menucito

PEDAZOS MUGRES [pliego II]

negreando/
sí/        el feliz sangrar de
los insectos sobre las páginas blanqueadas/            pongámosle:   una vaca
que transcurre como un
humo mínimo e irrecuperable
venenea         
paracá Y parallá
paracá Y parallá
pujando dentro del iris distorsionado/… /     o sí: la
henchida multitud mascando y mascando su niebla
quiero decir
/transmisión
/elisión
//ficción
                        /          transimisión\ficción\elisión\  irrisión
y ahora?
ahora
a otra cosa mariposa
masca!\masca!\masca!! oh, preciosa savia muchedumbre:
tus cadáveres bailando como cristos fracturados                 /…/
despacio
desde tu cristal
las íntimas cloacas
para después caño
y caño y caño y caño y caño!!!


[           oigo la nieve
rompiendo los bambúes.
la noche, negra           ][i]


—trancisión                 —pudrición                 
—vacilación
negrura esta, resquebrajeante transparencia
porque no fue
de nuevo
siquiera lo fuido
que nos alumbra o resuena/  es quizás de nuevo néctar alzado
o arena nomás, cuerpo
percudido, quietecitito cuerpo
/envuelto de pólenes
atrae las insaciables abejas del basural
            //al final todo para esto? no: la caliente y rápida maceración de la inocencia:
salpimentar con extremo cuidado el bocado núbil de los carroñeros


[           sabía que iba a haber muertos:
temprano a la mañana
cantaban muy triste los gallos
me dije:
¿quién será que va a morir hoy?        ][ii]

//
orina negra en la boca azul
orina negra
en la boca
verde
orina
negra en la boca roja
eso! otra vez: un cuerpo agarrado a los charcos que se evaporan\¿alguien todavía en aquella tarde en que llovíamos como quien duele hasta el fondo de la mar?\pero ya no\ no va quedando aquí nadie de carne nadie de hueso\nadie nadie señores y señoras\¿quién nombrará entonces eso que poco a poco existe tras mis párpados: vuestra límpida mugre?\porque ni uñas ni dientes\ni uñas siquiera ni dientes siquiera\salivas sangres\pedazos mugres\y si quereis podríamos hablar horas días sobre las pequeñas pueriles fatuas estrategias que intentamos para seguir funcionando a pesar de que todas las evidencias y experiencias indican que sería mejor apagar todo y pasar a otra cosa lo más rápido posible sin que nadie se de por enterado de que alguna vez nuestros pies pisaron este barro inhóspito y pasajero barro no menos superfluo o transitorio que esta respiración estos latidos esta cosa que llaman piel y que se supone que debe estremecerse con estas gotitas frías que empiezan a mojarla ahora que solamente queda el asfalto para refugiarse en esta noche que no nos ha tratado a decir verdad para nada bien
a la una y media nos quedamos sin puchos y no hay nada abierto por ningún lado y ya son las cinco y mato a cualquiera por una seca de cualquier cosa philip camel viceroy rodeo no me importa por suerte todavía tengo un vino en la mochila que caliente y todos nos va a venir joya cuando lleguemos a la estación y por lo menos no nos de más de lleno esta lluvia que empezó justo después de que las cosas empezaron a derrapar tipo once cuando el gil ese te dijo ¿me estás haciendo causa de tranza la concha de tu madre? y vos le dijiste pará pará te estás comiendo cualquier historia loco y el gil te dijo qué loco qué loco gato alguna vez me fumé un porro con vos pelotudo ni te conozco ni sé de que barrio venís y vos pará pará está todo bien chabón no queremos ninguna historieta rara y el gil que a esta altura ya evidenciaba su dureza por todas partes te decía ¿vos sabés quién soy yo gil de mierda? ¿vos sabés quien soy yo? rajen de acá si no quieren que les meta un corchazo a cada uno y ahí fue que agarré y le partí la botella por la cabeza porque la verdad que ya me había inflado suficientemente las bolas nosotros solamente queríamos pegar un chiquitaje una bolsita de la piola como para zafar la noche y nos vinimos a cruzar a semejante forro que encima se bajó él solo la mitad de la birra de lo zarpado que estaba y no habilitó ni un puntín ni un chispazo nada así que le rompí la cabeza le di justo en la sien al gil vi como cayó y se puso a sangrar con los ojos abiertos movía la boca pero no decía nada no le salía nada de la boca ningún sonido nada y de alguna parte de la cabeza salía la sangre y los ojos muy abiertos y vos dijiste bardeaste bardeaste cualquiera bardeaste pelotudo y salimos matando para el lado de la ruta y ahora seguimos re manija sin gilada sin puchos y atrás de toda esta lluvia debe estar queriendo empezar a salir el sol pero ya no sé no sé en qué momento todo se desvió y este poema dejó de querer ser un poema y ahora quiere ser solamente
ese dedo que te surca las cicatrices petrificadas
ese dedo que en la oscuridad no puede dejar de contarte las vértebras una tras otra
y después
nuestras lenguas
agarrándose
como
dos gatos



