una balada con ciertos tonos westerns, que explota en el estribillo con Ravioli como invitado nuevamente. “Caracoles” es un punk revoltoso hijo de Joy Division y de Dead Kennedys.
El disco llega a su fin con “Unos Versos” de la cantautora brasilera Adriana Calcanhotto, el Acorazado entrega una versión densa con arreglos duros; un mix huracanado de guitarra, bajo, batería y la voz de Fernández confesando: “seré yo tu paradero en los versos que te escribo. Y después, los arranco.”

Para más info y para descargar Mugre entra aquí.