[i]Y. Buson.
[ii]A. Galeano.

Canciones para flotar


Astrolabio llega desde Mallorca para narrar, con sus canciones, la galaxia y  sus avatares lumínicos.

Por Joel Vargas 

Astrolabio es fiel a su nombre, sus canciones son instrumentos que determinan la posición de las estrellas. Con diez temas a puro Rock Espacial sigue la tradición de la banda más importante del indie español: Los Planetas.

“Astrología” abre el disco debut de los mallorquines, la melodía es envolvente, las guitarras tienen aires neoyorkinos y la voz susurra una historia digna de un Carl Sagan lisérgico. La aventura espacial sigue con  la liberadora "Vegetales" y la crónica del viento de la “Femme Fatale” que “te va enloquecer” con un punteo hipnotizador. Otra pieza crooner es “La Chica Bala", una balada que remite a la banda británica Spacemen 3,  donde confiesan la atracción por una chica atractiva y explosiva.  La trilogía amorosa y oscura se completa con “Flores muertas” y un estribillo que grita “ella está muerta”.

A esta altura del álbum se forma un caleidoscopio sonoro, millones de colores y climas viven en las canciones, que parecieran hechas contra la ley de gravedad, canciones para flotar. Las pruebas de eso: “Infierno Doble” un mantra sonoro con los policías del alma como protagonistas y un final con meteoritos de kraut rock y  "Luz Azul”, que con sus odas hindúes parece la prima menor de “Who Feels Love?” de Oasis.
También hay lugar para el rock de la escuela de la Habitación Roja con “Sr Caballo” y  “Thelema”: guitarras, bajos y baterías nebulosas conviven con letras surrealistas.

El disco termina con la épica  “Debe haber siete niveles”,  una especie de infierno dulce y sonoro, con siete pisos separados unos de otros por una distancia de mil años y una voz que reza: “ya no toco el suelo”.  Definitivamente: Astrolabio hace canciones para flotar.






indefinible


una noche cualquiera
me no-pronunciarás
certeramente


es que
no se trata
de asirse
mutuamente


sino de
rozarse
irracionalmente
en los bordes


moebianos


allí donde
entrar o salir
es un juego
y ya no sólo
de palabras








[http://es.flavors.me/giordanomalta]

Natalia Fernández: La máscara de cristal




A veces algo inquieta al sentir
amenazando poner en jaque el dia.
La mente se encuentra inmersa en fantasias.
Inalcanzables por momentos, proximas a vivirse en otros.

De las muchas sensaciones que aparecen
puedo quedarme con el anhelo
del reencuentro con lo mas puro que habita
en estos huesos pretenciosos.
Eso que desconozco,
amo y odio a la vez.

Esta vez, me he permitido ir a su encuentro,
para al fin conocer en profundidad.
Conocer la luz y la sombra
que luchan por imponerse a diario en este cuerpo.
Darles a cada una, su oportunidad de expresión
para que ninguna destruya a la otra tratando de ser.
Desatando esas guerras interiores
a veces quimicas, a veces sangrientas.

Todos los acontecimientos o personas en mi vida,
pueden congelarse sin sentido
en algún compartimiento oscuro de mi cerebro.
Pero el corazón cansado de apretar para que nada escape,
se agota o simplemente surge esa fortaleza
capaz de traer entendimiento a aquello que está tan oculto
que no se puede sentir, ni saber así nomás.

El corazón al fin, se declara inocente,
mientras sigue venciendo al Dragón del miedo y la ilusión.
Así descubro quien se esconde
detras de las culpas disfrazadas de tristezas sin causa aparente.
Los miedos desfilan desnudos delante mis ojos,
vistiendo su cruel verdad.
Al verlos, su horror se vuelve hermoso
y de alguna forma se desprenden de mi cuerpo de luz
aquellas sombras que me impiden habitar este cuerpo material.

Sigo en la búsqueda de la mascara de cristal
porque mis ojos aun no brillan suficiente.
Ven, pero no pueden reflejar su luz.
Hoy miro el cielo de mi interior.
El cielo de mi alma.
Todas las ventanas que invento
me muestran todo aquello que provee vida.
Toda la inmensidad de un bosque o un vasto sistema solar.
Hoy encontré todos los mensajes que deja mi espiritu cada vez que aparece.
Encontrando la fuerza y estabilidad que también me pertenecen.
Sus notas, sus huellas, sus avisos
sus migas de pan para que pueda seguirlo...


Escuchá el poema 

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Imagen: Natalia Fernández
Audio: Jasp Galanier

Bárbara Goldar: La pequeña muerte y Calvario

[La pequeña muerte]



Arrodillada frente a su propia tumba, nada parecía tener sentido. Ni la placa de bronce con su segundo nombre y apellido grabados, ni aquel cementerio sombrío, ni ella en esta tarde de verano. Y sin embargo, allí estaba: entre sorprendida y atemorizada, confundida sin lugar a dudas, estupefacta ante el hallazgo de su propia muerte. Tenía una muerte sencilla, tierna, de niña de tres años; amarilla, preciosamente aberrante. ¿Cómo era posible que algo así hubiera ocurrido? ¿Cómo su muerte, la falta de referencia a su primer nombre, el ocultamiento durante todos estos años por parte de sus padres, el sol de la tarde, ella...?Avasallada ante la ignorancia, se entregó. Las lágrimas brotan ahora de sus ojos y corren rápidamente por su cara, los sollozos van adquiriendo intensidad y a medida que el tiempo transcurre ella va quedándose dormida, presa de la somnolencia desencadenada por toda gran pena infantil. Y en ese sueño, entre ese llanto, ellas se reencontraron. Ellas, su pequeña y olvidada primera muerte y esta, su última y latente vida.


[Calvario]

Hoy
cuando apague la luz
trataré de irme a dormir
algo triste
y hablo de tratar
porque
ciertamente
no doy por seguro que pueda dormir
esta noche
tan desolada
tan vacía
sin aire
sin frío
sin ganas de ser
siquiera noche
conforme con ser
solamente
un intento
de continuidad del día
que todavía no ha acabado
(mal que me pese, decía)

Entonces a oscuras
buscaré
refugio entre mis sábanas
- tal vez algo sucias -
y contendré mis
lágrimas
por miedo a que estas brillen en la penumbra
y te desvelen
y este nudo
que tengo en mi garganta
continuará bien cernido a ella
hasta desgarrarla
callando
algo de verdades
y otro tanto de
dudas
pero serán mis
silencios
los que en definitiva
siempre
se lleven el premio
al mejor papel de
víctima.

Christian Cejas: Confesiones*

Mi idea de tranquilidad en aquel tiempo, tenía que ver con, por ejemplo, no sentir la obligación de ir los domingos a la misa de 10:00 y escuchar los aburridos sermones del padre Augusto, un vasco de sesenta años que se había metido a cura porque lo consideró lo más conveniente dada su incipiente fealdad. Esto no es una suposición mía, él mismo lo había confesado. No en una confesión. Me lo comentó, tiempo después, en el bar de la esquina de la iglesia, también un domingo, en que como todos los domingos después de misa, o como todos los días, no tenía nada para hacer en la iglesia, y se sentaba allí hasta llegado el mediodía a tomar una gaseosa tónica. Luego dormía la siesta y luego solo él lo sabía.
El padre Augusto cumplía con su misión de cura como cualquier hijo de vecino que trabaja porque no le queda otra en una oficina, por un sueldo de medio pelo para abajo. Daba la misa y después si había un Dios o no juzgando o ayudando o perdiendo simplemente el tiempo, era ya un problema que estaba más allá de su preocupación. Lo único que le faltaba era percibir un salario por sus conferencias dominicales, pero eso era mucho pedir, y además sabía que no lo merecía. Sin embargo mientras cumplía su horario laboral de 10:00 a 11:00 era un reverendo hijo de Dios. A menos de la boca para afuera, y sin tener en cuenta que yo me aburría. Porque no toda mi vida estuve tranquilo. Cuando aún no tenía la capacidad ni el suficiente derecho de decidir no ir a misa, mi padre me arrastraba hasta la iglesia como si fuera un gato con una correa. Los perros casi por naturaleza saben lo que es eso. Cuando se las colocan no dicen ni mu, y automáticamente comienzan a caminar cuando sus amos caminan, y se detienen si sus amos se detienen. Para los gatos no funciona de esa manera. Siempre me dio un poco de asco esa palabra. Amo. No me refiero al verbo en presente simple, primera persona singular, esa más bien me dio muchos problemas, sino al sustantivo, y me pregunto con qué derecho el hombre se considera el amo del perro, debe ser que el perro es demasiado bueno o que tal vez no tiene la capacidad de elucubrar planes en su contra, en contra del hombre. Pero volviendo al asunto mi padre me arrastraba y yo era como un gato con correa. No llegaba nunca al punto del berrinche insoportable que sí hacía Tomás, que casualmente se llamaba o se llama, sabe Dios dónde andará ese chico, hoy será un hombre grande, igual que el gato de la historieta, y al que el padre Augusto, con voz menos ronca, más pelo, pero igual de feo, lo saludaba siempre como “Santo Tomás”. Pobre, qué manera de sufrir su infancia. Yo no berrinchaba de esa forma pero dejaba una clara postura de fastidio y semi desesperación. En aquel tiempo el padre Augusto todavía no se atrevía a reconocer nada, por lo que imagino yo que creería un poco más en Dios que ahora, o al menos se mentiría sin darse cuenta o creyendo sus mentiras. Uno cuando se viene viejo se aburre de fingir. Se aburre porque se aburrió de haberlo hecho tanto tiempo, no porque uno alcance la iluminación de la verdad o sepa más secretos que antes, o porque se reconozca a uno mismo. Uno simplemente se convierte en lo que es. También se comienza a añorar, qué estupidez, al hombre que uno era, la virilidad, el poder subir escaleras sin agitarse, el visitar algún club nocturno o practicar algún deporte, el que te mire por la calle alguna señorita, de viejo te miran por la calle con ternura pero porque sos un viejo tierno, o con desprecio pero porque sos un viejo de mierda.
Se termina viviendo con el deseo de ser como uno nunca debió haber sido. Por eso luego de aburrirse de fingir uno quiere volver a seguir fingiendo pero ya no te da el cuero. Entonces uno es uno.

El padre Augusto en aquel tiempo evidenciaba amor por lo que hacía, y de eso estoy convencido porque si a mí, que no soportaba escucharlo dos minutos seguidos y que además a los tres ya estaba cabeceando, lograba rozarme, de lejos, alguna veta religiosa extraviada en mi cerebro y me hacía caer en la trampa de creer durante cinco segundos que quizá había que prestarle atención, al menos para comprobar que algo de lo que decía tenía sentido, era porque la pasión que demostraba en ese momento era admirable. En realidad no lo era, según confesó en el bar otro domingo, pero en ese momento yo no lo sabía, y él tampoco. En aquel tiempo, mientras toda la feligresía estaba de rodillas, incluyéndome, como perros que acatan las órdenes de sus amos, porque el padre Augusto decía de pie y todos de pie, sentados y todos sentados, cantemos y todos cantando, de rodillas y todos de rodillas, yo lo miraba entre mis manos juntas y mientras levantaba el cáliz y levantaba la hostia él cerraba los ojos y casi un halo de luz lo cubría. Hoy apenas si levanta esos adminículos, los ojos los revolea para cualquier lado y la iglesia es una penumbra con olor a humedad. Eso sí, la hora de misa la cumple a rajatabla, así como su duración.
A medio camino entre su pasión y su desencanto, el padre Augusto ya había empezado a dar claros signos de que las cosas le estaban comenzando a importar poco y nada o que estaba empezando a sentir el gusto del desengaño. Algunas veces hasta gastaba bromas bastante pesadas en los momentos menos pensados. Uno de esos momentos fue el casamiento de Pablo Martínez que era uno de los tipos más ricos del pueblo. Pero la culpa de eso la tenía el padre. No Augusto, sino su progenitor. El padre de Pablo Martínez, Enrique. (Por las dudas aclaro que Pablo Martínez y el padre Augusto no eran hermanos).
Todo el mundo sabía que no había tenido ninguna participación en los orígenes de la fortuna familiar pero él se la pasaba diciendo que había aportado juventud e ideas nuevas y no sé qué otras patrañas a la empresa de su padre, y que gracias a él la empresa pudo mantenerse en pie luego de la profunda crisis por la que pasó el país. En el pueblo era lisa y llanamente el hijo de Enrique Martínez y eso lo sacaba de sus casillas. Por supuesto al casamiento fuimos todos, hasta mi padre, que para ese momento el que lo arrastraba era yo, porque quedó postrado en una silla de ruedas luego de caer cinco metros mientras arreglaba el techo de la iglesia. Un milagro. (Que no se haya muerto de la caída. Murió el pobre unos años después, seguramente de aburrimiento).
El padre Augusto se había puesto su mejor sotana, acaso como un claro gesto de ironía. La ceremonia la dio como si estuviera pegando estampillas en la oficina de correos, pero al momento de leer la fórmula matrimonial, y con un tono de voz ceremonial que solo se lo escuché en la primera misa que celebró en el pueblo, en lugar de decirle a la novia “Acepta por esposo a Pablo Martínez” dijo “Acepta por esposo al hijo de Enrique Martínez”.
Según me confesó tiempo después en el bar, mientras tomaba su gaseosa tónica de siempre, no lo hizo porque Pablo Martínez le pareciera “un tipo vanidoso, con aires de superioridad y mala persona”, sino porque “era un tacaño, el hombre más rico del pueblo y dejaba treinta centavos de limosna, joder”.
El padre Augusto evidentemente ya no era intermediario de nadie y mucho menos de Dios. Antes se preocupaba por todos los problemas de cada uno en el pueblo. Ahora quería estar tranquilo y que cada uno se hiciera cargo de su infierno.
Fuera de la iglesia y de sus sermones, tenía una conversación entretenida. No parecía un cura. Yo asistía bastante seguido los domingos a las misas que celebraba en el bar. No eran muy cristianas las conversaciones, pero sus palabras eran sinceras. Y él no se la pasaba ordenando que todos se paren o se sienten o se arrodillen o canten. Yo sinceramente no sé qué será de la iglesia del pueblo cuando se muera el padre Augusto.


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*Publicado originalmente por los amigos de FALSARIA